4 de agosto de 2015

LILA DOWNS LE PONE COLOR A LA VIDA

Lila Downs le pone color
  • La mexicana, siempre con una sonrisa, llena el Cervantes de sus buenas energías...

Tiene un color especial en la voz, su ropa es puro color y con sus letras le pone color a la vida. Da igual si denuncia la situación de los periodistas de su país, si recuerda a los difuntos, critica la superficialidad en la que caen algunas mujeres o le dedica un «himno al cacao». Ella canta con esperanza, con una sonrisa inmensa y ritmos indígenas actualizados que, desde el principio, invitan al público a seguirle con palmas. «Con mucho cariño», Lila Downs desplegó en el Teatro Cervantes los temas de su último disco, ‘Balas y chocolate’, un canto a la vida y también a la muerte, pero al estilo mexicano, con calaveras de fondo que tocan los bongos o que sonríen a mandíbula batiente.
Mexicana reivindicativa como la que más, se acordó de los periodistas de su país que están en «la línea del fuego» con ‘Humito de copal’, con aires de milonga lanzó una crítica social a las preocupaciones materialistas de algunas mujeres en ‘Dulce veneno’ y dedicó «reflexiones de dolor hacia un lugar que una quiere mucho» en ‘La patria madrina’. Un «¡Por México!» suyo descubrió a los muchos compatriotas y amantes de esa tierra que anoche le acompañaban en Málaga y que aplaudieron con fuerza su grito. Hasta una bandera verde, blanca y roja se colgó de uno de los palcos.
Porque Lila Downs es una de las principales abanderadas de su ‘México lindo’, maestra en llevar las culturas, las costumbres y las melodías indígenas por el mundo. Y presume de patria con orgullo. En su ropa, aderezada con textiles cosidos por mujeres indígenas (como el que usó para cantar ‘Cucurrucucú paloma’, que movía simulando las alas del ave); y en sus canciones, que parten de bases tradicionales –un bolero, una ranchera, una cumbia o norteñas– para después añadirles toques de rock, jazz, ska o hip hop. Es lo que hace en el clásico ‘La farsante’, que cantó con sombrero mexicano; o en ‘Vámonos’ de José Alfredo Jiménez, con un duelo de acordeones de por medio. Nada menos que siete músicos la rodeaban.
Es guerrillera, pero también romántica cuando quiere. Preciosa la balada de desamor ‘La promesa’, o ese tema que compuso junto a su marido cuando «la muerte tocó nuestra ventanita» –a él le diagnosticaron una grave enfermedad–, ‘Cuando tú me tocas’. «La muerte nos incita a hacer cosas muy lindas para la vida», añadió. El sentido que ésta tiene en la cultura mexicana estuvo muy presente. Por las tres pantallas gigantes que la envolvían desfilaban de cuando en cuando esqueletos danzantes (en ‘Una cruz de madera), tocando los bongos o sonrientes calaveras de colores (en ‘Son de difuntos’).
Saltos, pasitos para un lado y para otro, movimientos de brazos.... Lila Downs no paraba y al público le costaba quedarse quieto con canciones enérgicas como ‘Balas y chocolate’ o ‘Mano negra’, en la que más de uno se atrevió ya a bailar con ella.

Cumplió con el público y con «la tradición»: en la despedida le dedicó ‘Fallaste corazón’ a la gran Chavela Vargas, quien en su día la nombró su sucesora. Un «regalo» de noche en Andalucía –«que siento muy aquí», dijo mientras ponía la mano en el corazón– que ella quiso inmortalizar fotografiándose con todo el Cervantes de pie a sus espaldas. Para que quede constancia. 

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