En 1846,
cuando los cañones de Estados Unidos comenzaron a rugir contra México, muchos
pensaron que la derrota era cuestión de tiempo.
Un imperio
avanzaba con pólvora, oro y disciplina. México sangraba, dividido, exhausto.
Pero nadie
contaba con ellos. No eran mexicanos. No habían nacido bajo ese cielo ardiente.
No rezaban en español.
Eran
irlandeses, alemanes, inmigrantes pobres que habían cruzado el océano buscando
pan y encontraron desprecio.
En el ejército
invasor los humillaban, se burlaban de su fe católica, los golpeaban, les
pagaban menos que a los demás. Eran carne de cañón con acento extranjero.
Hasta que un
día algo se quebró. Cruzaron el río. Se quitaron el uniforme azul y eligieron
otro destino.
Se cosieron en
el pecho el verde, blanco y rojo. Así nació el Batallón de San Patricio, un
puñado de hombres contra un imperio.
Levantaron una
bandera verde con un arpa irlandesa y la imagen de San Patricio bendiciendo su
causa. Juraron defender una tierra que no era suya, pero que habían aprendido a
amar en las calles polvorientas, en las iglesias humildes, en la mirada
agradecida de la gente que los trató como hermanos.
⚔️
Pelearon en Monterrey.
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Resistieron en Cerro Gordo.
⚔️
Se volvieron leyenda en Churubusco.
Allí,
rodeados. Sin municiones. Con hambre. Con heridas abiertas. Siguieron
disparando. Cuando algunos soldados mexicanos querían rendirse, ellos gritaban:
—¡No se
rindan! ¡Sigan luchando!
Arrancaban la
bandera blanca. Cargaban los cañones con manos ensangrentadas. Disparaban hasta
que el humo les quemaba los pulmones.
Pero el
enemigo era superior. No cayeron por falta de valor, cayeron por falta de
balas. Los capturaron.
Y entonces
llegó el verdadero infierno. Estados Unidos no los llamó soldados. Los llamó
traidores. Hierro candente en la piel. Latigazos que desgarraban la espalda.
Cadenas que mordían los tobillos. Y a más de cincuenta, los condenaron a la
horca.
Frente al
Castillo de Chapultepec, los alinearon. Esperaron a que la bandera
estadounidense subiera sobre la fortaleza. Y justo cuando el estandarte tocó el
cielo, jalaron las cuerdas.
Murieron
mirando cómo caía México, sin pedir perdón. Sin bajar la cabeza. Sus últimas
palabras fueron claras:
—Morimos por
lo correcto.
Pero hay algo
que casi nadie sabe. La noche antes de las ejecuciones, uno de ellos recibió
una visita secreta. Un mensaje. Una promesa.
Y lo que
ocurrió después, cambiaría la memoria de ambos países para siempre.
¿Quién fue ese
visitante? ¿Qué les ofrecieron a cambio de salvar su vida? ¿Y por qué algunos
nombres desaparecieron de los registros oficiales? ¿Que pasó después…?
La noche
anterior a las ejecuciones, el campamento olía a sudor, pólvora húmeda y miedo
contenido.
John Riley,
líder del Batallón de San Patricio, estaba encadenado bajo vigilancia. La marca
de hierro ardía todavía en su mejilla: una “D” de desertor que no logró
doblegarlo. La hoguera iluminaba los rostros cansados de los prisioneros.
Entonces
apareció un oficial estadounidense. No gritó. No insultó. Se acercó con calma.
—Aún puedes
salvarte —le dijo a Riley en voz baja—Delata a quienes te convencieron. Di que
te obligaron. Jura lealtad. Pide perdón y vivirás.
Riley escupió
sangre al suelo.
—No traicioné.
Elegí.
El oficial se
marchó con la respuesta clavada en el orgullo. A pocos metros, otros
prisioneros escuchaban ofertas similares. Reducción de pena. Indulto parcial.
Vida a cambio de arrepentimiento público. Ninguno aceptó.
Al amanecer,
los sacaron encadenados. El sol caía sin piedad sobre el Valle de México. Los
obligaron a presenciar cómo las tropas estadounidenses avanzaban hacia
Chapultepec.
La orden fue
cruelmente calculada: las ejecuciones debían ocurrir justo cuando la bandera de
las barras y estrellas ondeara en el castillo.
Los colocaron
sobre carretas, con la soga al cuello. Algunos apenas podían mantenerse en pie.
Otros rezaban en gaélico. Uno comenzó a cantar una vieja balada irlandesa; otro
lo siguió. Los soldados mexicanos prisioneros miraban con lágrimas en los ojos.
Cuando la
bandera estadounidense comenzó a subir lentamente por el mástil, un tambor
redobló. El oficial levantó la mano. El viento infló la tela. Y en el instante
exacto en que alcanzó la cima… Las carretas fueron empujadas.
Cincuenta
cuerpos quedaron suspendidos. Algunos murieron rápido. Otros lucharon contra la
asfixia durante minutos eternos. El silencio fue espeso. Incluso algunos
soldados estadounidenses apartaron la mirada.
No hubo
discursos finales. No hubo ceremonias.
Solo dignidad
colgando del aire.
John Riley no
fue ahorcado. Su deserción había ocurrido antes de la declaración oficial de
guerra, lo que lo salvó de la horca.
En su lugar
recibió 59 latigazos públicos. Uno por cada hombre ejecutado ese día,
susurraban algunos.
Cada golpe
desgarró su espalda. No gritó. Después fue liberado. Caminó entre ruinas, entre
cenizas, entre un país herido.
México cayó
oficialmente poco después. El tratado de Guadalupe Hidalgo arrancó más de la
mitad del territorio mexicano. El mapa cambió para siempre.
Pero los
nombres de los San Patricios no se borraron en el corazón del pueblo.
En los años
siguientes, México levantó monumentos en su honor. Sus nombres fueron inscritos
en placas de mármol. Cada 12 de septiembre se les recuerda.
En Irlanda
también se canta su historia. Porque no pelearon por una bandera de nacimiento.
Pelearon por una causa que sintieron justa.
Muchos
historiadores estadounidenses los llamaron traidores durante décadas. Pero en
México fueron reconocidos como héroes extranjeros que eligieron la dignidad.
John Riley
desapareció de los registros después de la guerra. Algunos dicen que murió en
Veracruz. Otros que regresó a Irlanda. Otros que vivió discretamente en México,
lejos de la fama.
Nadie lo sabe
con certeza. Lo que sí se sabe es esto: Cuando muchos huyeron, ellos cruzaron
el río en sentido contrario. Cuando muchos eligieron sobrevivir, ellos
eligieron creer. Cuando todo parecía perdido, ellos dispararon una vez más.
No nacieron
mexicanos. Se hicieron mexicanos con sangre. Y mientras haya alguien que
recuerde su historia, mientras alguien pronuncie el nombre “San Patricio” con
respeto, mientras una bandera verde ondee junto a la mexicana cada septiembre,
no serán olvidados.
Porque hay
derrotas que valen más que mil victorias. Y hay hombres que, al morir de pie,
enseñan a los pueblos a no vivir de rodillas.
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