Israel López
Gutiérrez /
© El Heraldo
de México
Dice la prensa
estadounidense que la guerra contra Irán logró reposicionar la autoridad de ese
país en Medio Oriente, pero de paso hundió al dizque todopoderoso Donald Trump
y a su aliado israelí Benjamin Netanyahu.
Ahora el
magnate podrá decir que sometió a Teherán, pero para los ojos del mundo no
pudo. Sus bravatas se estrellaron contra la geopolítica real.
Peor aún, el
Pentágono quemó miles de millones de dólares en más de 100 días de guerra
contra Irán sólo en el tema militar, a lo que habrá que sumar el plan del
gobierno de Trump para establecer un fondo de reconstrucción de 300 mil
millones de dólares para Irán y las demoledoras pérdidas económicas globales
por el impacto del cierre del Estrecho de Ormuz.
El acuerdo
provisional es un monumento a la claudicación. No considera frenar el programa
de misiles iraní, la gran pesadilla de Tel Aviv, ni obliga a Teherán a cortar
el cordón umbilical con los grupos armados regionales que asedian el suelo
israelí. Este es el verdadero punto de ruptura entre Trump y Netanyahu.
En los
próximos 60 días se va a comenzar a negociar el futuro del uranio enriquecido
de Irán, ese fue el principal argumento para que Estados Unidos se subiera a la
guerra permanente que sostienen Jerusalén y Teherán. Dejando el núcleo del
problema para un pacto final que se antoja lejano.
Hoy, ante esta
tregua bélica que le urgía a Trump —y a nadie más—, Israel y el grupo chiíta
Hezbolá emergen como dos imponderables sumamente volátiles. En cualquier
momento pueden dinamitar lo pactado; la historia demuestra que ha sucedido en
infinidad de ocasiones.
Por lo pronto,
el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, declaró que sus tropas
permanecerán desplegadas "indefinidamente" en las zonas de
amortiguación que Israel ha tomado en Líbano, Siria y Gaza para eliminar lo que
considera amenazas militantes. Una bofetada directa al espíritu del acuerdo.
Lo único que
el magnate neoyorquino pudo rescatar fue la reapertura de Ormuz para reactivar
el transporte de petróleo. Teherán nunca se doblegó; respondió codo a codo a
cada ofensiva. No sólo eso, el cierre del Estrecho
fue un duro
golpe al gobierno estadounidense, porque el daño económico fue muy severo y,
por cierto, todavía no acaba, dice el FMI. Trump conoció una realidad incómoda
y, aunque jamás lo admita, ahora sabe que el mundo no está a su entera
disposición. Sus cada vez más distantes aliados de la OTAN le dieron la
espalda, negándose a respaldar su aventura bélica. Para Netanyahu, el escenario
es catastrófico de cara a las elecciones de octubre. Sus socios de la
ultraderecha radical esperaban ver a Hezbolá e Irán con el mismo destino
agónico que hoy sufre Hamas. La realidad
es que el enemigo eterno de Israel salió bien librado e incluso fortalecido,
mientras la sociedad israelí le pasa la factura a un primer ministro debilitado. Trump apostó al tablero del Golfo Pérsico con
su habitual arrogancia de casino, pero al final del día, el miedo sigue
presente en la región y el gran perdedor despacha en la Oficina Oval.
POR ISRAEL
LÓPEZ GUTIÉRREZ COLABORADOR @PAPADEPONCHO ISRAEL.LOPEZ@ELHERALDODEMEXICO.COM