Historia de
Helen Kirwan-Taylor
La vida turbia
de Jeffrey Epstein ha quedado ahora expuesta en toda su dimensión. Más allá de
los aspectos más sórdidos, los millones de archivos revelados también dejan al
descubierto cómo operaban los círculos de poder económico que recurrieron a sus
servicios. Mientras la fama es analizada de forma constante por los tabloides,
la riqueza suele ser más difícil de rastrear, protegida por entramados
bancarios, legales y contables complejos y opacos. La celebridad es
incuestionable porque el público la construye (al ver la película, descargar la
música o comprar los productos); la riqueza, en cambio, funciona como un truco
de ilusión: es lo que creemos que es.
Entre las
líneas más inquietantes de los archivos Epstein aparecen ejemplos claros de
hasta qué punto el dinero se mueve a través de acuerdos en la sombra y
prácticas empresariales dudosas. Miles de correos electrónicos muestran cómo
muchos de sus conocidos acudían a él en busca de ayuda financiera, amparados en
una falsa sensación de anonimato. Personas asociadas al privilegio y al acceso
al dinero por sus contactos quedan retratadas como simples estafadores,
incluida Ghislaine Maxwell.
Encabezando la
lista de nombres figura Sarah Ferguson, quien en 1990 acumulaba deudas por
cuatro millones de libras tras negocios cuestionables y hábitos de gasto
desmedidos, como desembolsar 25.000 dólares en Bloomingdale’s en el lapso de
una hora. De acuerdo con los archivos, Epstein actuaba como su banquero
privado, prestamista, asesor financiero y una figura de control cercana a un
Svengali.
Ya en 2009
aparecen mensajes en los que Fergie le suplica ayuda a Jeffrey Epstein.
“Necesito 25.000 dólares* para pagar el alquiler hoy”, escribió. “El dueño
amenazó con ir a los periódicos si no pago. ¿Alguna idea?”. En marzo de 2011,
aceptó otro préstamo de 19.000 dólares para saldar una deuda con un miembro de
su personal. Epstein también actuó como su corredor de bolsa y facilitó algunas
operaciones con acciones, aparentemente como una forma adicional de control.
Luego está el
caso de Peter Mandelson, alguien que, según todos los indicios, contaba con los
recursos, los contactos y la capacidad para generar y administrar su propio
dinero. Aun así, documentos difundidos recientemente revelan que el político
laborista también recurrió a Jeffrey Epstein, quien accedió a prestarle unos
95.000 dólares y otros 13.000 dólares a su entonces pareja —hoy su esposo—,
Reinaldo Avila da Silva, para un curso de osteopatía que, según el General
Osteopathic Council, nunca llegó a completar. Las cifras resultan menores si se
consideran los círculos financieros en los que se movía Mandelson, lo que
plantea una pregunta inevitable: ¿qué más esperaba obtener, en términos
materiales, de esta relación?
Ahora se sabe
que Peter Mandelson también compartía información confidencial del gobierno con
el financiero. Todo indica que Epstein ofrecía a estafadores y aspirantes con
contactos útiles la esperanza de acceder a los círculos de riqueza que él
frecuentaba, fortunas que, en muchos casos, parecían sostenidas sobre bases
frágiles. Un ejemplo es el plan mencionado en correos electrónicos para que
Mandelson comprara un departamento de unos 2,5 millones de dólares en Río de
Janeiro mediante una empresa fantasma en Panamá, con fines de evasión fiscal.
Si necesitó pedir prestados alrededor de 95.000 dólares, surge una pregunta
inevitable: ¿de dónde habría salido el dinero para una operación de ese tamaño?
¿Se lo habría prestado Epstein y, de ser así, a cambio de qué tipo de favor?
Lo que dejan
al descubierto estos documentos es el mundo de intrigas y secretos de las altas
finanzas y la gran riqueza. Algo que muchos no comprenden es que el dinero, a
menudo, es un juego de apariencias, muchas veces vacío, sostenido por distintos
mecanismos, entre ellos el endeudamiento. Autos, yates, propiedades y joyas
pueden alquilarse o arrendarse —incluso por horas para una foto en Instagram—,
de modo que proyectar una imagen de riqueza no resulta tan difícil. Y si no se
alquilan los lujos, siempre existe el robo, como ocurrió con el empresario y
socialité endeudado David Tang, quien transfirió fondos de su empresa a su
cuenta personal para financiar su estilo de vida.
Como esposa de
un banquero, he visto a conocidos usar sus propios bancos como prestamistas
“generosos” para sostener un estilo de vida muy por encima de sus ingresos
reales o de sus bonos gravables. Casas, autos, vacaciones, fiestas e incluso
aparentes donaciones a organizaciones benéficas terminaban financiadas con
deuda. Esas donaciones anunciadas en público, claro está, nunca se concretaban.
Una amiga, hoy divorciada de un alto ejecutivo bancario, despertó un día para
descubrir que las casas de Notting Hill y Oxfordshire que consideraba su hogar
no le pertenecían ni a ella ni a él. No solo el estilo de vida familiar era
completamente “prestado”, sino que los bonos de siete cifras que ella creía
sabiamente invertidos habían sido gastados, y los impuestos, nunca pagados.
Cuanto más
cerca se está de las instituciones financieras, más fácil resulta hacer
malabares con la deuda. Un magnate inmobiliario que conocemos explicó alguna
vez que contrató el seguro de vida más alto posible porque casi todos sus
bienes están endeudados, incluida su residencia principal, que hoy alquila.
Cuando los mercados marchaban bien, su fortuna valía millones y millones, al
menos sobre el papel. Algunos recurren al endeudamiento para sostener el estilo
de vida de los círculos en los que se mueven, círculos que excluyen a quienes
no pueden seguir el ritmo y esa presión, más que cualquier otra cosa, es la
semilla de la destrucción.
Los
multimillonarios suelen ser quienes cargan con las deudas más grandes. Lo
sabemos por las filtraciones del IRS sobre Donald Trump, que mostraron que su
imperio se sostuvo sobre pérdidas y confirmaron que no pagó impuestos federales
en 2020, que solo abonó 750 dólares en 2016 y 2017 y que en 2018 pagó cerca de
un millón de dólares, un escenario en el que la bancarrota suele acabar con los
empresarios comunes, pero que en su caso no impidió que siguiera accediendo a
créditos.
“Es el
empresario por excelencia y tiene las manos en todo”, afirma Maryann Monforte,
profesora de prácticas contables en la Syracuse University. “Comenzó en el
sector inmobiliario, y eso añade un nivel de complejidad entre valuaciones,
ingresos, pérdidas y depreciación que no suele verse en otros
multimillonarios”.
En realidad,
sí existe una explicación. En los hogares de los multimillonarios suele haber
una oficina privada que emplea abogados y contadores de alto nivel, cuyo único
trabajo es mantener todo en marcha mediante complejas estrategias de
endeudamiento conocidas como “Buy, Borrow, Die” (comprar, pedir prestado,
morir). La lógica es simple: no gastar capital ni utilidades, sino endeudarse
de forma constante contra esos activos para maximizar el crecimiento y reducir
la carga fiscal.
Ahí entran en
juego los bancos privados y los prestamistas especializados. Se ofrecen líneas
de crédito respaldadas por valores, utilizando activos en apreciación
—acciones, propiedades, arte— como garantía. Estos préstamos preferenciales,
basados en grandes depósitos o inversiones, suelen tener tasas más bajas: por
ejemplo, un 5 % de interés frente a un crecimiento del 10 % en una cartera de
acciones. En lugar de vender activos y pagar impuestos por ganancias de capital
para comprar, digamos, otro avión, los ricos recurren a préstamos, que no se
consideran ingresos gravables. Este tipo de operación, cuando se usan
inversiones o arte como respaldo, se conoce como crédito Lombard. Cuando llega
el vencimiento de un préstamo, los ultra ricos simplemente toman otro crédito
para cubrir el anterior, y así sucesivamente. Cómo duermen tranquilos es otra
historia.
Todo esto se
maneja a través de costosos especialistas, con estructuras offshore,
fideicomisos y los llamados vehículos de propósito especial, esquemas por los
que Jeffrey Epstein cobraba sumas enormes y que explican por qué tantos
aspirantes a ricos acudían a él. Mientras tanto, sus carteras seguían
creciendo. En Estados Unidos, la cláusula conocida como “Die” permite que, al
morir, el valor fiscal de los activos se actualice al precio de mercado, lo que
en la práctica elimina el impuesto a las ganancias de capital para los
herederos.
Pero cuando
los mercados se dan vuelta, esas mismas personas que viven a lo grande en yates
en St. Barts, financiados con préstamos, quedan del lado equivocado de la
ecuación. Es probable que muchos de los clientes de Epstein recurrieran a él en
ese punto, cuando cualquier institución financiera respetable los habría
rechazado de plano.
Para los
estafadores, Epstein ofrecía la promesa de que, si hacían lo que él pedía, esos
trucos básicos para crear la ilusión de riqueza también podían ser suyos.
*Las cifras se
convirtieron de libras a dólares
Traducción de
Leticia Zampedri
https://www.msn.com/es-mx/dinero/noticias/los-archivos-de-epstein-revelan-el-lado-oscuro-de-los-ricos/ar-AA1VK9bF?ocid=msedgntp&pc=HCTS&cvid=698563d3a26146a9a8af4ad65b8853c4&ei=17
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