CUANDO DEJAN DE SER “LOS DEMÁS”
A Gisele
Gisele tenía treinta y tres años.
Treinta y tres años es la edad en
la que la vida empieza a abrirse, no a cerrarse.
Era psicóloga, egresada de la Universidad Iberoamericana de Puebla. Había elegido escuchar, ayudar, reconstruir a otros desde el dolor. Era el orgullo de sus padres, Alejandro e Ivette. Era una mujer que había hecho todo bien.
Estudió. Trabajó. Cumplió. Creyó.
Creyó que su país era también su casa.
No era una estadística. Era una ciudadana ejemplar. Una joven que no le debía nada a nadie. Que aportaba. Que construía. Que vivía con dignidad.
Y, sin embargo, México la dejó morir.
La asesinaron en Puebla a la 1:52 de la madrugada al salir de festejar con sus amigos: "Un grupo armado que se desplazaba a bordo de motocicletas asesinó a tres personas, dos hombres y una mujer, y dejó cuatro heridos más frente al bar “Despecho”, ubicado en la zona de Angelópolis".
Catorce horas después, llegaron los comunicados. Las condolencias. Las promesas.
Siempre llegan tarde.
Nunca llegan para proteger. Solo llegan para lamentar.
Después vinieron las palabras.
Siempre vienen las palabras.
“Lamentamos profundamente los
hechos.”
“Se llegará hasta las últimas
consecuencias.”
“Habrá justicia.”
Dirán que “perdió la vida”.
No.
Gisele no perdió la vida: la asesinaron.
Era una ciudadana mexicana con todos sus derechos vigentes y todos sus deberes cumplidos. No le debía nada a nadie. No le quitó nada a nadie. No dañó a nadie.
Y, sin embargo, México la condenó a muerte.
No un juez.
No una sentencia escrita.
No un tribunal.
La condenó el abandono.
La condenó la indiferencia.
La condenó un país que dejó de proteger a los suyos.
Gisele salió esa noche a celebrar la vida. A celebrar el amor y la amistad. A hacer lo que hacen los jóvenes en los países normales del mundo: vivir sin miedo.
Los abrazos los puso ella.
Los balazos los puso este país.
Y lo más insoportable de todo es la mentira que intentan sostener: que esto es normal, que esto es inevitable, que “ella pasaba por ahí”, que esto es parte de la vida.
No lo es.
Esto es abandono.
Esto es fracaso.
Esto es indignidad.
En México, salir a celebrar puede
convertirse en una sentencia.
En México, estar vivo se ha
vuelto un acto de riesgo.
En México, hacer todo bien no garantiza nada.
Hoy muchos describen estos hechos tímidos y cautelosos, con indignación legítima, pero distantes.
Yo no.
Gisele no era un nombre más.
Gisele era familia.
Era la hija de Alejandro, primo
hermano de mi esposa Alicia.
Era su sangre.
Era nuestra sangre.
Ahora nos tocó a nosotros.
Nos tocó sentir ese vacío que
dejan las vidas que no debieron terminar.
Nos tocó entender, en carne
propia, que en México nadie está a salvo.
Nos tocó dejar de hablar de “los demás”.
Porque esta vez no fueron los demás.
Fuimos nosotros.
Por eso hoy no escribo con
prudencia.
No escribo con distancia.
No escribo con cortesía.
Escribo con dolor.
Escribo con rabia.
Escribo con la dignidad herida de una familia a la que le arrebataron una parte de sí misma.
Y por eso lo digo como lo siento:
Chinguen a su madre.
No como insulto.
Como límite.
Como la última palabra que queda
cuando un país le falla a los suyos.
Copiado de la red. Descanse e Paz y consuelo a su familia. 🙏




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