Es profundamente doloroso ver cómo un espacio de vida, protegido con tanto esfuerzo colectivo, es intervenido de una manera que fractura el ecosistema y la memoria del territorio. La vigilia no solo sirve para honrar a las especies desplazadas o perdidas, sino también para reafirmar los lazos de quienes se niegan a olvidar. El acto de encender una vela y compartir el alimento es, en efecto, una resistencia poderosa frente a la desolación.

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