Esta semana, millones de judíos en todo el mundo se sientan alrededor de la mesa del Séder para celebrar el Pesaj. Recitan la Hagadá, comen matzá y recuerdan la épica huida de la esclavitud en Egipto, las diez plagas, la apertura del Mar Rojo y los cuarenta años de peregrinación en el desierto. Es una historia hermosa, cargada de simbolismo y tradición. Pero hay un problema: nunca ocurrió.
No es una afirmación provocadora por provocar. Es el consenso abrumador de la arqueología moderna, la egiptología y la crítica histórica. Después de más de un siglo de excavaciones en Egipto, el Sinaí y Canaán, los especialistas no han encontrado ni una sola prueba de que un grupo masivo de esclavos hebreos haya vivido, trabajado, huido o peregrinado por esa región. El silencio de los registros egipcios es ensordecedor.
Los jeroglíficos y papiros del antiguo Egipto son obsesivamente detallistas. Registraban cosechas, impuestos, batallas, sequías y hasta los sueños de los faraones. Pero de la esclavitud de los israelitas, de las plagas que devastaron el país, de la pérdida de todo un ejército en el mar... ni una línea. ¿Cómo es posible que la superpotencia más burocrática de la antigüedad no dejara constancia de un cataclismo que, según la Biblia, casi la destruye?
Tampoco hay rastro en el Sinaí. Durante décadas, arqueólogos de Israel, Estados Unidos y Europa han peinado el desierto en busca de cerámica, campamentos, tumbas o cualquier vestigio de los supuestos 40 años de peregrinaje de cientos de miles de personas. No han encontrado nada. Cero. Porque nunca hubo nada que encontrar.
La evidencia arqueológica en Canaán tampoco cuadra. Las ciudades que la Biblia dice que Josué conquistó (como Jericó y Hai) en esa época o estaban deshabitadas o eran pequeños asentamientos sin murallas. La conquista violenta y relámpago no tiene correlato real. Lo que sí se ve es un surgimiento gradual y pacífico de poblados en las colinas de Judea, habitados por gente que era, en su mayoría, cananea local. Es decir, los israelitas no llegaron de fuera: salieron de la propia tierra de Canaán.
Entonces, ¿de dónde sale el mito del Éxodo? La historia es un relato fundacional, construido siglos después de los supuestos hechos, probablemente durante el exilio en Babilonia (siglo VI a.C.). Sirvió para unificar a las tribus del norte y del sur bajo una identidad común: la de un pueblo esclavizado que fue liberado por su dios. Es un poderoso cuento de origen que dice: "nosotros no somos como los cananeos; nosotros fuimos esclavos y nuestra fuerza no viene de ejércitos, sino de la alianza con Yahvé".
Y hay que decirlo sin eufemismos: el relato del Éxodo, con su idea de un "pueblo elegido" y una "tierra prometida", ha sido una máquina de fabricar excepcionalismo. Durante siglos, esa narrativa se usó para justificar la ocupación de territorios, la superioridad espiritual y la separación del resto de la humanidad. Pero ningún pueblo es "escogido". Ninguna etnia tiene línea directa con la divinidad. Esa pretensión es tan absurda como si los griegos afirmaran que Zeus les dictó las leyes o los nórdicos que Odín les regaló Escandinavia.
Lo que los judíos tienen —y esto sí es real— es una extraordinaria capacidad para contar historias. La Hagadá es una obra maestra de la literatura y la memoria colectiva. La tradición oral judía ha preservado relatos, leyes y poesías que han influido al mundo entero. Pero una cosa es admirar la cultura y otra muy distinta confundir los cuentos con la historia.
Celebrar el Pesaj está bien. Es una fiesta hermosa, llena de significados éticos: la empatía con el oprimido, la memoria de la esclavitud como advertencia, la esperanza en la liberación. Pero hagámoslo sabiendo que es un mito. Como el de Rómulo y Remo, como el de la fundación de Tenochtitlán, como el de los primeros emperadores chinos. No hay nada de malo en los mitos, mientras no se les pida que sean verdad.
Lo malo es cuando se exige que el resto del mundo acepte como hechos históricos lo que son leyendas. Y peor aún, cuando ese mito se usa para reclamar privilegios, tierras o un estatus especial. Los judíos no son ni más ni menos especiales que cualquier otro grupo humano. Son simplemente los herederos de una tradición cultural milenaria que incluye, entre sus muchas riquezas, un cuento excepcionalmente bien construido sobre un Éxodo que nunca sucedió.
Así que esta noche, mientras cantan "Dayenu" y brindan con vino, recuerden: la libertad que celebran no necesita ser histórica para ser valiosa. Pero tampoco pretendan que los demás creamos en su relato como si fuera un documento de la ONU. Ustedes son muy buenos contadores de cuentos. Pero de ahí a ser "el pueblo escogido"… hay un trecho tan grande como el Mar Rojo que nunca se abrió.
https://es.wikipedia.org/wiki/Historicidad_del_%C3%89xodo

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