Sábado, 20 de septiembre de 2025
Adrián Characán
Waters con pelo cano
alborotado, campera oscura y el pañuelo palestino anudado al cuello. Se paró
frente a cámara, habló del genocidio en la Franja de Gaza.
Lo vimos de cerca:
pelo cano alborotado, campera oscura y el pañuelo palestino anudado al cuello.
Ese detalle -el keffiyeh- ya nos decía todo. Se paró frente a cámara, habló del
genocidio en la Franja de Gaza y, cuando nombró a los responsables, lo dijo textual:
Y al pronunciar cada
nombre e incluso "Millei in Argentina" lo acompañó con un escupitajo.
Un gesto gráfico, brutal, más fuerte que cualquier adjetivo. Otra vez Roger en
modo Roger, sin eufemismos.
Y acá es donde
conviene ordenar: no se trata solo de "la polémica de siempre". En
estos días, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU
-creada por el Consejo de Derechos Humanos- publicó un informe demoledor:
concluye que Israel cometió genocidio en Gaza, describiendo cuatro de los cinco
actos tipificados por la Convención de 1948 y señalando intención genocida a
partir de declaraciones de altos funcionarios. Israel lo rechaza; pero el
documento existe y es, hasta ahora, la postura legal más fuerte emanada de un
órgano de la ONU.
Waters, nos guste o
no, viene sintonizando con esa denuncia desde hace años. Y cuando lo acusan de
exagerado, él responde con hechos, con cifras, con nombres propios; por eso el
gesto gráfico -escupir- funciona más como símbolo que como exabrupto: interpela
a los que, a su juicio, sostienen o blanquean una masacre.
También es cierto: al
poder real no le cae simpático. Tras el ataque de Hamas de octubre de 2023 y
sus declaraciones, empezaron los escraches y los vetos. En el Río de la Plata,
hubo hoteles que se negaron a hospedarlo -primero en Buenos Aires y luego en
Montevideo-, con versiones cruzadas sobre presiones de grupos de lobby y
acusaciones de antisemitismo.
¿Y qué dicen de él sus
"propios"?
Puertas adentro del
universo Pink Floyd la convivencia es, desde hace décadas, áspera. David
Gilmour -y su esposa, la escritora Polly Samson- lo han señalado en público con
dureza; Nick Mason suele mostrarse diplomático, pero admite que una reunión es
improbable. Incluso su hijo, el tecladista Harry Waters, contó que su padre lo
despidió de la banda y lo dijo sin anestesia. No hay aura romántica ahí: hay
tensiones, quiebres y egos gigantes.
Roger Waters, el que
incomoda (y nos hace mirar)
Contra el imperialismo
(también el "propio")
A nosotros nos tocó
particularmente cuando, consultado por Malvinas, respondió sin rodeos:
"Deberían ser argentinas". Y agregó que se avergüenza del pasado
colonial británico. Lo dijo hace años, sin encuestas que lo empujen, sin
necesidad de caer simpático en el sur del mundo.
Una memoria nuestra:
el día que bajó a la villa
No todo en Waters son
diatribas. En 2008 compuso "The Child Will Fly" para la Fundación
ALAS, con voces de Gustavo Cerati, Pedro Aznar, Shakira y un solo de Eric
Clapton.
El videoclip se filmó
en 2012 en la Villa 31 de Buenos Aires, dirigido por Diego Kaplan, con pibes
del barrio y Vitillo Ábalos. La canción -mezcla de rock y folclore- hablaba de
infancia, de oportunidades, de desigualdad a la latinoamericana; bilingüe, con
Cerati y Shakira en español. Ahí también nos vimos: la cámara recorriendo
pasillos, chapas, ollas; y al artista global metiéndose donde duele. En una
parte de la canción , menciona a muchas personalidades de la cultura y de la
historia y ahí la coherencia del músico mencionando a Eva Perón, la abanderada
de los humildes .
¿Por qué nos importa
hoy?
Porque Milei, otra
vez, equivocando de qué lado de la historia se para -el de la celebración del
látigo- mientras la ONU lanza palabras que pesan: genocidio. Y porque figuras
como Waters -polémicas, sí; a lo Maradona, sí- nos recuerdan que la música y el
arte también sirven para señalar. Si no son ellos, ¿quiénes? Necesitamos voces
que pidan redistribución, agua para vivir y no para especular, trabajo con
dignidad, comida sin condicionamientos, un mundo sin desplazados a empujones.
Milei, siempre
equivocado
Lo volvimos a ver eufórico, desbordado, mostrando las
oscilaciones que ya se le hicieron costumbre. El lunes pasado, luego de la
derrota electoral, hablaba en un tono casi mesurado, como queriendo aparentar
sensatez, aunque sin apartarse un milímetro del rumbo que viene empobreciendo a
todo el país. Y el viernes, en Córdoba, se desató desaforado, arengando,
cantando, mezclando consignas con provocaciones.
Lo más lamentable
fueron esas frases como "saquen al pingüino del cajón", una expresión
de pésimo gusto que desnuda la inestabilidad emocional de quien hoy conduce la
Nación. No es un detalle menor: estamos en medio de uno de los momentos económicos
más complejos de nuestra historia, y la figura presidencial oscila entre la
sobriedad impostada y la exaltación grotesca.
Lo peor es que lo hace con plena conciencia, porque sabe que entre Macri y Milei han hipotecado el futuro. No se trata solo del presente inmediato: es el porvenir de generaciones enteras el que se juega en estas decisiones. Un país atado, otra vez, a la improvisación, al endeudamiento y a la soberbia de quienes se creen iluminados.
Roger Waters, el que
incomoda (y nos hace mirar)
Nosotros, desde acá, en plural y con la memoria inquieta, preferimos a los que incomodan al poder antes que a los que lo entretienen. Y si levantar la voz trae consecuencias -veto de hoteles, linchamientos mediáticos, viejas bandas que nunca se recomponen-, bueno: que así sea.
Al final del día, lo que queda es simple: que no haya más niños bajo escombros ni madres haciendo fila por un bidón.
Y mientras tanto, nos
quedamos con esa imagen de Waters, pelo blanco y keffiyeh, nombrando uno por
uno a los responsables -Trump, Macron, Netanyahu, Noboa y Milei- y escupiendo
con bronca contenida.
No será perfecto, pero
dice lo que muchos callan.
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