16 de febrero de 2026

ESTADOS UNIDOS LOS LLAMÓ TRAIDORES, MÉXICO LOS LLAMA HÉROES, PERO LOS SOSLAYA; SU HISTORIA TE VA A PONER LA PIEL DE GALLINA


En 1846, cuando los cañones de Estados Unidos comenzaron a rugir contra México, muchos pensaron que la derrota era cuestión de tiempo.

Un imperio avanzaba con pólvora, oro y disciplina. México sangraba, dividido, exhausto.

Pero nadie contaba con ellos. No eran mexicanos. No habían nacido bajo ese cielo ardiente. No rezaban en español.

Eran irlandeses, alemanes, inmigrantes pobres que habían cruzado el océano buscando pan y encontraron desprecio.

En el ejército invasor los humillaban, se burlaban de su fe católica, los golpeaban, les pagaban menos que a los demás. Eran carne de cañón con acento extranjero.

Hasta que un día algo se quebró. Cruzaron el río. Se quitaron el uniforme azul y eligieron otro destino.

Se cosieron en el pecho el verde, blanco y rojo. Así nació el Batallón de San Patricio, un puñado de hombres contra un imperio.

Levantaron una bandera verde con un arpa irlandesa y la imagen de San Patricio bendiciendo su causa. Juraron defender una tierra que no era suya, pero que habían aprendido a amar en las calles polvorientas, en las iglesias humildes, en la mirada agradecida de la gente que los trató como hermanos.

⚔️ Pelearon en Monterrey.

⚔️ Resistieron en Cerro Gordo.

⚔️ Se volvieron leyenda en Churubusco.

Allí, rodeados. Sin municiones. Con hambre. Con heridas abiertas. Siguieron disparando. Cuando algunos soldados mexicanos querían rendirse, ellos gritaban:

—¡No se rindan! ¡Sigan luchando!

Arrancaban la bandera blanca. Cargaban los cañones con manos ensangrentadas. Disparaban hasta que el humo les quemaba los pulmones.

Pero el enemigo era superior. No cayeron por falta de valor, cayeron por falta de balas. Los capturaron.

Y entonces llegó el verdadero infierno. Estados Unidos no los llamó soldados. Los llamó traidores. Hierro candente en la piel. Latigazos que desgarraban la espalda. Cadenas que mordían los tobillos. Y a más de cincuenta, los condenaron a la horca.

Frente al Castillo de Chapultepec, los alinearon. Esperaron a que la bandera estadounidense subiera sobre la fortaleza. Y justo cuando el estandarte tocó el cielo, jalaron las cuerdas.

Murieron mirando cómo caía México, sin pedir perdón. Sin bajar la cabeza. Sus últimas palabras fueron claras:

—Morimos por lo correcto.

Pero hay algo que casi nadie sabe. La noche antes de las ejecuciones, uno de ellos recibió una visita secreta. Un mensaje. Una promesa.

Y lo que ocurrió después, cambiaría la memoria de ambos países para siempre.

¿Quién fue ese visitante? ¿Qué les ofrecieron a cambio de salvar su vida? ¿Y por qué algunos nombres desaparecieron de los registros oficiales? ¿Que pasó después…?

La noche anterior a las ejecuciones, el campamento olía a sudor, pólvora húmeda y miedo contenido.

John Riley, líder del Batallón de San Patricio, estaba encadenado bajo vigilancia. La marca de hierro ardía todavía en su mejilla: una “D” de desertor que no logró doblegarlo. La hoguera iluminaba los rostros cansados de los prisioneros.

Entonces apareció un oficial estadounidense. No gritó. No insultó. Se acercó con calma.

—Aún puedes salvarte —le dijo a Riley en voz baja—Delata a quienes te convencieron. Di que te obligaron. Jura lealtad. Pide perdón y vivirás.

Riley escupió sangre al suelo.

—No traicioné. Elegí.

El oficial se marchó con la respuesta clavada en el orgullo. A pocos metros, otros prisioneros escuchaban ofertas similares. Reducción de pena. Indulto parcial. Vida a cambio de arrepentimiento público. Ninguno aceptó.

Al amanecer, los sacaron encadenados. El sol caía sin piedad sobre el Valle de México. Los obligaron a presenciar cómo las tropas estadounidenses avanzaban hacia Chapultepec.

La orden fue cruelmente calculada: las ejecuciones debían ocurrir justo cuando la bandera de las barras y estrellas ondeara en el castillo.

Los colocaron sobre carretas, con la soga al cuello. Algunos apenas podían mantenerse en pie. Otros rezaban en gaélico. Uno comenzó a cantar una vieja balada irlandesa; otro lo siguió. Los soldados mexicanos prisioneros miraban con lágrimas en los ojos.

Cuando la bandera estadounidense comenzó a subir lentamente por el mástil, un tambor redobló. El oficial levantó la mano. El viento infló la tela. Y en el instante exacto en que alcanzó la cima… Las carretas fueron empujadas.

Cincuenta cuerpos quedaron suspendidos. Algunos murieron rápido. Otros lucharon contra la asfixia durante minutos eternos. El silencio fue espeso. Incluso algunos soldados estadounidenses apartaron la mirada.

No hubo discursos finales. No hubo ceremonias.

Solo dignidad colgando del aire.

John Riley no fue ahorcado. Su deserción había ocurrido antes de la declaración oficial de guerra, lo que lo salvó de la horca.

En su lugar recibió 59 latigazos públicos. Uno por cada hombre ejecutado ese día, susurraban algunos.

Cada golpe desgarró su espalda. No gritó. Después fue liberado. Caminó entre ruinas, entre cenizas, entre un país herido.

México cayó oficialmente poco después. El tratado de Guadalupe Hidalgo arrancó más de la mitad del territorio mexicano. El mapa cambió para siempre.

Pero los nombres de los San Patricios no se borraron en el corazón del pueblo.

En los años siguientes, México levantó monumentos en su honor. Sus nombres fueron inscritos en placas de mármol. Cada 12 de septiembre se les recuerda.

En Irlanda también se canta su historia. Porque no pelearon por una bandera de nacimiento. Pelearon por una causa que sintieron justa.

Muchos historiadores estadounidenses los llamaron traidores durante décadas. Pero en México fueron reconocidos como héroes extranjeros que eligieron la dignidad.

John Riley desapareció de los registros después de la guerra. Algunos dicen que murió en Veracruz. Otros que regresó a Irlanda. Otros que vivió discretamente en México, lejos de la fama.

Nadie lo sabe con certeza. Lo que sí se sabe es esto: Cuando muchos huyeron, ellos cruzaron el río en sentido contrario. Cuando muchos eligieron sobrevivir, ellos eligieron creer. Cuando todo parecía perdido, ellos dispararon una vez más.

No nacieron mexicanos. Se hicieron mexicanos con sangre. Y mientras haya alguien que recuerde su historia, mientras alguien pronuncie el nombre “San Patricio” con respeto, mientras una bandera verde ondee junto a la mexicana cada septiembre, no serán olvidados.

Porque hay derrotas que valen más que mil victorias. Y hay hombres que, al morir de pie, enseñan a los pueblos a no vivir de rodillas.

 


https://notiredmerida.com/2026/02/16/el-batallon-de-san-patricio-martires-de-la-patria/

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