MORENA PRETENDE SEGUIR JUGANDO
CON LOS MEXICANOS, OCULTANDO LO QUE SABÍA LÓPEZ OBRADOR Y CONOCE SHEINBAUM: QUE
LOS MÁS CORRUPTOS SON DE CASA.
Por Raymundo Riva Palacio
Estrictamente Personal
diciembre 09, 2025
Como cada inicio de mes, EL
FINANCIERO ha publicado sus encuestas de aprobación de la presidenta Claudia
Sheinbaum y la jefa de Gobierno de la Ciudad de México –el segundo cargo de
mayor peso político detrás de la jefa de Estado–, Clara Brugada, en donde
comparten la paradoja del régimen que encabezan: como militantes fundadoras del
movimiento de Andrés Manuel López Obrador, que cabalgó sobre las denuncias de
corrupción del PRI y del PAN hasta la silla presidencial, están pagando los
negativos de la rampante corrupción en la que incurrió su círculo más íntimo,
cuyos números van creciendo casi mes con mes.
Más de 80% de las personas
encuestadas reprobaron su lucha contra la corrupción. Se puede explicar. La
corrupción en Morena tiene un singular talento: siempre encuentra cómo
disfrazarse de épica popular. Y durante siete años, el partido en el poder ha
repetido el mantra de la “honestidad valiente” –una frase que acuñó López
Obrador– como un escudo inquebrantable. Pero el escudo ya tiene demasiadas
grietas, y por ellas se escapa el olor rancio de los mismos vicios que
prometieron erradicar.
La ‘4T’, como pomposamente llaman
a la “Cuarta Transformación”, se proponía, en palabras de López Obrador,
erradicar de raíz la corrupción y moralizar la vida pública, terminar los lujos
del gobierno y el “Estado corrupto”, consignando su arenga favorita de que
“nada ha dañado más a México que la corrupción política”. Los electores le
compraron la pureza de su narrativa y votaron por él en las elecciones de 2018
y por su imposición en las de 2024. Hace siete años, en otro contrasentido que
la realidad ha expuesto, 68% consideraba que el gobierno saliente de Enrique
Peña Nieto había fomentado la corrupción. Quién lo iba a decir.
Un sexenio y un sexto del segundo
piso del obradorismo han demostrado que la corrupción en la ‘4T no desaparece
con discursos, ni con campañas de linchamiento desde el púlpito presidencial.
La corrupción se combatía en México, como en el resto del mundo democrático,
con controles, instituciones y vigilancia ciudadana, que es donde Morena cambió
el juego, eliminando a los árbitros para que nunca marcaran sus excesos y
complicidades. Los casos se acumulan como expedientes ocultos en un cajón que
nadie quiso abrir.
Programas sociales convertidos en
maquinarias electorales; contratos asignados en lo oscurito a empresas recién
creadas, muchas notoriamente al abrigo de los hijos de López Obrador;
desmantelamiento de los mecanismos anticorrupción y nombramiento de porteros en
las áreas que investigan esos delitos para sepultar cualquier averiguación que
afecte al discurso. Y cuando alguien osaba preguntar, la respuesta era
automática: “Es un ataque de los conservadores”.
Esa narrativa ha sido útil para
justificar que lo que antes era escándalo, hoy sea rutina. Antes, un video de
dinero en sobres provocaba renuncias y procesos penales. Hoy, provoca aplausos
en la mañanera y una sonrisa cómplice. El problema, nos dicen, no es el dinero
ilegal, sino quién lo exhibe. Lo más inquietante no es que haya corrupción,
sino la impunidad garantizada desde la cúpula. Los viejos priistas fueron
maestros del cinismo, pero al menos tenían claro que la corrupción era un
delito que se debía esconder. Morena, en cambio, la convirtió en una virtud
revolucionaria.
López Obrador dividió al país en
“pueblo sabio” y los otros, los neoliberales conservadores, reaccionarios y de
extrema derecha que buscaban salvaguardar sus privilegios. Pero ese discurso ya
no produce resultados homogéneos, y una parte al menos de ese “pueblo bueno”,
les está cobrando las facturas. Las encuestas de EL FINANCIERO lo muestran. En
marzo, 60% de los entrevistados decía que Sheinbaum no estaba combatiendo la
corrupción, y sólo 29% aprobaba sus esfuerzos. En julio, 66% la reprobaba y 25%
consideraba buena su política. En noviembre, brincó 12 puntos y 80% vio la
corrupción como uno de sus males, y un terrible 12% consideraba que la estaba
combatiendo.
Brugada no estuvo mejor. En
marzo, 64% veía la corrupción como uno de sus déficits, mientras 24% la
respaldaba. Para julio, la desaprobación escalaba a brincos; 78% decía que no
la estaba combatiendo, contra 16% que seguía apoyándola. Para noviembre, como
se vio ayer en la última encuesta, siguió hundiéndose, con 83% considerando que
no luchaba contra el fenómeno, y apenas una persona de cada 10 pensaba lo
contrario. Como referencia, cuando Sheinbaum dejó la jefatura de Gobierno
capitalina, sólo 2.8% en las encuestas mencionó la corrupción como un problema.
Hoy es totalmente diferente.
El mensaje que han enviado
consistentemente los electores en este año es claro: en la ‘4T’, la honestidad
estorba. Lo que están ahora viendo en México, en el mundo ya se estaba
registrando desde el gobierno de López Obrador. Transparencia Internacional, la
organización global que mide la percepción de corrupción, colocó a México en el
puesto 140 de 180 países en su ranking de 2024, con una puntuación de 26 sobre
100, donde 0 es igual a “peor corrupción”, y 100 es igual a “transparencia
ideal”, la que es la calificación más baja que había tenido hasta ese momento.
El retroceso de 19 puntos desde 2014 dejó a México en el penúltimo lugar entre
las 20 economías más poderosas del mundo, sólo arriba de Rusia.
Morena llegó al poder como la
gran promesa de regeneración. Y durante un tiempo, millones creyeron que era
posible un país distinto. Pero la realidad se ha encargado de mostrar que el
cambio no se mide por el color de la boleta, sino por la rendición de cuentas.
Y cuando el poder se considera moral por decreto, inevitablemente se corrompe.
La sociedad mexicana ha sufrido
muchos fraudes, electorales, económicos y culturales incluso. Pero el más cruel
es el de la esperanza. Morena pretende seguir jugando con los mexicanos,
ocultando lo que sabía López Obrador y conoce Sheinbaum: que los más corruptos
son de casa. Las encuestas van demostrando que las acusaciones selectivas de
corrupción están agotando su ciclo y es posible que terminen convertidos en lo
que juraron destruir. Podrán seguir disfrazándose de movimiento popular,
repetir que luchan contra los privilegios y culpar al pasado todo lo que
quieran, pero hay una verdad que tarde o temprano los alcanzará a todos en el
poder: la corrupción nunca muere, sólo cambia de camiseta.