Desde lo más profundo de la sierra mexicana emerge una historia que desafía todo lo que creemos saber sobre el deporte de alto rendimiento. Candelaria Rivas, mujer rarámuri de 30 años, no solo se coronó campeona del Ultramaratón de los Cañones; su victoria estuvo precedida por una travesía que raya en lo increíble.
Sin tecnología, sin entrenador, sin cronómetro. Solo ella, su vestido tradicional, un bastón de madera y una determinación inquebrantable. Candelaria recorrió a pie casi 14 horas para llegar al punto de partida de la carrera… y aun así corrió 63 kilómetros en siete horas y media, cruzando la meta en primer lugar, en lo que fue su debut absoluto como corredora.
“Vine con mi esposo desde Guadalupe y Calvo hasta Choreachi, cruzando el barranco de la Sinforosa. Ya conocía esta carrera, la veía cada año, pero nunca me había animado. Me inscribí en abril”, relató con naturalidad, como si su hazaña no fuera monumental.
Su entrenamiento no incluyó relojes GPS ni rutinas diseñadas por expertos. Se basó en lo que observaba año tras año entre su gente: “Veía cómo otros compañeros ganaban medallas y se preparaban. Eso me motivó. Mi familia también me animó y decidí participar”.
La gesta de Candelaria Rivas no solo rompe récords, rompe esquemas. Nos obliga a replantearnos los límites del cuerpo humano cuando se conecta con la cultura, la tierra y la voluntad pura. Su victoria no fue solo una cuestión de velocidad o resistencia; fue una afirmación silenciosa del poder que habita en las raíces, en la tradición y en el alma.
En un mundo obsesionado con la tecnología y el rendimiento medido al milímetro, ella nos recuerda algo esencial: la verdadera fuerza puede venir de lo más simple, lo más profundo, lo más humano.

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