17 de julio de 2025

MISERABLE Y TRAIDOR: LA HERENCIA DE ZENYAZEN ESCOBAR


Dicen que la traición duele más cuando viene de quien alguna vez caminó a tu lado. Zenyazen Escobar lo sabe bien, aunque jamás lo admitiría. Fue aquel joven flaco, sin un peso en la bolsa, que mendigaba para el pasaje y la comida, que pasaba noches heladas sin bañarse, llorando su suerte entre mantas prestadas y carpas improvisadas. Los maestros lo arroparon, compañeros de lucha le tendieron la mano, le pagaron tortillas y boletos de autobús, le sostuvieron la fe cuando no tenía ni dignidad para sostenerse solo.

Hoy, esos mismos que le dieron abrigo lo ven pasar rodeado de lambiscones y carroñeros. Se pregunta uno si Zenyazen los recuerda. Seguro que sí: de memoria lleva la lista de a cuántos engañó, cuántos nombres borró, cuántas promesas pisoteó para subirse al templete. ¿Cuántos muertos dejó tirados en el camino? Difícil contarlos. Lo cierto es que, mientras más alto trepó, más solo se quedó, acompañado apenas de los mismos cerdos de siempre, de aduladores de sueldo, de esos que aplauden cualquier discurso hueco con tal de robar un mendrugo de poder.

¿Dónde está ahora? En la silla de un político cualquiera, un diputado que se cree influencer, que presume invitaciones a eventos como si fuera el único en el Congreso. Se retrata en escuelas, clausuras y comilonas, convencido de ser especial. Pero ¿qué tiene de único? Ni siquiera logra disimular el hedor de su propia traición.

¿Envidia? ¿Quién podría envidiar a quien traiciona a su propia familia sin temblarle la voz? Para eso hace falta vergüenza y, de eso, Zenyazen tiene lo mismo que un roedor: nada. Es, más bien, una cucaracha política: sobrevive de la carroña ajena, husmea donde no lo invitan, se alimenta del esfuerzo de otros para presumirlo como propio.

Hoy Zenyazen Escobar sonríe ante las cámaras, posa como padrino de generación y reparte discursos reciclados. Pero cada foto es un recordatorio: nadie olvida a un traidor. Y tarde o temprano, hasta sus propios cómplices se cansarán del hedor. Porque el traidor, tarde o temprano, siempre vuelve a quedarse solo.

Nota y post extraída de las redes sociales

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