Marcelo ColussiEl narcotráfico: un problema social:
Las drogas son algo tan viejo como la civilización
humana. La vida de los seres humanos no es precisamente un paraíso. Más aún,
como se ha dicho acertadamente: “el único paraíso es el perdido”. Es por eso
que siempre, en todo momento histórico, ha existido la evasión de la realidad
como un modo de eludir la crudeza de la vida. Y para ello el consumo de
determinadas sustancias (alcohol etílico, alucinógenos, tranquilizantes) ha
jugado un papel de gran importancia, tanto a nivel de uso individual como práctica
de índole colectiva, ligada en mayor o menor medida a la espiritualidad en
sentido amplio.
Hoy, sin embargo, el consumo de estas sustancias –es
decir, las que caen bajo la denominación de “drogas ilegales”– ha ido tomando
características tan peculiares que lo transforman en un verdadero problema a
escala planetaria. Problema con numerosas aristas: de salud pública, cultural,
político, social; en definitiva, un asunto que hace a la calidad de vida de
toda la población mundial en un sentido amplio. Y tan grande es la magnitud del
problema que ello ha desembocado en un asunto de estrategia militar. En otros
términos: tiene que ver con el manejo global de todos los habitantes del mundo
desde la óptica de los grandes poderes actuantes.
El consumo de sustancias prohibidas se viene
incrementando durante todo el siglo XX, pero las últimas tres décadas lo
presentan ya con una magnitud alarmante. La cantidad de muertos que produce ese
consumo, las discapacidades que trae aparejadas, los circuitos de criminalidad
conexos, la pérdida de recursos y el fomento de una cultura no sostenible en
términos ni económicos ni sociales, hacen del consumo de drogas un
cortocircuito con el que todos, Estado y sociedad civil, desde distintos
niveles y con grados de responsabilidad diversos, están implicados.
Que todo esto constituye un problema, se sabe. Ahora
bien: si disponemos de todo este conocimiento sobre los diversos factores
implicados, tanto de la demanda como de la oferta, ¿por qué no vemos una
tendencia a la baja en la problemática? La situación lleva a pensar que hay
grandes poderes que no desean que esto termine.
Se puede decir que, pese a que el tema está siempre en
la agenda mediática en todas partes y en todo momento, se sabe relativamente
muy poco sobre el asunto. Hay una versión oficial, manejada incansablemente por
los medios de comunicación social –verdaderos hacedores de la opinión pública–
y hay una realidad no dicha.
La imagen oficial presenta el asunto como “flagelo”
social manejado por unas cuantas mafias tenebrosas con capacidad de acción
internacional. De alguna manera se tiene una versión policial del asunto,
mientras que el énfasis de la solución no está puesto en la prevención del
consumo y en los aspectos sanitarios de la recuperación de los
drogodependientes.
Es importante decir que el campo de las drogas muestra
un complejísimo entrecruzamiento de discursos y prácticas sociales de las más
variadas; por tanto admite diversos abordajes. Es, sin dudas –en eso: “todos
coincidimos”– una herida abierta. La cuestión estriba en cómo y por dónde
actuar: ¿prevención, represión? ¿Se debe poner el acento en la oferta o en la
demanda?
Si se observa la magnitud descomunal del negocio de
las drogas ilícitas, se comienza a tener una dimensión distinta del problema.
Todo el circuito de los estupefacientes mueve unos 800 mil millones de dólares
anuales –uno de los negocios más redituables de las actividades humanas, casi
tanto como el de las armas, más que el del petróleo–. Obviamente eso es más,
mucho más que un problema sanitario. Sabemos que esa monumental cifra de dinero
se traduce en poder; y por tanto en influencia política, lo que implica niveles
de corrupción y se asocia inexorablemente con violencia. Las secuelas físicas y
psicológicas del consumo de tóxicos empalidecen así ante las consecuencias de
esta faceta mercantil del fenómeno con implicancias sociopolíticas tan
profundas.
¿Qué pasaría si se despenalizara el consumo de estas
sustancias? El hecho de vetar el acceso legal a las sustancias psicoactivas en
vez de promover su rechazo alienta un mayor consumo (irrefutable verdad de la
psicología humana: lo prohibido atrae, fascina).
Hoy día mucho se hace en torno al combate del consumo
de drogas ilícitas; pero curiosamente el consumo propiamente dicho no baja. ¿No
puede esto llevar a pensar, quizá con cierta malicia pero tratando de entender
en definitiva el porqué de esta tendencia, que hay “cosas raras” en todo esto?
A los factores de poder, ¿realmente les interesa la desaparición de este
flagelo? ¿Por qué no se despenaliza entonces el consumo? Esto, sin dudas,
traería aparejado el fin de innumerables penurias que se dan en torno a este
ámbito: bajaría la criminalidad, la violencia que acompaña a cualquier
actividad prohibida; incluso hasta podría bajar el volumen mismo de consumo, al
dejar de presentar el atractivo de lo vedado, de la fruta inalcanzable. Pero
contrariando las tendencias más racionales, estamos lejos de ver una
despenalización. Por el contrario, cada vez más crece el perfil de lo punitivo:
el combate al narcotráfico pasó a ser prioridad de las agendas políticas de los
Estados. Eso se anota hoy como uno de los grandes problemas de la humanidad; y
ahí están a la orden ejércitos completos para intervenir en su contra.
No podemos menos que abrir algunas dudas ante esto.
¿No será que la anterior Guerra Fría se ha trocado ahora en persecución a estos
nuevos demonios? Definitivamente el interés de los poderes hegemónicos,
liderados por Washington, ha encontrado en este nuevo campo de batalla un
terreno fértil para prolongar/readecuar su estrategia de control universal.
Como lo ha encontrado también con el llamado “terrorismo”, nueva “plaga
bíblica” que ha posibilitado la nueva estrategia imperial de dominación militar
unipolar con su iniciativa de guerras preventivas.
El mundo de las drogas ilegales es un fenómeno tan
particular que tiene una lógica propia inhallable en otros ámbitos: por un lado
se mantiene y perpetúa como negocio del que se benefician muchos; por otro se
sostiene de fabulosas fuerzas políticas que no pueden ni quieren prescindir de
él en tanto coartada y espacio que facilita el ejercicio del poder. Al mismo
tiempo existen dinámicas psicosociales (consumismo, modas, valores de la
sociedad competitiva y materialista, la angustia de sociedades basadas en el
primado de lo individual sobre lo colectivo) que llevan a enormes cantidades de
individuos, jóvenes fundamentalmente, a la búsqueda de identidades y
reafirmaciones personales a través del acceso a los tóxicos prohibidos, lo cual
se enlaza y articula con los factores anteriores.
Este negocio es, en otros términos, un síntoma de los
tiempos actuales: el capitalismo hiperconsumista centrado en la adoración de la
máquina y en el fetiche de la mercancía, que ha dejado de lado lo humano en
tanto tal, no puede dar otro resultado que un negocio sucio pero tolerado –
¿alentado?– que, bajo cierto control, sigue haciendo mover el aparato de la
sociedad. El costo: algunos sujetos quedan en el camino, pero eso no
desestabiliza tanto el orden instituido; y ahí están las comunidades de rehabilitación
para dar algunas respuestas.
Pero lo peor del caso es que son esos mismos factores
de poder que mueven la maquinaria social del capitalismo global los que han
puesto en marcha el mecanismo: crearon la oferta, generaron la demanda, y sobre
la base de ese circuito tejieron el mito de unas maléficas mafias
superpoderosas enfrentadas con la humanidad, causa de las angustias y zozobras
de los honestos ciudadanos, motivo por el que está justificado una intervención
policíaco-militar a escala planetaria.
El problema es más complejo, por supuesto. Dado el
carácter de investigación periodística con el que desarrollamos el presente
estudio, nos permitiremos conducirnos entonces con preguntas. Preguntas
teórico-conceptuales, para tratar de entender el campo en que estamos parados.
Preguntas concretas a diversos agentes relacionados con todo este asunto.
Algunas preguntas
¿Quién se favorece con el
tráfico de drogas ilegales?
Evidentemente, la población no. A la población de a
pie, a los ciudadanos comunes y corrientes –la gran mayoría de los habitantes
del mundo– el tema o bien le es indiferente, o les perjudica en forma indirecta
(mayoritariamente) o directa (un pequeño porcentaje). Se calcula que hasta un
10% de la población mundial en algún momento de su vida ha consumido sustancias
psicoactivas prohibidas; de esa cantidad, una buena parte queda fijada en ese
consumo en forma crónica, pasando a ser drogodependiente. Ingresar en ese mundo
es relativamente fácil; salir, es una odisea (no más de un 10% de toxicómanos
logra recuperarse, y siempre en un equilibrio inestable que puede romperse aún
después de muchos años de abstinencia). Por otro lado, en forma indirecta, los
familiares de los drogodependientes llevan una carga agobiante, pues esta
psicopatología envenena de modo fatal la normal convivencia, haciendo que los
afectados por el circuito de la droga vayan mucho más allá del consumidor
directo. ¿Cómo se convive con un drogadicto? No es fácil, grato ni edificante.
La cantidad de muertos que produce este consumo, las discapacidades que trae
aparejadas, la conexión directa que guarda con el VIH/SIDA, los circuitos de
criminalidad conexos –los consumidores inexorablemente terminan delinquiendo
para comprar su tóxico–, la pérdida de recursos y el fomento de una cultura no
sostenible en términos ni económicos ni sociales, hacen de este ámbito un
verdadero infierno. Obviamente, entonces, para las grandes mayorías no hay
beneficios con las drogas.
Pero lo curioso es que, si bien es cierto que el
consumo de drogas ilegales produce todo este malestar, hay quien se beneficia.
El negocio a que da lugar, ya dijimos, es fabuloso: ronda los 800.000 millones
de dólares anuales. De hecho, es el segundo gran negocio de la humanidad, por
detrás de las armas y por arriba del petróleo. Curioso: las dos actividades más
dinámicas de la sociedad están dedicadas a la muerte. Un freudiano ortodoxo
podría satisfacerse constatando lo acertado de la formulación de Freud: alguna
fuerza autodestructiva (Thanatos, pulsión de muerte dirá el maestro vienés ya
en sus reflexiones de senectud) nos determina, y la búsqueda perpetua de la
aniquilación –individual y colectiva– sería su elocuente presencia. Guerra,
violencia, autodestrucción: ¿es realmente ese nuestro destino, nuestra esencia?
¿Son sólo mafias de
narcotraficantes las beneficiadas?
Con cierta ingenuidad se podría estar tentado a decir
que sí. Y en sentido eminentemente económico, así pareciera en principio. Pero
esa masa enorme de dinero que mueve el negocio –que, por cierto, se traduce en
poder, mucho poder político, poder social– también llega a otras esferas de
acción: ese dinero es “lavado” e ingresa a circuitos socialmente aceptados
(según se denunció, puede llegar incluso hasta a obras de beneficencia). No es
ninguna novedad que existe toda una economía “limpia” producto de las operaciones
de blanqueo de los capitales del narcotráfico. Y son bancos “limpios” y
honorables los que proceden a hacer esas operaciones, los mismos que manejan el
capital financiero transnacional que hoy controla la economía mundial y a los
que el Sur pobre y dependiente adeuda cifras astronómicas en calidad de deuda
externa.
Por otro lado, esas enormes sumas de dinero que mueve
el negocio de las drogas ilegales se intrometen por todos los circuitos
sociales, y no son raras las ocasiones en que terminan financiando a políticos
profesionales, con lo que la incidencia del narcotráfico en los circuitos de
los poderes formales de Estado no deja de hacerse sentir en todos los países
del mundo.
Según datos de la Oficina de las Naciones Unidas
contra las Drogas y el Delito (UNODC, del inglés United Nations Office on Drugs
and Crime) el mayor porcentaje de los beneficios obtenidos con el tráfico de
estupefacientes en todo el mundo se queda en los países del Norte y no en los
productores básicos de esas sustancias. Si bien es muy difícil establecer con
precisión, se calcula que a los agricultores que cultivan la materia prima en
los países del Sur sólo llega un 1% de los beneficios totales del negocio.
Pero la cuestión va más allá aún. No es tanto el
beneficio económico en juego, sino el horizonte sociopolítico en el que se da
todo el mundo del consumo de drogas prohibidas. ¿Quién más se beneficia de
ello? El problema del consumo de drogas ilegales es un verdadero problema de
salud pública, tanto como el VIH/SIDA, o más aún (200 muertos diarios a nivel
global por sobredosis, sin contar con todos los estragos monumentales que deja
su uso y abuso). De todos modos, con todas las tecnologías en salud que nos posibilita
el mundo actual, el consumo de estupefacientes no baja. Por el contrario, día a
día se acrecienta. Y no puede decirse que no se hagan esfuerzos en su contra.
¿Están mal planteadas las
estrategias contra las drogas prohibidas, o hay intereses en que su consumo no
termine?
Aunque se reconoce que la toxicomanía es un poderoso
factor de inestabilidad mundial, en todo sentido, la magnitud del problema en
vez de ir aminorando, por el contrario, crece. El uso y abuso de narcóticos es
una de las pocas cosas que está expandida como problema (epidemiológico, por
tanto: psicológico, social, político, legal) por todos los estratos sociales,
golpeando con similar fuerza a niños de la calle y a multimillonarios, en
países pobres y en países ricos, a varones y a mujeres. Todo esto se sabe, se
conoce en profundidad, hay claras razones de su por qué; entonces, casi
espontáneamente, surge la pregunta: si disponemos de tanto conocimiento sobre
estos factores, tanto de la demanda como de la oferta, ¿por qué no vemos una
tendencia a la baja en la problemática? Si se pudo aminorar o terminar con
otros problemas sanitarios igualmente letales (tuberculosis, hepatitis,
mortalidad materno-infantil), ¿por qué no disminuyen las tasas de
drogodependencia? ¿Prevención o represión? Pero, ¿a quién reprimir: al
consumidor, al productor, al distribuidor? ¿Debe ponerse el acento en la oferta
o en la demanda? ¿Será que están mal enfocadas las metodologías para abordar el
problema, o hay grandes poderes que no desean que esto termine? Si así fuera,
¿cuáles son esos poderes y de qué manera se benefician?
A Estados Unidos, principal país consumidor
del mundo, con los monumentales controles que hoy día presenta, ingresa
diariamente una tonelada de drogas proveniente del Sur. ¿Cómo es ello posible?
Si se analizan las perspectivas en que se da todo el
negocio de las drogas ilícitas, son más los interrogantes que se abren que los
que quedan resueltos. Si es cierto que es un problema de salud pública, ¿por
qué no se lo aborda como tal? Por lo que se ve, la estrategia fundamental para su
combate está puesta –esto es una tendencia creciente– en la militarización del
problema. Sofisticados ejércitos completos se preparan cada vez más para
intervenir en su contra; esto, por supuesto, abre dudas. ¿Por qué no son
ejércitos de profesionales de la salud los que se movilizan? ¿Por qué no se
pone todo el esfuerzo en la atención primaria? ¿O por qué los medios masivos de
comunicación no son parte de las soluciones globales? Como hipótesis podemos
plantearnos la pregunta: ¿no será que la anterior Guerra Fría se ha trocado
ahora en persecución a estos nuevos demonios del narcotráfico internacional?
Definitivamente, el interés de los poderes hegemónicos, liderados por
Washington, ha encontrado en este nuevo campo de batalla un campo fértil para
prolongar/readecuar su estrategia de control universal. Como lo está
encontrando también ahora en el llamado “terrorismo”. ¿Por qué un problema
sanitario pasa a ser un problema militar, de seguridad nacional? En nombre de
la persecución del narcotráfico se pueden invadir países, montar bases
militares o aumentar sideralmente los presupuestos de defensa. Y lo peor es que
pese a todo eso, el consumo no baja.
¿Por qué no se
despenaliza el consumo de estas sustancias?
Irrefutable verdad de la psicología humana: lo
prohibido atrae, fascina. Si los tóxicos actúan como atractivo por su estatus
de “fruta prohibida”, de cosa vedada, sería más lógico probar su
despenalización como tal. Cuando hubo ley seca, en cualquier parte del mundo,
aumentó exponencialmente la búsqueda de alcohol, no importando a qué precio. Si
estas verdades elementales de nuestra condición se saben: ¿por qué no se
despenaliza entonces el consumo de las drogas hoy prohibidas? Esto, sin dudas,
traería aparejado el fin de innumerables penurias que se dan en torno a este
ámbito: bajaría la criminalidad así como todos los circuitos de violencia que
acompañan a cualquier actividad ilegal; incluso, hasta podría bajar el volumen
mismo de consumo, al dejar de presentar el atractivo de lo vedado, de la cosa
inalcanzable que embelesa en tanto prohibida. Pero contrariando las tendencias
más racionales, estamos lejos de ver una despenalización. Por el contrario,
cada vez más crece el perfil de lo punitivo: el combate al narcotráfico pasó a
ser prioridad de las agendas políticas de los Estados, pero no de los
Ministerios de Salud precisamente. A los factores de poder, ¿realmente les
interesa la desaparición de este flagelo? Todo indicaría que, más allá de
ampulosas declaraciones y escenificaciones para los medios de comunicación, no.
¿Por qué la droga aparece masivamente en
algunos lugares en un momento dado? ¿Hay poderes que así lo deciden?
En los países socialistas durante el siglo XX había
muy poca, casi nula, relación con los estupefacientes. Pero, para decirlo con
un ejemplo, desde el desmoronamiento de la Unión Soviética en la década de
1990, la producción y tráfico de amapola y heroína han aumentado
vertiginosamente en el Asia Central. Enormes extensiones de tierra
anteriormente dedicadas a cultivos legales hoy se ven invadidas por nuevos
sembradíos de amapola, como es el caso de Kirguistán, con uno de los
porcentajes de tierra puesta al servicio de la producción de drogas ilegales
más alto del mundo. Por otro lado los estados centroasiáticos, anteriormente
repúblicas socialistas, han pasado a ser importantes vías de tránsito; las
mafias de narcotraficantes de Afganistán y el Asia Central dominan el comercio
de opiáceos en Europa con cuantiosos envíos de heroína afgana que pasa por
territorios anteriormente soviéticos. Los esfuerzos por controlar ese tráfico
se ven obstaculizados por la escasez de recursos y equipos, así como por la falta
de entrenamiento y coordinación de las fuerzas antinarcóticos regionales. ¿Qué
pasó que cambió tan radicalmente la situación allí? ¿Hay poderes interesados en
que suceda eso?
Valga como caso arquetípico lo sucedido en Nicaragua.
Durante los años de revolución sandinista, pese a las incontables penurias que
debió soportar su pueblo, prácticamente no había drogas ilícitas en
circulación. Cayó el gobierno sandinista e inmediatamente, como por arte de
magia, aparecieron. ¿Casualidad? ¿Por qué aparece la droga en los colectivos
más pobres, más marginados? ¿Por qué los sectores más problemáticos de las
sociedades –“problemáticos” desde la óptica de los poderes conservadores, por ejemplo:
sectores juveniles en general, o población negra dentro de Estados Unidos–
están siempre ligados o al consumo o al tráfico de sustancias ilícitas? Es
evidente que a los sectores “potencialmente molestos” se los maneja tanto con
represión como con sedativos. Estos últimos, además, tienen ventajas
comparativas sobre la “mano dura”: no son violatorios de ningún derecho humano,
y por el contrario, el combate contra el narcotráfico es moralmente
presentable.
Hay drogas para ricos y drogas para pobres, y el hecho
de que cada vez crezca más su presencia en las sociedades modernas habla de
fuerzas que están operando. ¿O las poblaciones están cada vez más enfermas? Si
fue posible barrer las guerrillas marxistas en Latinoamérica, ¿no es posible
–pensándolo en términos militares– erradicar las mafias del narcotráfico? ¿Cómo
es posible que continuamente se denuncie la participación de estructuras del
gobierno de Estados Unidos en “negocios sucios” con el narcotráfico? (caso
Iráncontras, establecimientos para procesar opio en Afganistán y Pakistán,
etc.) Todo indicaría que no es tanto el negocio económico en juego, sino los
factores de control social que todo esto conlleva.
El mundo de las drogas es un fenómeno tan especial que
tiene una lógica propia: por un lado se auto mantiene y se auto perpetúa como
negocio; por otro es sostenido por fabulosas fuerzas económico-políticas que no
pueden ni quieren prescindir de él, en tanto coartada y ámbito que facilita el
ejercicio del poder. Al mismo tiempo existen dinámicas psicosociales (cultura
del consumismo banal, modas, valores de la sociedad competitiva y materialista,
angustia individual que se expresa a través de la compulsión al consumo y las
adicciones) que llevan a enormes cantidades de personas, jóvenes
fundamentalmente, a la búsqueda de identidades y reafirmaciones personales a
través del acceso a los tóxicos prohibidos, lo cual se enlaza y articula con
los factores anteriores. Es, en otros términos, síntoma de los tiempos: el
capitalismo híper consumista centrado en la máquina y en el fetiche de la
mercancía, que ha dejado de lado lo humano en tanto tal, no puede dar otro
resultado que un negocio sucio pero tolerado (¿alentado?) que, bajo cierto
control, sigue haciendo mover el aparato de la sociedad. El costo: algunos
sujetos quedan en el camino, pero eso no desestabiliza tanto el orden
instituido; y ahí están las comunidades de rehabilitación para dar algunas
respuestas. El poder siempre necesita algunos fantasmas con que asustar
(narcotráfico, terrorismo); de su correcta manipulación depende su continuidad.
Ante esta perspectiva las posibilidades reales de
cambiar la situación no se ven fáciles: como sociedad civil que padece todo
esto, y al mismo tiempo, dada nuestra existencial angustia que nos puede llevar
a consumir drogas, no podemos plantearnos como objetivo sino el luchar por la
despenalización de ese consumo (quizá siempre, inexorablemente, los humanos
apelaremos a paliativos para paliar la ansiedad; pero otra cosa es el consumo
masivo como nueva mercadería que se ha impuesto con el capitalismo, al igual
que tantos productos prescindibles pero establecidos gracias a las técnicas de
mercadeo). Si se legaliza, a muchos se les terminará el negocio (no sólo a las
bandas de narcotraficantes, por cierto: bancos lavadores, fabricantes de armas,
partidos políticos que reciben recursos de dudosa procedencia, incluso,
honestos civiles que son empleados legales de toda esta economía), pero no hay
otra alternativa para solucionar un problema que hoy ya es flagelo, y sigue
creciendo. Definitivamente quemar sembradíos en el Sur no está solucionando
nada. Eso sólo sirve para una estrategia de militarización del globo terráqueo
que no es precisamente lo que más necesitan los habitantes de la aldea global.
El narcotráfico como estrategia política
1)
¡Mucho dinero!
El negocio del narcotráfico tiene tal dimensión, mueve
tal cantidad de miles de millones de dólares, involucra a tal cantidad de
Estados, está infiltrado de tal manera en las altas esferas de poder de
naciones ricas y pobres, abarca un mercado mundial de tal magnitud y
finalmente, envenena a tal cantidad de seres humanos, que desafía el corazón
mismo del sistema de una manera contundente, poniendo en tela de juicio los
valores de la sociedad capitalista reflejando los elementos más hondos de una
crisis estructural sin salida dentro de los actuales modelos.
Las drogas ilegales, como cualquier producto puesto a
la venta, están concebidas para ser comercializadas. Son mercancías, así de
simple, una mercancía más como tantas. Tanto la amapola como la coca son
plantas con propiedades psicoactivas conocidas desde la antigüedad. Pero la
producción de sustancias artificiales derivadas de ellas, como la heroína o la
cocaína respectivamente, con características de “drogas”, son actividades mucho
más recientes en la historia, ligadas al mundo de la industria moderna y a
sociedades de alto consumo. Cuando ello comienza a suceder (no más de un siglo)
entramos al campo de las drogas modernas y a todos los circuitos conexos: las
drogas se producen como una mercadería más, se comercializan, se promueven.
Hay, por tanto, toda una cultura en torno a ellas que se va generando
deliberadamente, hay grandes fortunas que comienzan a amasarse, se genera poder
político.
Con el surgimiento de los carteles colombianos de la
droga hacia 1970 la hoja de coca se disparó exponencialmente como una materia
prima para una producción industrial masiva, particularmente en Perú y Bolivia
donde la calidad del producto era mejor que la de Colombia. Para satisfacer la
demanda exterior –demanda artificialmente creada, como sucede con innumerables
productos dentro de la economía capitalista– los carteles expandieron las áreas
de cultivo hacia donde la coca no era un cultivo tradicional. En Colombia
muchos campesinos pobres expulsados de sus tierras o sin tierra o sin trabajo
migraron hacia los territorios bajos al oriente de los Andes donde se dedicaron
a cultivar este producto. Hoy, significativamente, Colombia es el principal
productor de cocaína del mundo, siendo que su materia prima, la hoja de coca,
no es un cultivo tradicional del lugar.
La decisión del gobierno estadounidense de controlar
estos productos tomada a principios del siglo XX, presionado por sectores
puritanos y con fuerte poder económico, precipitó la andanada de leyes,
reglamentos, persecuciones y prohibiciones iniciados por casi todos los países
del mundo y que persisten hoy día, como una muestra más de la hegemonía global
de Washington. Lo curioso es que simultáneamente se protege y fomenta el
consumo de otras drogas –tabaco, alcohol etílico, diversos tipos de psicofármacos
(las benzodiacepinas o tranquilizantes menores son los segundos medicamentos
más vendidos en el mundo–), las que dejan grandes beneficios empresariales a
multinacionales tabaqueras, alcoholeras y farmacéuticas, a la vez que buenos
impuestos a los gobiernos. Debe señalarse también que Estados Unidos es el
primer productor mundial de marihuana. ¿Cómo es posible que ahí sea legal su
cultivo –habiendo multiplicado por cinco las cosechas anuales con los métodos
hidropónicos en los últimos años– y reprimido militarmente fuera de sus
fronteras? ¿Qué agenda oculta hay allí?
“La crisis familiar lleva a las drogas”, suele decirse
para explicar la complejidad del fenómeno en juego, y con ello se lava la
responsabilidad social que hay en la dinámica entablada dejando intocados a
gobiernos y al gran capital. Pero queda la pregunta: ¿quién es el responsable
de esa “crisis familiar” entonces? Muy lejos de un problema de orden
“doméstico”, las drogas y el narcotráfico constituyen uno de los pilares que
sostiene al capitalismo en su fase actual. La pujanza de este mercado es tal que
“los habitantes de la Tierra gastan más dinero en drogas ilegales que
alimentación, vestimenta, educación, salud o en cualquier otro servicio, dato
que sirve para poner de relieve cómo la industria del narcotráfico es
actualmente una de las de mayor crecimiento en el mundo” (Suplemento del diario
“La Nación”, Argentina, dedicado a la cuestión de las drogas, 18/11/98).
Cifras aportadas por el
Fondo Monetario Internacional afirman que el lavado de dinero proveniente de la
droga alcanza en la actualidad los 800.000 millones de dólares anuales, lo que
es equivalente al 2% del producto bruto mundial, o al 13% del comercio internacional,
“o siete veces más que los aportes realizados por los países que destinan recursos para el desarrollo y la asistencia de las naciones llamadas
emergentes” (ídem).
La hipocresía en juego en todo este negocio presenta
al narcotráfico como un flagelo para elevar el precio de la mercancía, que por
la acción de la represión volcada esencialmente sobre los consumidores hace que
la misma se encarezca. Lo sugestivo es que, más allá de tantas pomposas
declaraciones de lucha frontal contra el problema, el consumo real no baja sino
que, en todo el mundo, se acrecienta día a día.
La importancia de esta actividad comercial ha
especializado a sus ejecutivos que, según declaraciones del mismo Departamento
de Estado de Estados Unidos, poco difieren “de los gerentes financieros
corporativos. Son especialistas en finanzas, abogados, contadores y
empresarios”. No sólo difieren poco; antes bien, se entrelazan constantemente.
Las utilidades, mayoritariamente, alimentan la economía mundial, porque –según
apreciaciones de esa dependencia gubernamental estadounidense– “cerca de un
tercio del dinero ilícito se coloca en el sistema financiero, otro tercio en
negocios diversos y sólo el restante en nuevas actividades ilegales”. Ese es el
motivo por el cual los especialistas consideran que, aunque muchas veces se ha
afirmado que el lavado de dinero amenaza al sistema financiero mundial, la
realidad es que le resulta de gran utilidad.
El discurso dominante –que impone sus criterios de
manera cada vez más global apelando a los medios de comunicación de impacto
mundial– dice horrorizarse ante el fenómeno del narcotráfico presentando el
problema como la personificación misma de la maldad. El argentino Julio
Saguier, no sin razón, dice que “el narcotráfico no respeta ninguna ley. Sólo
acata la ley de la oferta y la demanda”. ¿Pero no es ésta la ley suprema del
régimen social que la misma derecha defiende? Ratificando que ese mecanismo económico
es el que rige toda la actividad mercantil de las drogas ilícitas, para mejor
transferir los fondos el capitalismo mundial ha engendrado, de un lado a otro
del mundo y sin complicaciones, paraísos fiscales, que conceden grandes
ventajas impositivas e imponen un estricto secreto bancario y financiero. En
completa consonancia con ese mecanismo de la demanda, en este caso del
narcotráfico, menos de una cuarta parte de los centros financieros del mundo
han adoptado legislaciones de prevención. La globalización, la desregulación
bancaria y los acuerdos de libre comercio ofrecen herramientas hechas a la
medida de las narcomafias, algunas de las cuales poseen la organización y el
alcance de las grandes empresas multinacionales “legales”.
Los consumidores de drogas ilícitas son muchos menos
que los fumadores o los bebedores de alcohol etílico. En la actualidad en todo
el mundo cerca de 2.600 millones de personas consumen alcohol etílico –la
sustancia psicoactiva más popular– ya sea en forma ocasional, habitual, abusiva
o adictiva. Y el tabaco, si bien empieza a ser seriamente cuestionado por sus
efectos perniciosos, continúa siendo socialmente aceptado. Con las drogas
ilícitas no sucede lo mismo; pesa sobre ellas el estigma de la satanización.
Sin embargo, su número está creciendo, alcanzando en la actualidad entre el 3 y
4% de la población mundial. Según datos confiables, en los países del Norte con
alto poder adquisitivo prácticamente toda la población juvenil en algún momento
de su vida tiene un contacto con alguna droga ilegal, lo cual no la torna
consumidora. Es decir que hay ahí un mercado enorme. La marihuana es la
sustancia psicotrópica más requerida, al tiempo que los estimulantes sintéticos
están ganando más popularidad, en particular entre la juventud urbana. La
Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito calcula que en todo el
planeta hay más de 200 millones de consumidores frecuentes de marihuana,
cocaína, heroína y drogas sintéticas como el éxtasis. De esa cantidad total de
consumidores, de entre 15 y 64 años de edad, 110 millones consumen drogas una
vez al mes y unos 22 millones de forma diaria; el resto probó alguna droga al
menos una vez al año. La mayoría de los consumidores se encuentra en el Norte,
en las sociedades más prósperas de Estados Unidos y de Europa occidental,
aunque también se registra un incremento en los países de Asia y América
Latina, en los países productores y de paso de la droga. No hay ninguna duda
que se trata de una catástrofe sanitaria silenciosa. Las adicciones son trastornos
psicológicos, de ello no caben dudas. De hecho en la “Clasificación Estadística
Internacional de Enfermedades y Problemas relacionados con la Salud” de la
Organización Mundial de la Salud (OMS), en su décima revisión del 2003 aparece
la “drogodependencia” como un afección con entidad propia. Pero pese a saberse
perfectamente acerca de su etiopatogenia y a la declamada persecución de la
producción de las sustancias psicoactivas, el número de “enfermos” no baja.
¿Será pura coincidencia? No lo creemos.
Dado que todas estas drogas ilegales se manejan como
mercancías puestas en un mercado, las leyes que regulan su dinámica no difieren
de la de cualquier otro producto en la esfera capitalista. Si hay escasez, sea
de hoja de coca o de amapola, el precio de la droga sube. Si hay exceso de
oferta, el precio baja.
2) Una transnacional muy poderosa
Como cualquier corporación multinacional, los carteles
internacionales de la droga tienen departamentos de mercadeo o unidades
estratégicas que se ocupan de la planificación. Una de las “pruebas de
mercadeo” más escalofriantes se llevó a cabo en Puerto Rico para la década del
90 del pasado siglo. Los carteles colombianos, que buscaban penetrar el
lucrativo mercado estadounidense de la heroína, desarrollaron en suelo propio
un producto de alta calidad. La idea era competir con las redes de tailandeses
y birmanos que controlaban la venta de heroína en el mercado estadounidense, el
mayor del mundo. Para tal fin llevaron a cabo en Puerto Rico un programa
piloto. Embarcaron grandes cantidades de la droga y comenzaron a vender el
producto en la isla. Los encargados de la comercialización en la calle
recibieron muestras gratis de heroína para regalar cada vez que concertaran una
venta de cocaína. “Muestras gratis para consumidores potenciales” es, sin
dudas, lo último en estrategias de mercadeo. Muy pronto muchas personas que
sólo consumían cocaína comenzaron a comprar y consumir heroína. El plan tuvo
éxito y se extendió por todo Estados Unidos. Como consecuencia, Puerto Rico
enfrenta hoy en día el grave problema que representa una enorme cantidad de
adictos a la heroína Por su parte, los narcos colombianos se han hecho de una
considerable porción del mercado de la heroína en territorio estadounidense.
El proceso impulsado por el aumento generalizado del
consumo y la revalorización del producto desde su origen (la hoja de coca en
las montañas de Latinoamérica o la bellota de la amapola en Afganistán o en
Myanmar) hasta su recepción por el consumidor final (fundamentalmente
ciudadanos de los países ricos del Norte) en ocasiones hace que su valor se
multiplique hasta por 100.000. Aunque también hay drogas baratas, drogas para
pobres. Esos casos –el bazuco y el crack por ejemplo– deben su bajo precio a sus
peligrosos niveles de impureza, lo cual ocasiona daños irreparables al
organismo humano es mucho en mayor medida que sus parientes cercanos, en este
caso: la cocaína. Y hasta existe un sector de drogas ilegales en un sentido
amplio que utilizan los sectores más excluidos, los grupos más marginados de
todos: los niños y niñas de la calle, de los que en Latinoamérica se cuentan
por miles. Nos referimos a los inhalantes, sustancias volátiles que contienen
diversos agentes químicos tales como solventes industriales o distintas
pegamentos con propiedades psicoactivas. También para eso existen redes que
trafican los productos. ¿Por qué se repite siempre la existencia de estas redes
mafiosas de distribución?
El fenómeno del consumo generalizado de las sustancias
prohibidas y su correspondiente tráfico comenzó a ser contemplado con
preocupación tras la Segunda Guerra Mundial. Ello motivó que en la entonces
recién nacida Organización de las Naciones Unidas se iniciara el estudio de las
medidas de índole legislativa, política y policial que podían ser adoptadas.
Pero las tendencias al hiper consumo definitivamente se fijan para los 70 ,
terminándose de agudizar tras la caída del bloque soviético y el final de la Guerra
Fría, preludio de una libertad económica que influyó decisivamente en la
mundialización de la producción, distribución y consumo de drogas ilegales. En
este momento, ya entrado el siglo XXI, la droga está presente en todos los
continentes y áreas geográficas del planeta.
El consumo crece, y no sólo en los países con alto
poder adquisitivo; ahí, sin dudas, está el grueso de la demanda. Pero las
técnicas de mercadeo utilizadas para comercializar estos productos buscan
“nichos de mercado” por donde sea. También los países del Sur, incluso los
productores y los territorios de paso, pueden ser buenos clientes. Un estudio
de la Universidad de los Andes de Santafé de Bogotá realizado en el año 1987
demostró que si más del 55% de la población bebía alcohol y un 30% fumaba, no había
más que un 1,08% que fumara marihuana, un 0,64% que consumiera bazuco y apenas
un 0,25 % que aspirara cocaína en ese entonces, mientras que hoy, dos décadas
después, también la sociedad colombiana puede ser consumidora. El despegue
experimentado en los últimos años por el consumo de narcóticos en el interior
de un gran número de los países productores o de tránsito indica que las
estrategias en juego son más que vender drogas en el Norte.
El auge del consumo de sustancias psicoactivas
iniciado a partir de los últimos años de los 70 del siglo pasado trajo como
consecuencia, en apenas una década, un incremento de la conflictividad social
que se manifestó de múltiples formas: delincuencia asociada, entronización de
la cultura de la violencia, propagación del VIH/SIDA, carencias asistenciales o
propagación de la droga en las cárceles, etc. Para hacer frente a ese problema
surgieron multitud de iniciativas ciudadanas desde los más diversos ámbitos
geográficos y de actividad (asociaciones vecinales, grupos profesionales,
organizaciones culturales, educativas o religiosas, etc.), que fueron
configurando una tupida red asociativa que pronto se convirtió en una
alternativa a las entidades asistenciales de carácter público.
La dimensión del problema se viene agravando año tras
año, habiéndose consolidado los canales de blanqueo de capitales que son
utilizados para ocultar sus beneficios por traficantes internacionales y todo
un entramado de agentes públicos corruptos (incluidas fuerzas armadas legales
de muchos Estados) ligados a estas actividades. Su accionar se ve favorecido
por la mundialización de la economía y el vertiginoso desarrollo de las
tecnologías de la comunicación, que se traduce en una mayor facilidad para el
movimiento internacional de capitales. A ello contribuye también la creciente
utilización de dólares en los mercados negros, la tendencia a la desregulación
financiera, la consolidación del mercado único europeo y la proliferación de
paraísos fiscales exentos de todo tipo de control.
3) El botín y sus consecuencias
La adicción a las drogas y su tráfico ilícito
adquieren proporciones alarmantes dado que están afectando cada vez más a la
juventud y a los niños en edad escolar. La situación de indigencia en que viven
amplios grupos sociales marginados, tanto en el Sur como incluso en los países
capitalistas centrales, a los que la sociedad no brinda acceso regular a bienes
ni servicios, constituye la mano de obra barata y más arriesgada de las redes
del narcotráfico.
En las áreas rurales donde se produce la materia prima
para la obtención de las drogas, pese a que la sustitución de cultivos
tradicionales ha dado al campesinado empleo y mejores ingresos, estos
beneficios inmediatos le han costado muy caro: el costo de la vida en las zonas
cocaleras se ha elevado significativamente y el pago en efectivo ha sustituido
a las formas tradicionales de trueque en pequeña escala y de apoyo mutuo que
eran fuente de estabilidad y equidad dentro de las comunidades indígenas. Igualmente,
la introducción de cultivos más rentables fue dejando de lado o desplazado
totalmente los granos básicos. El dinero fácil y rápido que traen estos nuevos
sembradíos va implicando la introducción de nuevos hábitos alimentarios, dado
que se sustituye la dieta tradicional por la comida comprada fuera del ámbito
doméstico, enlatados importados en muchos casos. Esto, en definitiva, atenta
contra la seguridad alimentaria de los países en que va ganando terreno la
producción de las plantas que sirven de materia prima para las drogas. Por
tanto, hecho un balance de los beneficios o perjuicios que traen estos nuevos
cultivos, los primeros son mucho menores que los segundos en el largo plazo. La
ilusión de riqueza inmediata es sólo eso: ilusión.
En Colombia, por ejemplo, decenas de millares de
nuevos colonos han emigrado desde la cordillera hasta los llanos del sur para
cultivar la coca, trastornando el equilibrio social anterior. Los productos
alimenticios tradicionales como la papa, el maíz y la yuca comenzaron a
escasear a medida que la mano de obra era absorbida por los cultivos cocaleros.
La economía de autoconsumo fue reemplazada por una mercantilizada, impersonal,
muy alejada del espíritu comunitario de las tradiciones campesinas.
De todos modos, los pequeños productores que surten de
la materia prima a las redes que elaboran la droga en los laboratorios
clandestinos, sea la hoja de coca en los Andes latinoamericanos o la amapola en
el Asia Central, no son los “malos de la película”, y mucho menos los
beneficiados económicos. Si hay alguna ganancia extra por la disponibilidad
inmediata de efectivo –en Afganistán se estima que con la amapola los
campesinos pueden ganar hasta seis veces más que con el trigo tradicional– ello
no trae aparejado un verdadero mejoramiento sostenible. Las penurias que
implica esta economía subterránea son demasiado costosas.
“Queremos que Colombia y
el mundo sepan de una vez que nosotros no cultivamos coca por gusto sino porque
nos obligan a ello, y no es la guerrilla la que nos obliga, es el propio
gobierno: no hay alternativas”, declaraba algún campesino cocalero colombiano,
según lo presenta en su muy documentada investigación María Clemencia Ramírez
“Entre el Estado y la guerrilla: identidad y ciudadanía en el movimiento de los
campesinos cocaleros del Putumayo”.
La repercusión social de la droga y de todos los
cambios que ha traído aparejados también se hace sentir en la estructura del
empleo.
Sin dudas el negocio de las drogas ilegales es un
empleador importante en Bolivia, Colombia y Perú. Ocupa directamente entre
600.000 y 1.500.000 personas, según diversas estimaciones. Otras fuentes elevan
este número a 1,8 millones, lo cual vendría a representar más de un 4,5% de la
población activa, o sea cerca del 3% de la población total de estos tres
países. De ellas, unas tres cuartas partes son agricultores y cosechadores de
la hoja de coca; casi una cuarta parte son “pisadores” que con los pies descalzos
mezclan las hojas con productos químicos no elaborados, como el queroseno, para
hacer la pasta base; unos cuantos miles trabajan en los laboratorios
clandestinos en los que la pasta se convierte en cocaína refinada. También
existe una considerable cantidad de población ligada al negocio del tráfico y
distribución ocupando distintos puestos: vendedores, personal de apoyo,
guardaespaldas; todos ellos, en actividades consideradas fuera de las leyes,
tienen un sustento asegurado a través del campo de las drogas. Por otro lado,
su número crece día a día. Además, un número mucho mayor de personas obtiene
indirectamente sus medios de vida del efecto multiplicador que se hace sentir
en las economías locales. Pero la figura del “capo”, hoy día tan popularizada
como el principal actor en todo el circuito, es más legendaria que real. En
realidad son muy pocos, y sus fortunas –que, sin dudas, son reales– no son en
verdad todo lo que la maquinaria mediática presenta. Existen, por supuesto, y
disponen de grandes cuotas de poder. Pero hay algo más en todo el “circo”. El
narcotráfico no sólo es negocio de unos cuantos mafiosos. Hay otra agenda ahí,
asunto sobre el que volveremos más adelante.
Otro efecto social de la droga fue la aparición del
“narcoagro”, el cual ha adquirido particular importancia en Colombia. Los
nuevos “barones” de las drogas hacen su conversión en neoterratenientes con
evidentes efectos en la economía agropecuaria y en el sistema de tenencia de la
tierra. En efecto, los estudios acerca del proceso agrario comenzado por los
narcotraficantes coinciden en describirlo como una “contrarreforma agraria”, ya
que, contrariamente a lo buscado por los programas reformistas, ha vuelto a
consolidar una estructura latifundista. Según un estudio de 1990 de Sarmiento y
Morento, a fines de 1988 los narcotraficantes poseían un millón de hectáreas,
es decir un 4,3% de las tierras productivas. La intervención de la economía de
la droga en el negocio de las tierras repercutió en la forma de tenencia de
ésta, ya que aumentó la propiedad (75% en 1960 y 88% en 1988), y se redujo el
arrendamiento (del 9% al 3,2%) y el colonato (del 14% al 5,6%), en igual
período. Con métodos mafiosos, valiéndose de la fuerza bruta, las narcomafias
van obligando a desprenderse de sus tierras a campesinos o a otros finqueros.
El Departamento Nacional de Planeación de Colombia
indica que el narcotráfico compró o se apropió de tierras en el 42% de los
municipios teniendo en su poder más de 4 millones de hectáreas de los 9
millones de hectáreas de tierra cultivable existentes en el país.
Pero además de un enorme negocio, el tráfico de drogas
ilegales tiene otro significado: es utilizado como mecanismo de control de las
sociedades.
4) La sociedad controlada
El negocio de las drogas ilegales, si bien ya existe
desde hace muchas décadas a un nivel más bien marginal, a partir de su gran
explosión en los años 70 del pasado siglo rápidamente se mostró como algo más
que una lucrativa actividad comercial. Desde el inicio fue ya concebido como “algo
más”: nació como un complejo mecanismo de control social. Grandes poderes
decidieron hacerlo entrar en juego.
Como todos los fenómenos masivos que ha ido desatando
el capitalismo, una vez puesto en marcha adquirió dinámicas propias; pero en su
origen –y eso no ha variado sino que, por el contrario, sigue siendo alimentado
a diario en ese sentido– es un dispositivo que permite una supervisión del
colectivo por parte de los poderes. Vigilando, supervisando la sociedad en su
conjunto, se la puede controlar. O más aún: llevar hacia donde esos factores de
poder desean. En nombre del orden público, de la seguridad ciudadana –y se
podrían agregar ahí varias pomposas declaraciones en esa línea: resguardo de la
moralidad, defensa de los más sacrosantos valores: de la familia, de la patria,
del progreso, de la prosperidad, etc., etc.– los poderes fácticos tienen en el
combate contra un verdadero peligro social como son las drogas ilícitas un
justificativo para actuar.
Como dice Charles Bergquist –citado por Noam Chomsky–
en su obra “Violence in Colombia 1990-2000”: “la política antidrogas de Estados
Unidos contribuye de manera efectiva al control de un sustrato social
étnicamente definido y económicamente desposeído dentro de la nación, a la par
que sirve a sus intereses económicos y de seguridad en el exterior”.
Se podría pensar que, como cualquier calamidad de
orden natural, también el flagelo del consumo de estupefacientes es un problema
que deben acometer los Estados. Y tratándose de un problema de orden sanitario,
el enfoque que debería primar es la prevención. Pero vemos que, en forma
siempre creciente, el fenómeno es abordado desde una faceta fundamentalmente
represiva. Es más: de hecho, desde hace ya un par de décadas, ha pasado a ser
un problema policíaco-militar, y para la estrategia global del gobierno de
Estados Unidos, el asunto en su conjunto ha asumido una importancia capital,
una línea maestra de su accionar. O, al menos, eso es lo que se declara
oficialmente.
Las drogas ilícitas juegan el papel de mecanismo de
control social en un doble sentido: a) como distractor cultural, y b) como
coartada para el control militar. Ambas vertientes van de la mano y se
retroalimentan una a otra.
El uso de cualquier sustancia psicoactiva sirve para
desconectarse de la realidad. Esto no es nuevo en la historia de la
civilización humana; en mayor o menor medida, por milenios ha venido
aconteciendo. Como distractor de la realidad, como evasivo, la humanidad ha
buscado apoyos químicos que le ayuden a soportar la crudeza de la vida. Y si
bien el abuso de esas sustancias constituye un problema –las adicciones, como
psicopatología, no son un fenómeno nuevo en la historia– la promoción inducida
de su consumo es algo muy moderno. Más aún: la promoción masiva al consumo que
se desarrolló estas últimas décadas a partir de técnicas mercadológicas, no
depende para nada de los consumidores. Por el contrario, hay ahí una estrategia
en juego donde el consumidor ya no decide nada. El que consume, en realidad,
está inducido a consumir. A partir de ello, son los sectores juveniles, por
razones ligadas a su peculiar psicología justamente, los más fácilmente
“inducibles”, los más manipulables.
Lo nuevo en la historia es la promoción masiva al
consumo de drogas ilícitas. Ello no sucede casualmente; hay un plan que lo
sustenta. La cuestión básica entonces pasa a ser: ¿quién y para qué hace eso?
Es ahí donde se empieza a dibujar la idea de “control social”. Alguien se beneficia
de esto, aunque se vea muy satánica la lógica en que ello se apuntala, muy
monstruosa. Pero, ¿quién dijo que el mundo se maneja con criterios de justicia,
respeto o amor? ¿Quién dijo que no hay actitudes francamente monstruosas en
todo esto? Los factores de poder saben sólo de eso: del ejercicio de un poder
que los torna cada vez más impunes. Por tanto: monstruosos. Y para eso vale
todo.
Desde que el capitalismo cambió la faz del planeta al
globalizarse el comercio hace ya varios siglos, y con las tecnologías cada vez
más poderosas que fueron desarrollándose en consonancia, las sociedades
masificadas que surgieron con ese nuevo modelo económico debieron ser manejadas
con nuevas herramientas. La iglesia católica que dominó durante todo el
medioevo europeo ya no alcanzaba para estos fines. Las sociedades masificadas a
que dio lugar el capitalismo, tanto en las metrópolis como en las colonias del
Sur, sociedades que fueron urbanizándose con enormes concentraciones de
población, implicaron una nueva arquitectura social para los poderes
dominantes. En esa perspectiva surgen los medios de comunicación masivos, quizá
la mejor arma para controlar a los grandes colectivos, más que los ejércitos.
Más tarde surge también el negocio de las drogas
ilegales como política de acción enfocada a sectores específicos, quizá no tan
numerosos como los destinatarios de los monumentales medios de comunicación,
pero posibles de neutralizar a mucha gente. ¿Qué entender aquí por
“neutralizar”? Sencillamente: sacar de circulación. Las drogas, cualquiera sea,
sacan de circulación, desconectan de la realidad. A veces, por un rato, por un
período relativamente corto. Cuando ya se crea una dependencia de los tóxicos,
la desconexión es crónica. Es ese, justamente, el efecto buscado: un porcentaje
determinado de población –jóvenes en su gran mayoría– “sale de circulación”,
queda atontado.
Tal como lo pensaron las usinas ideológicas del
imperio, dentro de su mismo país el usuario tipo de esta arma de dominación son
los sectores marginales, los habitantes de barrios pobres, en general negros,
los grupos que pueden ser disfuncionales al sistema. Con las drogas –más todo
otro arsenal que nunca se abandona, desde medios de comunicación a policía,
etc., etc. – se logra incidir en ese control social. Así surgió como política
para el interior de Estados Unidos, siendo los barrios urbanos marginales,
negros y latinos fundamentalmente; y así se difundió luego por otros países:
los sectores más rebeldes – “rebeldes” en términos de incorporación al statu
quo, más “peligrosos”– fueron los consumidores elegidos. De ahí que los jóvenes
constituyen el mercado “natural” para esta mercadería.
Todo ello posibilita luego el segundo nivel del
control en juego, quizá el más importante: se pasa a controlar a la sociedad en
su conjunto, se la militariza, se tiene la excusa ideal para que el poder pueda
mostrar los dientes: los narcotraficantes, elevados a la categoría de nuevos
demonios, pasan a ser el enemigo a vencer.
El fenómeno de las drogas ilegales, además de ser sin
lugar a dudas un verdadero problema social y sanitario, es una buena excusa
para azuzar miedos irracionales. Sabido es que, ante el miedo, y más aún: ante
el miedo prolongado, ante el terror, ante una actitud sádica que induce al
miedo y lo refuerza reiteradamente, las respuestas son siempre irracionales.
Una población asustada es mucho más manejable. El poder eso lo sabe, y lo usa.
Con las drogas ilegales se puede ver claramente.
Dominación versus resistencia
Como parte de sus políticas de dominación global, el
imperialismo estadounidense viene aplicando en forma sostenida ese supuesto
combate al negocio de las drogas ilícitas. Desde que arrancó este circuito de
la venta masiva de sustancias ilícitas, existe la imagen – mítica, creada en
buena medida por la manipulación mediática– que son las bandas ilegales de
mafiosos que se encargan del narcotráfico los principales beneficiarios de todo
el negocio. Sin dudas que esas redes delincuenciales se benefician. Pero hay
alguien más que saca partido de la cuestión. Ese “alguien” no es otro que una
estrategia de dominación surgida en los laboratorios del gran poder imperial
del siglo XX: el gobierno de Estados Unidos. En nombre de la lucha contra ese
problema universal, el imperio desarrolló la estrategia de combate contra esas
mafias. El problema, supuestamente, se ataca de raíz. De ahí que se queman
sembradíos en los países productores de la materia prima. Pero si hubiera un
deseo real de contener el problema sanitario en juego, no se hubiera
militarizado el mundo en función de esta lucha. Y, básicamente, se hubiera
hecho descender el nivel de consumo; pero curiosamente, ese nivel nunca baja.
Al contrario, año a año crece.
“Necesitamos una lucha de
verdad contra el narcotráfico, y convoco a las Naciones Unidas, invito al
gobierno de Estados Unidos a hacer un acuerdo, una alianza efectiva de lucha
contra el narcotráfico y que ya no se use como pretexto la guerra a las drogas
para dominarnos, o para humillarnos, o para tratar de sentar bases militares en
nuestro país so pretexto de lucha contra el narcotráfico”, declaró con
vehemencia el presidente boliviano Evo Morales.
Está claro que
si hubiese un verdadero interés por terminar con el enorme problema
socio-sanitario y cultural que representan las sustancias psicoactivas
ilícitas, lo más lógico sería –como en el caso del alcohol etílico, por
ejemplo– permitirlas bajo determinadas normativas manejadas por los Estados. En
otros términos: despenalizarlas. Pero ello no sucede. Es más: no hay nunca una
justificación creíble de por qué deben continuar siendo ilegales.
Voces equilibradas en todas partes del mundo llaman a
la legalización de las drogas hoy prohibidas como única manera de acabar con la
violencia y las penurias que traen de la mano en su comercialización ilegal.
Incluso los sectores acusados de promover el narcotráfico, como por ejemplo el
movimiento armado colombiano, han declarado en forma contundente la necesidad
de controlar ese negocio. Revelador al respecto es el comunicado que uno de los
grupos armados que existe en el país, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia –FARC– produjera en marzo del año 2000, documento casi desconocido por
la prensa del sistema y que nos parece oportuno citar:
“Legalizar el consumo de la droga, única alternativa
seria para eliminar el narcotráfico.
Con el desarrollo a ultranza del capitalismo en su
etapa imperialista, que en esta fase de la globalización hunde en la miseria a
la mayoría de la población mundial, muchos pueblos de importante economía
agraria optan por los cultivos de coca, amapola y marihuana como única
alternativa de sobrevivencia.
Las ganancias de estos campesinos son mínimas. Quienes
verdaderamente se enriquecen son los intermediarios que transforman estos
productos en substancias psicotrópicas y quienes los llevan y realizan en los
mercados de los países desarrollados, en primer lugar el de Estados Unidos de
Norteamérica. Las autoridades encargadas de combatir este proceso son fácil
presa de la corrupción, pues su ética sucumbe ante cualquier soborno mayor de
50 dólares.
Gobiernos, empresarios, deportistas, artistas,
ganaderos y terratenientes, militares, políticos de todos los pelambres y
banqueros se dan licencias morales para aceptar dineros de este negocio que
genera grandes sumas de dólares provenientes de los drogadictos de los países
desarrollados.
El capitalismo ha enfermado la moral del mundo
haciendo crecer permanentemente la demanda de estupefacientes, al mismo tiempo
que las potencias imperiales ilegalizan ese comercio, dada su incapacidad para
producir la materia prima. El ejemplo del mercado de la marihuana en los
Estados Unidos es plena evidencia.
Por ser tan grande la demanda en sus propios
territorios como voluminosa la cantidad de dólares que por este concepto salen
del marco de sus fronteras, erigen el eslabón de producción en su enemigo
estratégico, en grave amenaza para su seguridad nacional. Olvidan sus propios
postulados del libre mercado: la oferta en función de la demanda, descargando
su soberbia contra los campesinos que trabajan simplemente por sobrevivir pues
están condenados por el neoliberalismo a la miseria del subdesarrollo.
El narcotráfico es un fenómeno del capitalismo
globalizado y de los gringos en primer lugar. No es el problema de las FARC.
Nosotros rechazamos el narcotráfico. Pero como el gobierno norteamericano pretexta
su criminal acción contra el pueblo colombiano en la existencia del
narcotráfico lo exhortamos a legalizar el consumo de narcóticos. Así se
suprimen de raíz las altas rentas producidas por la ilegalidad del este
comercio, así se controla el consumo, se atienden clínicamente a los
fármaco-dependientes y liquidan definitivamente este cáncer. A grandes
enfermedades grandes remedios.
Mientras tanto, deben aportar fondos suficientes a la
curación de sus enfermos, a campañas educativas que alejen a la humanidad del
consumo de estos fármacos y a financiar en nuestros países la sustitución de
los cultivos por productos alimenticios que contribuyan al crecimiento sano de
la juventud del mundo y al mejoramiento de sus calidades morales.
Pero que no sigan financiando la guerra a través de
políticas como
EL PLAN COLOMBIA, criminal estrategia que le riega más gasolina a nuestro
conflicto interno. Que no sigan experimentando con la vida de nuestros
compatriotas regando gusanos que matan toda la vegetación y en muchas ocasiones
a las gentes. Que no continúen fumigando porque están matando la naturaleza.
Que no continúen alterando nuestro precario equilibrio ecológico. Que no
coloquen a los campesinos colombianos de carne de cañón de sus sucios propósitos,
porque los gringos están acostumbrados a hacer la guerra bien lejos de sus
fronteras con cualquier pretexto y a hacer experimentos criminales con los
pobladores de nuestros subdesarrollados países.
Si de verdad quieren liquidar el fenómeno del
narcotráfico, deben ser serios. No utilizar la desgracia de nuestro atraso como
elemento electorero en la lucha de demócratas y republicanos en los EE.UU. Y menos,
como vergonzoso pretexto para justificar intromisiones en asuntos internos de
nuestros países.
Los gobernantes de la potencia imperial del norte
deben dejar su doble moral, su hipocresía y su ambición y hacerle una real
contribución a la humanidad. No deben olvidar que el antiguo imperio romano
pereció por su arrogancia e inmoralidad.
Comentarios, críticas y sugerencias: mmcolussi@gmail.com
Continuara...
https://www.gazeta.gt/wp-content/uploads/2018/08/el-narcotrafico-un-arma-del-imperio.pdf.
El narcotráfico: un arma del imperio