5 de enero de 2026

EL NARCOTRAFICO: UN ARMA DEL IMPERIO


Marcelo Colussi

El narcotráfico: un problema social: 

Las drogas son algo tan viejo como la civilización humana. La vida de los seres humanos no es precisamente un paraíso. Más aún, como se ha dicho acertadamente: “el único paraíso es el perdido”. Es por eso que siempre, en todo momento histórico, ha existido la evasión de la realidad como un modo de eludir la crudeza de la vida. Y para ello el consumo de determinadas sustancias (alcohol etílico, alucinógenos, tranquilizantes) ha jugado un papel de gran importancia, tanto a nivel de uso individual como práctica de índole colectiva, ligada en mayor o menor medida a la espiritualidad en sentido amplio.

Hoy, sin embargo, el consumo de estas sustancias –es decir, las que caen bajo la denominación de “drogas ilegales”– ha ido tomando características tan peculiares que lo transforman en un verdadero problema a escala planetaria. Problema con numerosas aristas: de salud pública, cultural, político, social; en definitiva, un asunto que hace a la calidad de vida de toda la población mundial en un sentido amplio. Y tan grande es la magnitud del problema que ello ha desembocado en un asunto de estrategia militar. En otros términos: tiene que ver con el manejo global de todos los habitantes del mundo desde la óptica de los grandes poderes actuantes.

El consumo de sustancias prohibidas se viene incrementando durante todo el siglo XX, pero las últimas tres décadas lo presentan ya con una magnitud alarmante. La cantidad de muertos que produce ese consumo, las discapacidades que trae aparejadas, los circuitos de criminalidad conexos, la pérdida de recursos y el fomento de una cultura no sostenible en términos ni económicos ni sociales, hacen del consumo de drogas un cortocircuito con el que todos, Estado y sociedad civil, desde distintos niveles y con grados de responsabilidad diversos, están implicados.

Que todo esto constituye un problema, se sabe. Ahora bien: si disponemos de todo este conocimiento sobre los diversos factores implicados, tanto de la demanda como de la oferta, ¿por qué no vemos una tendencia a la baja en la problemática? La situación lleva a pensar que hay grandes poderes que no desean que esto termine.

Se puede decir que, pese a que el tema está siempre en la agenda mediática en todas partes y en todo momento, se sabe relativamente muy poco sobre el asunto. Hay una versión oficial, manejada incansablemente por los medios de comunicación social –verdaderos hacedores de la opinión pública– y hay una realidad no dicha.

La imagen oficial presenta el asunto como “flagelo” social manejado por unas cuantas mafias tenebrosas con capacidad de acción internacional. De alguna manera se tiene una versión policial del asunto, mientras que el énfasis de la solución no está puesto en la prevención del consumo y en los aspectos sanitarios de la recuperación de los drogodependientes.

Es importante decir que el campo de las drogas muestra un complejísimo entrecruzamiento de discursos y prácticas sociales de las más variadas; por tanto admite diversos abordajes. Es, sin dudas –en eso: “todos coincidimos”– una herida abierta. La cuestión estriba en cómo y por dónde actuar: ¿prevención, represión? ¿Se debe poner el acento en la oferta o en la demanda?

Si se observa la magnitud descomunal del negocio de las drogas ilícitas, se comienza a tener una dimensión distinta del problema. Todo el circuito de los estupefacientes mueve unos 800 mil millones de dólares anuales –uno de los negocios más redituables de las actividades humanas, casi tanto como el de las armas, más que el del petróleo–. Obviamente eso es más, mucho más que un problema sanitario. Sabemos que esa monumental cifra de dinero se traduce en poder; y por tanto en influencia política, lo que implica niveles de corrupción y se asocia inexorablemente con violencia. Las secuelas físicas y psicológicas del consumo de tóxicos empalidecen así ante las consecuencias de esta faceta mercantil del fenómeno con implicancias sociopolíticas tan profundas.

¿Qué pasaría si se despenalizara el consumo de estas sustancias? El hecho de vetar el acceso legal a las sustancias psicoactivas en vez de promover su rechazo alienta un mayor consumo (irrefutable verdad de la psicología humana: lo prohibido atrae, fascina).

Hoy día mucho se hace en torno al combate del consumo de drogas ilícitas; pero curiosamente el consumo propiamente dicho no baja. ¿No puede esto llevar a pensar, quizá con cierta malicia pero tratando de entender en definitiva el porqué de esta tendencia, que hay “cosas raras” en todo esto? A los factores de poder, ¿realmente les interesa la desaparición de este flagelo? ¿Por qué no se despenaliza entonces el consumo? Esto, sin dudas, traería aparejado el fin de innumerables penurias que se dan en torno a este ámbito: bajaría la criminalidad, la violencia que acompaña a cualquier actividad prohibida; incluso hasta podría bajar el volumen mismo de consumo, al dejar de presentar el atractivo de lo vedado, de la fruta inalcanzable. Pero contrariando las tendencias más racionales, estamos lejos de ver una despenalización. Por el contrario, cada vez más crece el perfil de lo punitivo: el combate al narcotráfico pasó a ser prioridad de las agendas políticas de los Estados. Eso se anota hoy como uno de los grandes problemas de la humanidad; y ahí están a la orden ejércitos completos para intervenir en su contra.

No podemos menos que abrir algunas dudas ante esto. ¿No será que la anterior Guerra Fría se ha trocado ahora en persecución a estos nuevos demonios? Definitivamente el interés de los poderes hegemónicos, liderados por Washington, ha encontrado en este nuevo campo de batalla un terreno fértil para prolongar/readecuar su estrategia de control universal. Como lo ha encontrado también con el llamado “terrorismo”, nueva “plaga bíblica” que ha posibilitado la nueva estrategia imperial de dominación militar unipolar con su iniciativa de guerras preventivas.

El mundo de las drogas ilegales es un fenómeno tan particular que tiene una lógica propia inhallable en otros ámbitos: por un lado se mantiene y perpetúa como negocio del que se benefician muchos; por otro se sostiene de fabulosas fuerzas políticas que no pueden ni quieren prescindir de él en tanto coartada y espacio que facilita el ejercicio del poder. Al mismo tiempo existen dinámicas psicosociales (consumismo, modas, valores de la sociedad competitiva y materialista, la angustia de sociedades basadas en el primado de lo individual sobre lo colectivo) que llevan a enormes cantidades de individuos, jóvenes fundamentalmente, a la búsqueda de identidades y reafirmaciones personales a través del acceso a los tóxicos prohibidos, lo cual se enlaza y articula con los factores anteriores.

Este negocio es, en otros términos, un síntoma de los tiempos actuales: el capitalismo hiperconsumista centrado en la adoración de la máquina y en el fetiche de la mercancía, que ha dejado de lado lo humano en tanto tal, no puede dar otro resultado que un negocio sucio pero tolerado – ¿alentado?– que, bajo cierto control, sigue haciendo mover el aparato de la sociedad. El costo: algunos sujetos quedan en el camino, pero eso no desestabiliza tanto el orden instituido; y ahí están las comunidades de rehabilitación para dar algunas respuestas.

Pero lo peor del caso es que son esos mismos factores de poder que mueven la maquinaria social del capitalismo global los que han puesto en marcha el mecanismo: crearon la oferta, generaron la demanda, y sobre la base de ese circuito tejieron el mito de unas maléficas mafias superpoderosas enfrentadas con la humanidad, causa de las angustias y zozobras de los honestos ciudadanos, motivo por el que está justificado una intervención policíaco-militar a escala planetaria.

El problema es más complejo, por supuesto. Dado el carácter de investigación periodística con el que desarrollamos el presente estudio, nos permitiremos conducirnos entonces con preguntas. Preguntas teórico-conceptuales, para tratar de entender el campo en que estamos parados. Preguntas concretas a diversos agentes relacionados con todo este asunto.

 

Algunas preguntas

¿Quién se favorece con el tráfico de drogas ilegales?

 

Evidentemente, la población no. A la población de a pie, a los ciudadanos comunes y corrientes –la gran mayoría de los habitantes del mundo– el tema o bien le es indiferente, o les perjudica en forma indirecta (mayoritariamente) o directa (un pequeño porcentaje). Se calcula que hasta un 10% de la población mundial en algún momento de su vida ha consumido sustancias psicoactivas prohibidas; de esa cantidad, una buena parte queda fijada en ese consumo en forma crónica, pasando a ser drogodependiente. Ingresar en ese mundo es relativamente fácil; salir, es una odisea (no más de un 10% de toxicómanos logra recuperarse, y siempre en un equilibrio inestable que puede romperse aún después de muchos años de abstinencia). Por otro lado, en forma indirecta, los familiares de los drogodependientes llevan una carga agobiante, pues esta psicopatología envenena de modo fatal la normal convivencia, haciendo que los afectados por el circuito de la droga vayan mucho más allá del consumidor directo. ¿Cómo se convive con un drogadicto? No es fácil, grato ni edificante. La cantidad de muertos que produce este consumo, las discapacidades que trae aparejadas, la conexión directa que guarda con el VIH/SIDA, los circuitos de criminalidad conexos –los consumidores inexorablemente terminan delinquiendo para comprar su tóxico–, la pérdida de recursos y el fomento de una cultura no sostenible en términos ni económicos ni sociales, hacen de este ámbito un verdadero infierno. Obviamente, entonces, para las grandes mayorías no hay beneficios con las drogas.

Pero lo curioso es que, si bien es cierto que el consumo de drogas ilegales produce todo este malestar, hay quien se beneficia. El negocio a que da lugar, ya dijimos, es fabuloso: ronda los 800.000 millones de dólares anuales. De hecho, es el segundo gran negocio de la humanidad, por detrás de las armas y por arriba del petróleo. Curioso: las dos actividades más dinámicas de la sociedad están dedicadas a la muerte. Un freudiano ortodoxo podría satisfacerse constatando lo acertado de la formulación de Freud: alguna fuerza autodestructiva (Thanatos, pulsión de muerte dirá el maestro vienés ya en sus reflexiones de senectud) nos determina, y la búsqueda perpetua de la aniquilación –individual y colectiva– sería su elocuente presencia. Guerra, violencia, autodestrucción: ¿es realmente ese nuestro destino, nuestra esencia?

 

¿Son sólo mafias de narcotraficantes las beneficiadas?

 

Con cierta ingenuidad se podría estar tentado a decir que sí. Y en sentido eminentemente económico, así pareciera en principio. Pero esa masa enorme de dinero que mueve el negocio –que, por cierto, se traduce en poder, mucho poder político, poder social– también llega a otras esferas de acción: ese dinero es “lavado” e ingresa a circuitos socialmente aceptados (según se denunció, puede llegar incluso hasta a obras de beneficencia). No es ninguna novedad que existe toda una economía “limpia” producto de las operaciones de blanqueo de los capitales del narcotráfico. Y son bancos “limpios” y honorables los que proceden a hacer esas operaciones, los mismos que manejan el capital financiero transnacional que hoy controla la economía mundial y a los que el Sur pobre y dependiente adeuda cifras astronómicas en calidad de deuda externa.

Por otro lado, esas enormes sumas de dinero que mueve el negocio de las drogas ilegales se intrometen por todos los circuitos sociales, y no son raras las ocasiones en que terminan financiando a políticos profesionales, con lo que la incidencia del narcotráfico en los circuitos de los poderes formales de Estado no deja de hacerse sentir en todos los países del mundo.

Según datos de la Oficina de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (UNODC, del inglés United Nations Office on Drugs and Crime) el mayor porcentaje de los beneficios obtenidos con el tráfico de estupefacientes en todo el mundo se queda en los países del Norte y no en los productores básicos de esas sustancias. Si bien es muy difícil establecer con precisión, se calcula que a los agricultores que cultivan la materia prima en los países del Sur sólo llega un 1% de los beneficios totales del negocio.

Pero la cuestión va más allá aún. No es tanto el beneficio económico en juego, sino el horizonte sociopolítico en el que se da todo el mundo del consumo de drogas prohibidas. ¿Quién más se beneficia de ello? El problema del consumo de drogas ilegales es un verdadero problema de salud pública, tanto como el VIH/SIDA, o más aún (200 muertos diarios a nivel global por sobredosis, sin contar con todos los estragos monumentales que deja su uso y abuso). De todos modos, con todas las tecnologías en salud que nos posibilita el mundo actual, el consumo de estupefacientes no baja. Por el contrario, día a día se acrecienta. Y no puede decirse que no se hagan esfuerzos en su contra.

 

¿Están mal planteadas las estrategias contra las drogas prohibidas, o hay intereses en que su consumo no termine?

 

Aunque se reconoce que la toxicomanía es un poderoso factor de inestabilidad mundial, en todo sentido, la magnitud del problema en vez de ir aminorando, por el contrario, crece. El uso y abuso de narcóticos es una de las pocas cosas que está expandida como problema (epidemiológico, por tanto: psicológico, social, político, legal) por todos los estratos sociales, golpeando con similar fuerza a niños de la calle y a multimillonarios, en países pobres y en países ricos, a varones y a mujeres. Todo esto se sabe, se conoce en profundidad, hay claras razones de su por qué; entonces, casi espontáneamente, surge la pregunta: si disponemos de tanto conocimiento sobre estos factores, tanto de la demanda como de la oferta, ¿por qué no vemos una tendencia a la baja en la problemática? Si se pudo aminorar o terminar con otros problemas sanitarios igualmente letales (tuberculosis, hepatitis, mortalidad materno-infantil), ¿por qué no disminuyen las tasas de drogodependencia? ¿Prevención o represión? Pero, ¿a quién reprimir: al consumidor, al productor, al distribuidor? ¿Debe ponerse el acento en la oferta o en la demanda? ¿Será que están mal enfocadas las metodologías para abordar el problema, o hay grandes poderes que no desean que esto termine? Si así fuera, ¿cuáles son esos poderes y de qué manera se benefician?

A Estados Unidos, principal país consumidor del mundo, con los monumentales controles que hoy día presenta, ingresa diariamente una tonelada de drogas proveniente del Sur. ¿Cómo es ello posible?

 

Si se analizan las perspectivas en que se da todo el negocio de las drogas ilícitas, son más los interrogantes que se abren que los que quedan resueltos. Si es cierto que es un problema de salud pública, ¿por qué no se lo aborda como tal? Por lo que se ve, la estrategia fundamental para su combate está puesta –esto es una tendencia creciente– en la militarización del problema. Sofisticados ejércitos completos se preparan cada vez más para intervenir en su contra; esto, por supuesto, abre dudas. ¿Por qué no son ejércitos de profesionales de la salud los que se movilizan? ¿Por qué no se pone todo el esfuerzo en la atención primaria? ¿O por qué los medios masivos de comunicación no son parte de las soluciones globales? Como hipótesis podemos plantearnos la pregunta: ¿no será que la anterior Guerra Fría se ha trocado ahora en persecución a estos nuevos demonios del narcotráfico internacional? Definitivamente, el interés de los poderes hegemónicos, liderados por Washington, ha encontrado en este nuevo campo de batalla un campo fértil para prolongar/readecuar su estrategia de control universal. Como lo está encontrando también ahora en el llamado “terrorismo”. ¿Por qué un problema sanitario pasa a ser un problema militar, de seguridad nacional? En nombre de la persecución del narcotráfico se pueden invadir países, montar bases militares o aumentar sideralmente los presupuestos de defensa. Y lo peor es que pese a todo eso, el consumo no baja.

 

 ¿Por qué no se despenaliza el consumo de estas sustancias?

 

Irrefutable verdad de la psicología humana: lo prohibido atrae, fascina. Si los tóxicos actúan como atractivo por su estatus de “fruta prohibida”, de cosa vedada, sería más lógico probar su despenalización como tal. Cuando hubo ley seca, en cualquier parte del mundo, aumentó exponencialmente la búsqueda de alcohol, no importando a qué precio. Si estas verdades elementales de nuestra condición se saben: ¿por qué no se despenaliza entonces el consumo de las drogas hoy prohibidas? Esto, sin dudas, traería aparejado el fin de innumerables penurias que se dan en torno a este ámbito: bajaría la criminalidad así como todos los circuitos de violencia que acompañan a cualquier actividad ilegal; incluso, hasta podría bajar el volumen mismo de consumo, al dejar de presentar el atractivo de lo vedado, de la cosa inalcanzable que embelesa en tanto prohibida. Pero contrariando las tendencias más racionales, estamos lejos de ver una despenalización. Por el contrario, cada vez más crece el perfil de lo punitivo: el combate al narcotráfico pasó a ser prioridad de las agendas políticas de los Estados, pero no de los Ministerios de Salud precisamente. A los factores de poder, ¿realmente les interesa la desaparición de este flagelo? Todo indicaría que, más allá de ampulosas declaraciones y escenificaciones para los medios de comunicación, no.

 

¿Por qué la droga aparece masivamente en algunos lugares en un momento dado? ¿Hay poderes que así lo deciden?

 

En los países socialistas durante el siglo XX había muy poca, casi nula, relación con los estupefacientes. Pero, para decirlo con un ejemplo, desde el desmoronamiento de la Unión Soviética en la década de 1990, la producción y tráfico de amapola y heroína han aumentado vertiginosamente en el Asia Central. Enormes extensiones de tierra anteriormente dedicadas a cultivos legales hoy se ven invadidas por nuevos sembradíos de amapola, como es el caso de Kirguistán, con uno de los porcentajes de tierra puesta al servicio de la producción de drogas ilegales más alto del mundo. Por otro lado los estados centroasiáticos, anteriormente repúblicas socialistas, han pasado a ser importantes vías de tránsito; las mafias de narcotraficantes de Afganistán y el Asia Central dominan el comercio de opiáceos en Europa con cuantiosos envíos de heroína afgana que pasa por territorios anteriormente soviéticos. Los esfuerzos por controlar ese tráfico se ven obstaculizados por la escasez de recursos y equipos, así como por la falta de entrenamiento y coordinación de las fuerzas antinarcóticos regionales. ¿Qué pasó que cambió tan radicalmente la situación allí? ¿Hay poderes interesados en que suceda eso?

Valga como caso arquetípico lo sucedido en Nicaragua. Durante los años de revolución sandinista, pese a las incontables penurias que debió soportar su pueblo, prácticamente no había drogas ilícitas en circulación. Cayó el gobierno sandinista e inmediatamente, como por arte de magia, aparecieron. ¿Casualidad? ¿Por qué aparece la droga en los colectivos más pobres, más marginados? ¿Por qué los sectores más problemáticos de las sociedades –“problemáticos” desde la óptica de los poderes conservadores, por ejemplo: sectores juveniles en general, o población negra dentro de Estados Unidos– están siempre ligados o al consumo o al tráfico de sustancias ilícitas? Es evidente que a los sectores “potencialmente molestos” se los maneja tanto con represión como con sedativos. Estos últimos, además, tienen ventajas comparativas sobre la “mano dura”: no son violatorios de ningún derecho humano, y por el contrario, el combate contra el narcotráfico es moralmente presentable.

Hay drogas para ricos y drogas para pobres, y el hecho de que cada vez crezca más su presencia en las sociedades modernas habla de fuerzas que están operando. ¿O las poblaciones están cada vez más enfermas? Si fue posible barrer las guerrillas marxistas en Latinoamérica, ¿no es posible –pensándolo en términos militares– erradicar las mafias del narcotráfico? ¿Cómo es posible que continuamente se denuncie la participación de estructuras del gobierno de Estados Unidos en “negocios sucios” con el narcotráfico? (caso Iráncontras, establecimientos para procesar opio en Afganistán y Pakistán, etc.) Todo indicaría que no es tanto el negocio económico en juego, sino los factores de control social que todo esto conlleva.

El mundo de las drogas es un fenómeno tan especial que tiene una lógica propia: por un lado se auto mantiene y se auto perpetúa como negocio; por otro es sostenido por fabulosas fuerzas económico-políticas que no pueden ni quieren prescindir de él, en tanto coartada y ámbito que facilita el ejercicio del poder. Al mismo tiempo existen dinámicas psicosociales (cultura del consumismo banal, modas, valores de la sociedad competitiva y materialista, angustia individual que se expresa a través de la compulsión al consumo y las adicciones) que llevan a enormes cantidades de personas, jóvenes fundamentalmente, a la búsqueda de identidades y reafirmaciones personales a través del acceso a los tóxicos prohibidos, lo cual se enlaza y articula con los factores anteriores. Es, en otros términos, síntoma de los tiempos: el capitalismo híper consumista centrado en la máquina y en el fetiche de la mercancía, que ha dejado de lado lo humano en tanto tal, no puede dar otro resultado que un negocio sucio pero tolerado (¿alentado?) que, bajo cierto control, sigue haciendo mover el aparato de la sociedad. El costo: algunos sujetos quedan en el camino, pero eso no desestabiliza tanto el orden instituido; y ahí están las comunidades de rehabilitación para dar algunas respuestas. El poder siempre necesita algunos fantasmas con que asustar (narcotráfico, terrorismo); de su correcta manipulación depende su continuidad.

Ante esta perspectiva las posibilidades reales de cambiar la situación no se ven fáciles: como sociedad civil que padece todo esto, y al mismo tiempo, dada nuestra existencial angustia que nos puede llevar a consumir drogas, no podemos plantearnos como objetivo sino el luchar por la despenalización de ese consumo (quizá siempre, inexorablemente, los humanos apelaremos a paliativos para paliar la ansiedad; pero otra cosa es el consumo masivo como nueva mercadería que se ha impuesto con el capitalismo, al igual que tantos productos prescindibles pero establecidos gracias a las técnicas de mercadeo). Si se legaliza, a muchos se les terminará el negocio (no sólo a las bandas de narcotraficantes, por cierto: bancos lavadores, fabricantes de armas, partidos políticos que reciben recursos de dudosa procedencia, incluso, honestos civiles que son empleados legales de toda esta economía), pero no hay otra alternativa para solucionar un problema que hoy ya es flagelo, y sigue creciendo. Definitivamente quemar sembradíos en el Sur no está solucionando nada. Eso sólo sirve para una estrategia de militarización del globo terráqueo que no es precisamente lo que más necesitan los habitantes de la aldea global.

 

El narcotráfico como estrategia política

 

1)     ¡Mucho dinero!

 

El negocio del narcotráfico tiene tal dimensión, mueve tal cantidad de miles de millones de dólares, involucra a tal cantidad de Estados, está infiltrado de tal manera en las altas esferas de poder de naciones ricas y pobres, abarca un mercado mundial de tal magnitud y finalmente, envenena a tal cantidad de seres humanos, que desafía el corazón mismo del sistema de una manera contundente, poniendo en tela de juicio los valores de la sociedad capitalista reflejando los elementos más hondos de una crisis estructural sin salida dentro de los actuales modelos.

Las drogas ilegales, como cualquier producto puesto a la venta, están concebidas para ser comercializadas. Son mercancías, así de simple, una mercancía más como tantas. Tanto la amapola como la coca son plantas con propiedades psicoactivas conocidas desde la antigüedad. Pero la producción de sustancias artificiales derivadas de ellas, como la heroína o la cocaína respectivamente, con características de “drogas”, son actividades mucho más recientes en la historia, ligadas al mundo de la industria moderna y a sociedades de alto consumo. Cuando ello comienza a suceder (no más de un siglo) entramos al campo de las drogas modernas y a todos los circuitos conexos: las drogas se producen como una mercadería más, se comercializan, se promueven. Hay, por tanto, toda una cultura en torno a ellas que se va generando deliberadamente, hay grandes fortunas que comienzan a amasarse, se genera poder político.

Con el surgimiento de los carteles colombianos de la droga hacia 1970 la hoja de coca se disparó exponencialmente como una materia prima para una producción industrial masiva, particularmente en Perú y Bolivia donde la calidad del producto era mejor que la de Colombia. Para satisfacer la demanda exterior –demanda artificialmente creada, como sucede con innumerables productos dentro de la economía capitalista– los carteles expandieron las áreas de cultivo hacia donde la coca no era un cultivo tradicional. En Colombia muchos campesinos pobres expulsados de sus tierras o sin tierra o sin trabajo migraron hacia los territorios bajos al oriente de los Andes donde se dedicaron a cultivar este producto. Hoy, significativamente, Colombia es el principal productor de cocaína del mundo, siendo que su materia prima, la hoja de coca, no es un cultivo tradicional del lugar.

La decisión del gobierno estadounidense de controlar estos productos tomada a principios del siglo XX, presionado por sectores puritanos y con fuerte poder económico, precipitó la andanada de leyes, reglamentos, persecuciones y prohibiciones iniciados por casi todos los países del mundo y que persisten hoy día, como una muestra más de la hegemonía global de Washington. Lo curioso es que simultáneamente se protege y fomenta el consumo de otras drogas –tabaco, alcohol etílico, diversos tipos de psicofármacos (las benzodiacepinas o tranquilizantes menores son los segundos medicamentos más vendidos en el mundo–), las que dejan grandes beneficios empresariales a multinacionales tabaqueras, alcoholeras y farmacéuticas, a la vez que buenos impuestos a los gobiernos. Debe señalarse también que Estados Unidos es el primer productor mundial de marihuana. ¿Cómo es posible que ahí sea legal su cultivo –habiendo multiplicado por cinco las cosechas anuales con los métodos hidropónicos en los últimos años– y reprimido militarmente fuera de sus fronteras? ¿Qué agenda oculta hay allí?

“La crisis familiar lleva a las drogas”, suele decirse para explicar la complejidad del fenómeno en juego, y con ello se lava la responsabilidad social que hay en la dinámica entablada dejando intocados a gobiernos y al gran capital. Pero queda la pregunta: ¿quién es el responsable de esa “crisis familiar” entonces? Muy lejos de un problema de orden “doméstico”, las drogas y el narcotráfico constituyen uno de los pilares que sostiene al capitalismo en su fase actual. La pujanza de este mercado es tal que “los habitantes de la Tierra gastan más dinero en drogas ilegales que alimentación, vestimenta, educación, salud o en cualquier otro servicio, dato que sirve para poner de relieve cómo la industria del narcotráfico es actualmente una de las de mayor crecimiento en el mundo” (Suplemento del diario “La Nación”, Argentina, dedicado a la cuestión de las drogas, 18/11/98).

Cifras aportadas por el Fondo Monetario Internacional afirman que el lavado de dinero proveniente de la droga alcanza en la actualidad los 800.000 millones de dólares anuales, lo que es equivalente al 2% del producto bruto mundial, o al 13% del comercio internacional, “o siete veces más que los aportes realizados por los países que destinan recursos para el desarrollo y la asistencia de las naciones llamadas emergentes” (ídem).

La hipocresía en juego en todo este negocio presenta al narcotráfico como un flagelo para elevar el precio de la mercancía, que por la acción de la represión volcada esencialmente sobre los consumidores hace que la misma se encarezca. Lo sugestivo es que, más allá de tantas pomposas declaraciones de lucha frontal contra el problema, el consumo real no baja sino que, en todo el mundo, se acrecienta día a día.

La importancia de esta actividad comercial ha especializado a sus ejecutivos que, según declaraciones del mismo Departamento de Estado de Estados Unidos, poco difieren “de los gerentes financieros corporativos. Son especialistas en finanzas, abogados, contadores y empresarios”. No sólo difieren poco; antes bien, se entrelazan constantemente. Las utilidades, mayoritariamente, alimentan la economía mundial, porque –según apreciaciones de esa dependencia gubernamental estadounidense– “cerca de un tercio del dinero ilícito se coloca en el sistema financiero, otro tercio en negocios diversos y sólo el restante en nuevas actividades ilegales”. Ese es el motivo por el cual los especialistas consideran que, aunque muchas veces se ha afirmado que el lavado de dinero amenaza al sistema financiero mundial, la realidad es que le resulta de gran utilidad.

El discurso dominante –que impone sus criterios de manera cada vez más global apelando a los medios de comunicación de impacto mundial– dice horrorizarse ante el fenómeno del narcotráfico presentando el problema como la personificación misma de la maldad. El argentino Julio Saguier, no sin razón, dice que “el narcotráfico no respeta ninguna ley. Sólo acata la ley de la oferta y la demanda”. ¿Pero no es ésta la ley suprema del régimen social que la misma derecha defiende? Ratificando que ese mecanismo económico es el que rige toda la actividad mercantil de las drogas ilícitas, para mejor transferir los fondos el capitalismo mundial ha engendrado, de un lado a otro del mundo y sin complicaciones, paraísos fiscales, que conceden grandes ventajas impositivas e imponen un estricto secreto bancario y financiero. En completa consonancia con ese mecanismo de la demanda, en este caso del narcotráfico, menos de una cuarta parte de los centros financieros del mundo han adoptado legislaciones de prevención. La globalización, la desregulación bancaria y los acuerdos de libre comercio ofrecen herramientas hechas a la medida de las narcomafias, algunas de las cuales poseen la organización y el alcance de las grandes empresas multinacionales “legales”.

Los consumidores de drogas ilícitas son muchos menos que los fumadores o los bebedores de alcohol etílico. En la actualidad en todo el mundo cerca de 2.600 millones de personas consumen alcohol etílico –la sustancia psicoactiva más popular– ya sea en forma ocasional, habitual, abusiva o adictiva. Y el tabaco, si bien empieza a ser seriamente cuestionado por sus efectos perniciosos, continúa siendo socialmente aceptado. Con las drogas ilícitas no sucede lo mismo; pesa sobre ellas el estigma de la satanización. Sin embargo, su número está creciendo, alcanzando en la actualidad entre el 3 y 4% de la población mundial. Según datos confiables, en los países del Norte con alto poder adquisitivo prácticamente toda la población juvenil en algún momento de su vida tiene un contacto con alguna droga ilegal, lo cual no la torna consumidora. Es decir que hay ahí un mercado enorme. La marihuana es la sustancia psicotrópica más requerida, al tiempo que los estimulantes sintéticos están ganando más popularidad, en particular entre la juventud urbana. La Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito calcula que en todo el planeta hay más de 200 millones de consumidores frecuentes de marihuana, cocaína, heroína y drogas sintéticas como el éxtasis. De esa cantidad total de consumidores, de entre 15 y 64 años de edad, 110 millones consumen drogas una vez al mes y unos 22 millones de forma diaria; el resto probó alguna droga al menos una vez al año. La mayoría de los consumidores se encuentra en el Norte, en las sociedades más prósperas de Estados Unidos y de Europa occidental, aunque también se registra un incremento en los países de Asia y América Latina, en los países productores y de paso de la droga. No hay ninguna duda que se trata de una catástrofe sanitaria silenciosa. Las adicciones son trastornos psicológicos, de ello no caben dudas. De hecho en la “Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas relacionados con la Salud” de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en su décima revisión del 2003 aparece la “drogodependencia” como un afección con entidad propia. Pero pese a saberse perfectamente acerca de su etiopatogenia y a la declamada persecución de la producción de las sustancias psicoactivas, el número de “enfermos” no baja. ¿Será pura coincidencia? No lo creemos.

Dado que todas estas drogas ilegales se manejan como mercancías puestas en un mercado, las leyes que regulan su dinámica no difieren de la de cualquier otro producto en la esfera capitalista. Si hay escasez, sea de hoja de coca o de amapola, el precio de la droga sube. Si hay exceso de oferta, el precio baja.

 

2) Una transnacional muy poderosa

 

Como cualquier corporación multinacional, los carteles internacionales de la droga tienen departamentos de mercadeo o unidades estratégicas que se ocupan de la planificación. Una de las “pruebas de mercadeo” más escalofriantes se llevó a cabo en Puerto Rico para la década del 90 del pasado siglo. Los carteles colombianos, que buscaban penetrar el lucrativo mercado estadounidense de la heroína, desarrollaron en suelo propio un producto de alta calidad. La idea era competir con las redes de tailandeses y birmanos que controlaban la venta de heroína en el mercado estadounidense, el mayor del mundo. Para tal fin llevaron a cabo en Puerto Rico un programa piloto. Embarcaron grandes cantidades de la droga y comenzaron a vender el producto en la isla. Los encargados de la comercialización en la calle recibieron muestras gratis de heroína para regalar cada vez que concertaran una venta de cocaína. “Muestras gratis para consumidores potenciales” es, sin dudas, lo último en estrategias de mercadeo. Muy pronto muchas personas que sólo consumían cocaína comenzaron a comprar y consumir heroína. El plan tuvo éxito y se extendió por todo Estados Unidos. Como consecuencia, Puerto Rico enfrenta hoy en día el grave problema que representa una enorme cantidad de adictos a la heroína Por su parte, los narcos colombianos se han hecho de una considerable porción del mercado de la heroína en territorio estadounidense.

El proceso impulsado por el aumento generalizado del consumo y la revalorización del producto desde su origen (la hoja de coca en las montañas de Latinoamérica o la bellota de la amapola en Afganistán o en Myanmar) hasta su recepción por el consumidor final (fundamentalmente ciudadanos de los países ricos del Norte) en ocasiones hace que su valor se multiplique hasta por 100.000. Aunque también hay drogas baratas, drogas para pobres. Esos casos –el bazuco y el crack por ejemplo– deben su bajo precio a sus peligrosos niveles de impureza, lo cual ocasiona daños irreparables al organismo humano es mucho en mayor medida que sus parientes cercanos, en este caso: la cocaína. Y hasta existe un sector de drogas ilegales en un sentido amplio que utilizan los sectores más excluidos, los grupos más marginados de todos: los niños y niñas de la calle, de los que en Latinoamérica se cuentan por miles. Nos referimos a los inhalantes, sustancias volátiles que contienen diversos agentes químicos tales como solventes industriales o distintas pegamentos con propiedades psicoactivas. También para eso existen redes que trafican los productos. ¿Por qué se repite siempre la existencia de estas redes mafiosas de distribución?

El fenómeno del consumo generalizado de las sustancias prohibidas y su correspondiente tráfico comenzó a ser contemplado con preocupación tras la Segunda Guerra Mundial. Ello motivó que en la entonces recién nacida Organización de las Naciones Unidas se iniciara el estudio de las medidas de índole legislativa, política y policial que podían ser adoptadas. Pero las tendencias al hiper consumo definitivamente se fijan para los 70 , terminándose de agudizar tras la caída del bloque soviético y el final de la Guerra Fría, preludio de una libertad económica que influyó decisivamente en la mundialización de la producción, distribución y consumo de drogas ilegales. En este momento, ya entrado el siglo XXI, la droga está presente en todos los continentes y áreas geográficas del planeta.

El consumo crece, y no sólo en los países con alto poder adquisitivo; ahí, sin dudas, está el grueso de la demanda. Pero las técnicas de mercadeo utilizadas para comercializar estos productos buscan “nichos de mercado” por donde sea. También los países del Sur, incluso los productores y los territorios de paso, pueden ser buenos clientes. Un estudio de la Universidad de los Andes de Santafé de Bogotá realizado en el año 1987 demostró que si más del 55% de la población bebía alcohol y un 30% fumaba, no había más que un 1,08% que fumara marihuana, un 0,64% que consumiera bazuco y apenas un 0,25 % que aspirara cocaína en ese entonces, mientras que hoy, dos décadas después, también la sociedad colombiana puede ser consumidora. El despegue experimentado en los últimos años por el consumo de narcóticos en el interior de un gran número de los países productores o de tránsito indica que las estrategias en juego son más que vender drogas en el Norte.

El auge del consumo de sustancias psicoactivas iniciado a partir de los últimos años de los 70 del siglo pasado trajo como consecuencia, en apenas una década, un incremento de la conflictividad social que se manifestó de múltiples formas: delincuencia asociada, entronización de la cultura de la violencia, propagación del VIH/SIDA, carencias asistenciales o propagación de la droga en las cárceles, etc. Para hacer frente a ese problema surgieron multitud de iniciativas ciudadanas desde los más diversos ámbitos geográficos y de actividad (asociaciones vecinales, grupos profesionales, organizaciones culturales, educativas o religiosas, etc.), que fueron configurando una tupida red asociativa que pronto se convirtió en una alternativa a las entidades asistenciales de carácter público.

La dimensión del problema se viene agravando año tras año, habiéndose consolidado los canales de blanqueo de capitales que son utilizados para ocultar sus beneficios por traficantes internacionales y todo un entramado de agentes públicos corruptos (incluidas fuerzas armadas legales de muchos Estados) ligados a estas actividades. Su accionar se ve favorecido por la mundialización de la economía y el vertiginoso desarrollo de las tecnologías de la comunicación, que se traduce en una mayor facilidad para el movimiento internacional de capitales. A ello contribuye también la creciente utilización de dólares en los mercados negros, la tendencia a la desregulación financiera, la consolidación del mercado único europeo y la proliferación de paraísos fiscales exentos de todo tipo de control.

 

3) El botín y sus consecuencias

 

La adicción a las drogas y su tráfico ilícito adquieren proporciones alarmantes dado que están afectando cada vez más a la juventud y a los niños en edad escolar. La situación de indigencia en que viven amplios grupos sociales marginados, tanto en el Sur como incluso en los países capitalistas centrales, a los que la sociedad no brinda acceso regular a bienes ni servicios, constituye la mano de obra barata y más arriesgada de las redes del narcotráfico.

En las áreas rurales donde se produce la materia prima para la obtención de las drogas, pese a que la sustitución de cultivos tradicionales ha dado al campesinado empleo y mejores ingresos, estos beneficios inmediatos le han costado muy caro: el costo de la vida en las zonas cocaleras se ha elevado significativamente y el pago en efectivo ha sustituido a las formas tradicionales de trueque en pequeña escala y de apoyo mutuo que eran fuente de estabilidad y equidad dentro de las comunidades indígenas. Igualmente, la introducción de cultivos más rentables fue dejando de lado o desplazado totalmente los granos básicos. El dinero fácil y rápido que traen estos nuevos sembradíos va implicando la introducción de nuevos hábitos alimentarios, dado que se sustituye la dieta tradicional por la comida comprada fuera del ámbito doméstico, enlatados importados en muchos casos. Esto, en definitiva, atenta contra la seguridad alimentaria de los países en que va ganando terreno la producción de las plantas que sirven de materia prima para las drogas. Por tanto, hecho un balance de los beneficios o perjuicios que traen estos nuevos cultivos, los primeros son mucho menores que los segundos en el largo plazo. La ilusión de riqueza inmediata es sólo eso: ilusión.

En Colombia, por ejemplo, decenas de millares de nuevos colonos han emigrado desde la cordillera hasta los llanos del sur para cultivar la coca, trastornando el equilibrio social anterior. Los productos alimenticios tradicionales como la papa, el maíz y la yuca comenzaron a escasear a medida que la mano de obra era absorbida por los cultivos cocaleros. La economía de autoconsumo fue reemplazada por una mercantilizada, impersonal, muy alejada del espíritu comunitario de las tradiciones campesinas.

De todos modos, los pequeños productores que surten de la materia prima a las redes que elaboran la droga en los laboratorios clandestinos, sea la hoja de coca en los Andes latinoamericanos o la amapola en el Asia Central, no son los “malos de la película”, y mucho menos los beneficiados económicos. Si hay alguna ganancia extra por la disponibilidad inmediata de efectivo –en Afganistán se estima que con la amapola los campesinos pueden ganar hasta seis veces más que con el trigo tradicional– ello no trae aparejado un verdadero mejoramiento sostenible. Las penurias que implica esta economía subterránea son demasiado costosas.

“Queremos que Colombia y el mundo sepan de una vez que nosotros no cultivamos coca por gusto sino porque nos obligan a ello, y no es la guerrilla la que nos obliga, es el propio gobierno: no hay alternativas”, declaraba algún campesino cocalero colombiano, según lo presenta en su muy documentada investigación María Clemencia Ramírez “Entre el Estado y la guerrilla: identidad y ciudadanía en el movimiento de los campesinos cocaleros del Putumayo”.

 

La repercusión social de la droga y de todos los cambios que ha traído aparejados también se hace sentir en la estructura del empleo.

Sin dudas el negocio de las drogas ilegales es un empleador importante en Bolivia, Colombia y Perú. Ocupa directamente entre 600.000 y 1.500.000 personas, según diversas estimaciones. Otras fuentes elevan este número a 1,8 millones, lo cual vendría a representar más de un 4,5% de la población activa, o sea cerca del 3% de la población total de estos tres países. De ellas, unas tres cuartas partes son agricultores y cosechadores de la hoja de coca; casi una cuarta parte son “pisadores” que con los pies descalzos mezclan las hojas con productos químicos no elaborados, como el queroseno, para hacer la pasta base; unos cuantos miles trabajan en los laboratorios clandestinos en los que la pasta se convierte en cocaína refinada. También existe una considerable cantidad de población ligada al negocio del tráfico y distribución ocupando distintos puestos: vendedores, personal de apoyo, guardaespaldas; todos ellos, en actividades consideradas fuera de las leyes, tienen un sustento asegurado a través del campo de las drogas. Por otro lado, su número crece día a día. Además, un número mucho mayor de personas obtiene indirectamente sus medios de vida del efecto multiplicador que se hace sentir en las economías locales. Pero la figura del “capo”, hoy día tan popularizada como el principal actor en todo el circuito, es más legendaria que real. En realidad son muy pocos, y sus fortunas –que, sin dudas, son reales– no son en verdad todo lo que la maquinaria mediática presenta. Existen, por supuesto, y disponen de grandes cuotas de poder. Pero hay algo más en todo el “circo”. El narcotráfico no sólo es negocio de unos cuantos mafiosos. Hay otra agenda ahí, asunto sobre el que volveremos más adelante.

Otro efecto social de la droga fue la aparición del “narcoagro”, el cual ha adquirido particular importancia en Colombia. Los nuevos “barones” de las drogas hacen su conversión en neoterratenientes con evidentes efectos en la economía agropecuaria y en el sistema de tenencia de la tierra. En efecto, los estudios acerca del proceso agrario comenzado por los narcotraficantes coinciden en describirlo como una “contrarreforma agraria”, ya que, contrariamente a lo buscado por los programas reformistas, ha vuelto a consolidar una estructura latifundista. Según un estudio de 1990 de Sarmiento y Morento, a fines de 1988 los narcotraficantes poseían un millón de hectáreas, es decir un 4,3% de las tierras productivas. La intervención de la economía de la droga en el negocio de las tierras repercutió en la forma de tenencia de ésta, ya que aumentó la propiedad (75% en 1960 y 88% en 1988), y se redujo el arrendamiento (del 9% al 3,2%) y el colonato (del 14% al 5,6%), en igual período. Con métodos mafiosos, valiéndose de la fuerza bruta, las narcomafias van obligando a desprenderse de sus tierras a campesinos o a otros finqueros.

El Departamento Nacional de Planeación de Colombia indica que el narcotráfico compró o se apropió de tierras en el 42% de los municipios teniendo en su poder más de 4 millones de hectáreas de los 9 millones de hectáreas de tierra cultivable existentes en el país.

Pero además de un enorme negocio, el tráfico de drogas ilegales tiene otro significado: es utilizado como mecanismo de control de las sociedades.

 

4) La sociedad controlada

 

El negocio de las drogas ilegales, si bien ya existe desde hace muchas décadas a un nivel más bien marginal, a partir de su gran explosión en los años 70 del pasado siglo rápidamente se mostró como algo más que una lucrativa actividad comercial. Desde el inicio fue ya concebido como “algo más”: nació como un complejo mecanismo de control social. Grandes poderes decidieron hacerlo entrar en juego.

Como todos los fenómenos masivos que ha ido desatando el capitalismo, una vez puesto en marcha adquirió dinámicas propias; pero en su origen –y eso no ha variado sino que, por el contrario, sigue siendo alimentado a diario en ese sentido– es un dispositivo que permite una supervisión del colectivo por parte de los poderes. Vigilando, supervisando la sociedad en su conjunto, se la puede controlar. O más aún: llevar hacia donde esos factores de poder desean. En nombre del orden público, de la seguridad ciudadana –y se podrían agregar ahí varias pomposas declaraciones en esa línea: resguardo de la moralidad, defensa de los más sacrosantos valores: de la familia, de la patria, del progreso, de la prosperidad, etc., etc.– los poderes fácticos tienen en el combate contra un verdadero peligro social como son las drogas ilícitas un justificativo para actuar.

Como dice Charles Bergquist –citado por Noam Chomsky– en su obra “Violence in Colombia 1990-2000”: “la política antidrogas de Estados Unidos contribuye de manera efectiva al control de un sustrato social étnicamente definido y económicamente desposeído dentro de la nación, a la par que sirve a sus intereses económicos y de seguridad en el exterior”.

Se podría pensar que, como cualquier calamidad de orden natural, también el flagelo del consumo de estupefacientes es un problema que deben acometer los Estados. Y tratándose de un problema de orden sanitario, el enfoque que debería primar es la prevención. Pero vemos que, en forma siempre creciente, el fenómeno es abordado desde una faceta fundamentalmente represiva. Es más: de hecho, desde hace ya un par de décadas, ha pasado a ser un problema policíaco-militar, y para la estrategia global del gobierno de Estados Unidos, el asunto en su conjunto ha asumido una importancia capital, una línea maestra de su accionar. O, al menos, eso es lo que se declara oficialmente.

Las drogas ilícitas juegan el papel de mecanismo de control social en un doble sentido: a) como distractor cultural, y b) como coartada para el control militar. Ambas vertientes van de la mano y se retroalimentan una a otra.

El uso de cualquier sustancia psicoactiva sirve para desconectarse de la realidad. Esto no es nuevo en la historia de la civilización humana; en mayor o menor medida, por milenios ha venido aconteciendo. Como distractor de la realidad, como evasivo, la humanidad ha buscado apoyos químicos que le ayuden a soportar la crudeza de la vida. Y si bien el abuso de esas sustancias constituye un problema –las adicciones, como psicopatología, no son un fenómeno nuevo en la historia– la promoción inducida de su consumo es algo muy moderno. Más aún: la promoción masiva al consumo que se desarrolló estas últimas décadas a partir de técnicas mercadológicas, no depende para nada de los consumidores. Por el contrario, hay ahí una estrategia en juego donde el consumidor ya no decide nada. El que consume, en realidad, está inducido a consumir. A partir de ello, son los sectores juveniles, por razones ligadas a su peculiar psicología justamente, los más fácilmente “inducibles”, los más manipulables.

Lo nuevo en la historia es la promoción masiva al consumo de drogas ilícitas. Ello no sucede casualmente; hay un plan que lo sustenta. La cuestión básica entonces pasa a ser: ¿quién y para qué hace eso? Es ahí donde se empieza a dibujar la idea de “control social”. Alguien se beneficia de esto, aunque se vea muy satánica la lógica en que ello se apuntala, muy monstruosa. Pero, ¿quién dijo que el mundo se maneja con criterios de justicia, respeto o amor? ¿Quién dijo que no hay actitudes francamente monstruosas en todo esto? Los factores de poder saben sólo de eso: del ejercicio de un poder que los torna cada vez más impunes. Por tanto: monstruosos. Y para eso vale todo.

Desde que el capitalismo cambió la faz del planeta al globalizarse el comercio hace ya varios siglos, y con las tecnologías cada vez más poderosas que fueron desarrollándose en consonancia, las sociedades masificadas que surgieron con ese nuevo modelo económico debieron ser manejadas con nuevas herramientas. La iglesia católica que dominó durante todo el medioevo europeo ya no alcanzaba para estos fines. Las sociedades masificadas a que dio lugar el capitalismo, tanto en las metrópolis como en las colonias del Sur, sociedades que fueron urbanizándose con enormes concentraciones de población, implicaron una nueva arquitectura social para los poderes dominantes. En esa perspectiva surgen los medios de comunicación masivos, quizá la mejor arma para controlar a los grandes colectivos, más que los ejércitos.

Más tarde surge también el negocio de las drogas ilegales como política de acción enfocada a sectores específicos, quizá no tan numerosos como los destinatarios de los monumentales medios de comunicación, pero posibles de neutralizar a mucha gente. ¿Qué entender aquí por “neutralizar”? Sencillamente: sacar de circulación. Las drogas, cualquiera sea, sacan de circulación, desconectan de la realidad. A veces, por un rato, por un período relativamente corto. Cuando ya se crea una dependencia de los tóxicos, la desconexión es crónica. Es ese, justamente, el efecto buscado: un porcentaje determinado de población –jóvenes en su gran mayoría– “sale de circulación”, queda atontado.

Tal como lo pensaron las usinas ideológicas del imperio, dentro de su mismo país el usuario tipo de esta arma de dominación son los sectores marginales, los habitantes de barrios pobres, en general negros, los grupos que pueden ser disfuncionales al sistema. Con las drogas –más todo otro arsenal que nunca se abandona, desde medios de comunicación a policía, etc., etc. – se logra incidir en ese control social. Así surgió como política para el interior de Estados Unidos, siendo los barrios urbanos marginales, negros y latinos fundamentalmente; y así se difundió luego por otros países: los sectores más rebeldes – “rebeldes” en términos de incorporación al statu quo, más “peligrosos”– fueron los consumidores elegidos. De ahí que los jóvenes constituyen el mercado “natural” para esta mercadería.

Todo ello posibilita luego el segundo nivel del control en juego, quizá el más importante: se pasa a controlar a la sociedad en su conjunto, se la militariza, se tiene la excusa ideal para que el poder pueda mostrar los dientes: los narcotraficantes, elevados a la categoría de nuevos demonios, pasan a ser el enemigo a vencer.

El fenómeno de las drogas ilegales, además de ser sin lugar a dudas un verdadero problema social y sanitario, es una buena excusa para azuzar miedos irracionales. Sabido es que, ante el miedo, y más aún: ante el miedo prolongado, ante el terror, ante una actitud sádica que induce al miedo y lo refuerza reiteradamente, las respuestas son siempre irracionales. Una población asustada es mucho más manejable. El poder eso lo sabe, y lo usa. Con las drogas ilegales se puede ver claramente.

 

Dominación versus resistencia

 

Como parte de sus políticas de dominación global, el imperialismo estadounidense viene aplicando en forma sostenida ese supuesto combate al negocio de las drogas ilícitas. Desde que arrancó este circuito de la venta masiva de sustancias ilícitas, existe la imagen – mítica, creada en buena medida por la manipulación mediática– que son las bandas ilegales de mafiosos que se encargan del narcotráfico los principales beneficiarios de todo el negocio. Sin dudas que esas redes delincuenciales se benefician. Pero hay alguien más que saca partido de la cuestión. Ese “alguien” no es otro que una estrategia de dominación surgida en los laboratorios del gran poder imperial del siglo XX: el gobierno de Estados Unidos. En nombre de la lucha contra ese problema universal, el imperio desarrolló la estrategia de combate contra esas mafias. El problema, supuestamente, se ataca de raíz. De ahí que se queman sembradíos en los países productores de la materia prima. Pero si hubiera un deseo real de contener el problema sanitario en juego, no se hubiera militarizado el mundo en función de esta lucha. Y, básicamente, se hubiera hecho descender el nivel de consumo; pero curiosamente, ese nivel nunca baja. Al contrario, año a año crece.

“Necesitamos una lucha de verdad contra el narcotráfico, y convoco a las Naciones Unidas, invito al gobierno de Estados Unidos a hacer un acuerdo, una alianza efectiva de lucha contra el narcotráfico y que ya no se use como pretexto la guerra a las drogas para dominarnos, o para humillarnos, o para tratar de sentar bases militares en nuestro país so pretexto de lucha contra el narcotráfico”, declaró con vehemencia el presidente boliviano Evo Morales.

 Está claro que si hubiese un verdadero interés por terminar con el enorme problema socio-sanitario y cultural que representan las sustancias psicoactivas ilícitas, lo más lógico sería –como en el caso del alcohol etílico, por ejemplo– permitirlas bajo determinadas normativas manejadas por los Estados. En otros términos: despenalizarlas. Pero ello no sucede. Es más: no hay nunca una justificación creíble de por qué deben continuar siendo ilegales.

Voces equilibradas en todas partes del mundo llaman a la legalización de las drogas hoy prohibidas como única manera de acabar con la violencia y las penurias que traen de la mano en su comercialización ilegal. Incluso los sectores acusados de promover el narcotráfico, como por ejemplo el movimiento armado colombiano, han declarado en forma contundente la necesidad de controlar ese negocio. Revelador al respecto es el comunicado que uno de los grupos armados que existe en el país, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia –FARC– produjera en marzo del año 2000, documento casi desconocido por la prensa del sistema y que nos parece oportuno citar:

“Legalizar el consumo de la droga, única alternativa seria para eliminar el narcotráfico.

Con el desarrollo a ultranza del capitalismo en su etapa imperialista, que en esta fase de la globalización hunde en la miseria a la mayoría de la población mundial, muchos pueblos de importante economía agraria optan por los cultivos de coca, amapola y marihuana como única alternativa de sobrevivencia.

Las ganancias de estos campesinos son mínimas. Quienes verdaderamente se enriquecen son los intermediarios que transforman estos productos en substancias psicotrópicas y quienes los llevan y realizan en los mercados de los países desarrollados, en primer lugar el de Estados Unidos de Norteamérica. Las autoridades encargadas de combatir este proceso son fácil presa de la corrupción, pues su ética sucumbe ante cualquier soborno mayor de 50 dólares.

Gobiernos, empresarios, deportistas, artistas, ganaderos y terratenientes, militares, políticos de todos los pelambres y banqueros se dan licencias morales para aceptar dineros de este negocio que genera grandes sumas de dólares provenientes de los drogadictos de los países desarrollados.

El capitalismo ha enfermado la moral del mundo haciendo crecer permanentemente la demanda de estupefacientes, al mismo tiempo que las potencias imperiales ilegalizan ese comercio, dada su incapacidad para producir la materia prima. El ejemplo del mercado de la marihuana en los Estados Unidos es plena evidencia.

Por ser tan grande la demanda en sus propios territorios como voluminosa la cantidad de dólares que por este concepto salen del marco de sus fronteras, erigen el eslabón de producción en su enemigo estratégico, en grave amenaza para su seguridad nacional. Olvidan sus propios postulados del libre mercado: la oferta en función de la demanda, descargando su soberbia contra los campesinos que trabajan simplemente por sobrevivir pues están condenados por el neoliberalismo a la miseria del subdesarrollo.

El narcotráfico es un fenómeno del capitalismo globalizado y de los gringos en primer lugar. No es el problema de las FARC. Nosotros rechazamos el narcotráfico. Pero como el gobierno norteamericano pretexta su criminal acción contra el pueblo colombiano en la existencia del narcotráfico lo exhortamos a legalizar el consumo de narcóticos. Así se suprimen de raíz las altas rentas producidas por la ilegalidad del este comercio, así se controla el consumo, se atienden clínicamente a los fármaco-dependientes y liquidan definitivamente este cáncer. A grandes enfermedades grandes remedios.

Mientras tanto, deben aportar fondos suficientes a la curación de sus enfermos, a campañas educativas que alejen a la humanidad del consumo de estos fármacos y a financiar en nuestros países la sustitución de los cultivos por productos alimenticios que contribuyan al crecimiento sano de la juventud del mundo y al mejoramiento de sus calidades morales.

Pero que no sigan financiando la guerra a través de políticas como EL PLAN COLOMBIA, criminal estrategia que le riega más gasolina a nuestro conflicto interno. Que no sigan experimentando con la vida de nuestros compatriotas regando gusanos que matan toda la vegetación y en muchas ocasiones a las gentes. Que no continúen fumigando porque están matando la naturaleza. Que no continúen alterando nuestro precario equilibrio ecológico. Que no coloquen a los campesinos colombianos de carne de cañón de sus sucios propósitos, porque los gringos están acostumbrados a hacer la guerra bien lejos de sus fronteras con cualquier pretexto y a hacer experimentos criminales con los pobladores de nuestros subdesarrollados países.

Si de verdad quieren liquidar el fenómeno del narcotráfico, deben ser serios. No utilizar la desgracia de nuestro atraso como elemento electorero en la lucha de demócratas y republicanos en los EE.UU. Y menos, como vergonzoso pretexto para justificar intromisiones en asuntos internos de nuestros países.

Los gobernantes de la potencia imperial del norte deben dejar su doble moral, su hipocresía y su ambición y hacerle una real contribución a la humanidad. No deben olvidar que el antiguo imperio romano pereció por su arrogancia e inmoralidad.

Comentarios, críticas y sugerencias: mmcolussi@gmail.com 


Continuara...

https://www.gazeta.gt/wp-content/uploads/2018/08/el-narcotrafico-un-arma-del-imperio.pdf.

El narcotráfico: un arma del imperio

3 de enero de 2026

UN CRIMEN MAS DE ESTADOS UNIDOS


Por Juan Torres López | 03/01/2026 | Venezuela

Fuentes: Ganas de escribir

Según se dice en la web oficial del Congreso de Estados Unidos, hay «cientos de casos» en los que esa potencia «ha empleado fuerzas militares en el extranjero en situaciones de conflicto militar o potencial conflicto para proteger a ciudadanos estadounidenses o promover sus intereses” y eso, sin incluir “acciones encubiertas ni los numerosos casos en los que fuerzas estadounidenses han estado estacionadas en el extranjero desde la Segunda Guerra Mundial como fuerzas de ocupación, o para participar en organizaciones de seguridad mutua, acuerdos de base u operaciones rutinarias de asistencia o entrenamiento militar”. 

En la enciclopedia digital Wikipedia se relacionan 58 golpes de Estado en diferentes países en los que intervino Estados Unidos desde el final de la segunda guerra mundial. 

Otra investigación señala que Estados Unidos llevó a cabo al menos 81 intervenciones conocidas, abiertas y encubiertas, en elecciones extranjeras entre los años1946 y 2000. 

En otra más, se ha comprobado que sólo un 12,5 por ciento de todas las intervenciones militares o electorales que realizó Estados Unidos en otros países en el periodo llamado de Guerra Fría, de 1947 a 1989, buscaron promover una transición democrática en un Estado autoritario. 

El análisis de todas esas intervenciones muestra unos patrones de conducta muy claros por parte de Estados Unidos. 

– Considera que otros gobiernos son una «amenaza» si intentan nacionalizar recursos (petróleo, cobre, tierras, bancos…), regular capital extranjero, redistribuir la renta y riqueza más equitativamente, o no alinearse con Washington. Cuando eso ocurre, y aunque esos gobiernos hayan sido elegidos democráticamente, Estados Unidos ha intervenido con sabotaje económico, presión diplomática, desestabilización interna y, si no bastaba con eso, mediante golpes, guerras o intervenciones encubiertas y desestabilizadoras de cualquier otro tipo hasta acabar con ellos. 

– Como queda dicho, Estados Unidos no ha buscado la democracia y el respeto a los derechos humanos al intervenir en otros países, como prueba que haya apoyado a dictadores como Pinochet (Chile) o Suharto (Indonesia), a los militares argentinos y a otras dictaduras centroamericanas, a las monarquías absolutas del Golfo, o que considere «amigos» a regímenes autoritarios. 

– Las intervenciones de Estados Unidos en países extranjeros siempre concluyen con una mayor apropiación de sus recursos naturales o capitales, y en mayor presencia de sus empresas. El de 1953 en Irán, contra el Gobierno de Mossadegh que había nacionalizado el petróleo, instauró al Sha quien inmediatamente creó un consorcio petrolero con un 80 por ciento de su propiedad en manos de Gran Bretaña y Estados Unidos. Un año más tarde, promovió en Guatemala otro golpe para que United Fruit recuperase tierras y privilegios fiscales. El golpe de Pinochet y la CIA en Chile propició la amplia privatización de sus recursos naturales. El de Argentina hizo lo mismo y multiplicó la deuda, como en otros países, en beneficio de la banca internacional….  Igual sucedió en Honduras, Brasil, Irak, Afganistán, Indonesia y en muchos otros países. 

– Estados Unidos nunca había intervenido mostrando sus verdaderos intereses, sino que recubría su actuación con relatos legitimadores: “lucha contra el comunismo”, “guerra contra las drogas”, “lucha contra el terrorismo», “defensa del orden internacional”, “seguridad”, “valores democráticos” …

– Todas esas intervenciones se han realizado al margen de las leyes internacionales e incluso de las propias estadounidenses, cometiendo crímenes de guerra y torturando y matando de la forma más cruel a cientos de miles de personas. Por eso, Estados Unidos no sólo no se somete a la Corte Penal Internacional, sino que sanciona a sus jueces y fue el único país que, en 1998, se negó a suscribir el tratado que estableció una jurisdicción mundial para juzgar los crímenes de guerra, los de lesa humanidad y genocidio. En su lugar, castiga a los países que se niegan a reconocer la inmunidad de los soldados estadounidenses acusados de crímenes de guerra y ayuda a los que se abstienen de iniciar acciones contra ellos.

Lo que acaba de suceder en Venezuela es una acción criminal más de la administración de Estados Unidos, tanto si se atiende a sus razones como a sus formas. Viola todos los acuerdos internacionales y está justificada con mentiras, puesto que son los propios documentos internos de organismos estadounidenses (como mostré en este artículo de agosto pasado) los que han señalado que Venezuela no es quien produce, ni distribuye la droga que entra en aquel país.

No es verdad que Estados Unidos actúe para combatir a un autócrata, ni para hacer que haya más democracia en Venezuela, ni para combatir el narcotráfico (como ha dicho Trump al mismo tiempo que indultaba al expresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, condenado por ese delito). Estados Unidos sólo busca quedarse con la riqueza de Venezuela, con el petróleo, el oro y otros minerales valiosos y ahora ya no lo ocultan:

– La congresista María Elvira Salazar afirmó en una entrevista en Fox Business que la invasión de Venezuela sería un «festín para las compañías petroleras de Estados Unidos».

– El presidente Trump ha llegado a decir en su red Truth Social que intervendría en Venezuela porque el petróleo que hay en el subsuelo del país sudamericano ha sido robado a Estados Unidos. Daría risa si no fuera por la tragedia que provoca semejante barbaridad.

Sólo hay realmente una novedad tras el ataque criminal de Trump: ya no se disimula, ni se recurre a la retórica. Reconocen que invaden criminalmente a otro país para quedarse con su riqueza.  El poder imperial se ha desnudado y está por ver si eso es una expresión de fortaleza o de declive y colapso.

Estamos viviendo un episodio más de un mundo que ha perdido la cabeza, el norte y el corazón, y que está dominado por psicópatas que sólo buscan lucrarse, dispuestos para ello a sortear cualquier ley, a destruir la democracia y acabar con el disfrute de los derechos humanos en el planeta.

Nada de lo que ha pasado en los últimos años en Venezuela con Nicolás Maduro puede justificar la intervención criminal de Estados Unidos. La violencia y ley del más fuerte pueden servir para solucionar problemas, si acaso, entre animales, pero nunca entre seres humanos. Donald Trump está demostrando que es el Hitler de nuestro tiempo y no va a parar hasta que ponga todo el mundo en llamas para que él mismo y los oligarcas que lo apoyan sigan ganando dinero.

Le están abriendo las puertas a las tinieblas y hay demasiado silencio mientras avanzan sin descanso. O respuestas muy tibias, tan tibias como las de la Unión Europea que producen vómito.

Tengo la sensación de que somos conscientes de ello millones de personas, no por razones de ideología o posición política, sino simplemente porque somos suficientemente inteligentes como para ver lo que se viene encima, además de mínimamente humanas, sensibles y decentes. Como imagino que también les ocurre a ellas, siento frustración, dolor y miedo, además de mucha impotencia, ante lo que está sucediendo. No sé bien qué se puede hacer, pero creo que tenemos el deber moral de expresar de cualquier forma en que podamos  nuestra condena ante lo que se está gestando en el mundo y que queremos paz, diálogo y derechos humanos y no violencia y guerra, sea quien sea el que las promueva.

 

Fuente: https://juantorreslopez.com/un-crimen-mas-de-estados-unidos/

31 de diciembre de 2025

LA BATALLA DE OCOSINGO. CRÓNICA DE UNA REBELIÓN


1994 comienza con una crisis nacional. Tras entrar en vigor un tratado comercial que beneficiará a los países de América del norte. Un grupo insurreccionista toma las principales cabeceras del estado de Chiapas, desatando un conflicto de escalas bélicas.

30 de diciembre de 2025

IGNACIO MORGADO, NEUROCIENTÍFICO: «CUANDO DORMIMOS, EL CEREBRO HACE UN TRABAJO CREATIVO»


Laura Inés Miyara

LA VOZ DE LA SALUD

SALUD MENTAL 

El experto explica que la consciencia es la condición que le aporta a nuestro cerebro una flexibilidad para actuar en situaciones imprevistas que ningún otro animal o máquina posee

28 dic 2025. 

Si tuviéramos que explicarle a un ser de otro planeta cómo sabemos que estamos conscientes, probablemente, acabaríamos por utilizar aquella antigua máxima aplicada originalmente a la pornografía: no la podríamos definir, pero la identificamos fácilmente cuando estamos ante ella. Pero si bien delimitar los bordes de la consciencia puede ser más difícil de lo que parece a priori, los neurocientíficos llevan décadas estudiando justamente eso. Ignacio Morgado, catedrático emérito de Psicobiología en el Instituto de Neurociencias y en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona, es uno de los expertos más prestigiosos en esta área. En su nuevo libro, El espejo de la imaginación, editado este año por Ariel, nos propone reflexionar acerca de la mente y sus procesos que, consciente e inconscientemente, configuran nuestro mundo. 

—¿Qué es, en términos científicos, la mente? 

—La mente es un conjunto de procesos cerebrales como percibir, sentir, aprender, recordar, olvidar, dormir o emocionarnos. Todos estos pueden darse de forma inconsciente. Por ejemplo, cuando conducimos un coche lo podemos hacer de manera automática, es decir, inconsciente, o de manera consciente. Cuando explicamos nuestras experiencias personales, nuestros conocimientos, las cosas que nos han pasado, lo estamos haciendo de manera consciente. 

—¿Y qué es la consciencia?

—Su naturaleza íntima no la conocemos. Podemos decir que es un estado de la mente que desaparece cuando nos anestesian en un quirófano o, de manera cotidiana, cuando dormimos sin soñar. Pero puede que nunca lleguemos a saber cómo el cerebro produce la consciencia. Digo esto sin que sea demasiado importante el que no lo lleguemos a saber.

—¿Por qué?

—Porque lo que nos podría interesar es despertarle la consciencia a alguien que ha tenido un accidente y está inconsciente en el hospital. Aunque no conozcamos su naturaleza íntima, a lo mejor podremos activar, con medicación o con otro tratamiento, las partes del cerebro que hacen posible la conciencia para que esa persona pueda recuperarla.

—¿En qué parte del cerebro está alojada la consciencia?

—Yo no hablaría de que la consciencia está alojada. Cuando una rueda se mueve, tú no dirías que el movimiento está en la rueda o en una parte de ella, porque el movimiento es algo que la rueda hace, no que está en ella. Lo mismo ocurre con la mente: no está en el cerebro, es algo que este hace. Ahora bien, la parte del cerebro que hace posible la consciencia, según las mejores teorías que tenemos, parece indicar que radica sobre todo en las zonas posteriores: los lóbulos parietal, occipital y temporal. Curiosamente, la parte anterior del cerebro, la prefrontal, que es la parte más desarrollada, no parece intervenir en la conciencia. Un individuo que ha tenido un accidente y tiene lesionada esa parte puede seguir siendo consciente.

Emiliano Bruner es investigador del CSIC.

Emiliano Bruner, investigador en enfermedades neurológicas: «Nuestro cerebro es un motor Ferrari dentro de un Seat»

—¿Cómo se crean los pensamientos en el cerebro? 

—El cerebro humano tiene unas 86.000 millones de neuronas interconectadas de forma muy compleja. Cada neurona puede conectarse con más de 6.000 otras en algunos casos. Este complejo entramado es lo que nos permite pensar y razonar. Los pensamientos son una actividad consciente del cerebro, es decir, requieren consciencia. No hay pensamiento inconsciente. No está entre las tareas inconscientes que el cerebro realiza, que son muchísimas, desde la memoria y el aprendizaje hasta dormir. Los pensamientos son una actividad del cerebro dirigida por la parte anterior, llamada corteza prefrontal, que es una región del órgano que solo tenemos desarrollado hasta este punto los humanos. Es el director de la orquesta, por así decirlo. Esta parte del cerebro busca en otros lugares donde están almacenados los recuerdos para combinarlos, procesarlos y hacernos razonar sobre ellos.

—¿Qué ocurre en nuestro cerebro durante el sueño?

—El sueño es un proceso extraordinariamente complejo de nuestro cerebro en el que ocurren muchísimas cosas. El cerebro no descansa nunca, las neuronas nunca se paran. Incluso es mentira eso que se dice a veces de que solo usamos un 10 % de nuestro cerebro. Todo el cerebro, con mayor o menor intensidad cada parte, está trabajando continuamente. Y lo hace también mientras dormimos. En el sueño se está realizando un trabajo no solo de consolidación de los recuerdos y de la información que hemos aprendido durante el día, sino también un trabajo creativo. Se están organizando muchas relaciones entre las cosas que hemos aprendido, de tal manera que cuando despertamos nos podemos encontrar con que en nuestra mente consciente aparece la solución a algunos problemas que andábamos buscando durante el día y no éramos capaces de solucionarlos.

—¿El inconsciente es la parte desinhibida de nuestro ser que describen las teorías de Freud y Lacan?

—No. La mayor parte del trabajo que realiza nuestro cerebro lo hace de manera automática e inconsciente, pero este inconsciente no es algo que esté dentro de nuestro cerebro y que tome decisiones o genere pensamientos al margen de nosotros, de manera independiente. No es una parte de nuestro cerebro que nos manipula. En absoluto. Lo que ocurre es que el inconsciente y la creatividad siempre se basan en elementos que conscientemente hemos aprendido o adquirido de manera consciente.

—¿Cómo funciona la memoria?

—El cerebro no retiene en los sistemas de memoria todo lo que aprendemos durante el día, porque si así fuera, nuestra mente se llenaría enseguida de información irrelevante. Solamente retiene aquella información que tiene para nosotros especial sentido, particularmente aquella que nos ha emocionado, tanto positiva como negativamente. Es decir, no solo recordamos mejor un beso o el nacimiento del primer hijo, sino también el día que tuvimos un accidente o el día que nos pasó algo terrible. Porque el cerebro está preparado precisamente para no volver a tropezar con la misma piedra, para perseguir lo que nos ha gustado y huir de aquello que nos ha creado problemas.

—¿Qué rol tiene el resto del cuerpo, más allá del cerebro, en la consciencia?

—El resto del cuerpo almacena muchísima información de manera inconsciente. Solo se hace consciente gracias a procesos cerebrales. Nosotros podemos coger un vaso con la mano y sentimos la mano que toca el vaso, pero es en el cerebro donde se está produciendo la conciencia de tocar el vaso. La prueba de ello es que una persona que ha perdido una mano puede seguir sintiéndola, tocar cosas después de haberla perdido y sentir incluso dolor o tacto en esa mano. Porque las neuronas que captaban la información de esa mano siguen funcionando, creando esa sensación de que todavía existe esa extremidad.

—¿Qué ventajas evolutivas nos da el tener una consciencia?

—Nos sirve para relacionarnos con el mundo de manera más perfecta que si lo hiciéramos de modo inconsciente. Un coche automático inconsciente podría tener menos accidentes y menos problemas que el conductor consciente. Pero lo que la conciencia le da al cerebro humano, a diferencia de una máquina, es flexibilidad. Una máquina puede tener previstas diez millones de circunstancias para reaccionar a ellas, pero la número diez millones y uno, no. La consciencia le permite al cerebro una flexibilidad de actuación, de evitar errores, que ni la más sofisticada de las máquinas o animales puede tener.

—¿Se puede llegar a crear una consciencia artificial?

—Hoy por hoy no hemos sido capaces de crear ningún programa que tú le puedas aplicar a una máquina para que sea consciente. La conciencia no puede ser computada, nuestra teoría es que es una propiedad intrínseca del sistema. Viene de serie de un órgano extraordinariamente complejo como el cerebro humano. Un sistema con ese grado de complejidad automáticamente es consciente. La conciencia surge de la complejidad del sistema, no de la aplicación de un programa. Si fuéramos capaces de fabricar un sistema tan complejo como el cerebro humano, un sistema artificial tan complejo como el cerebro humano, la consciencia brotaría de ese sistema de la misma forma que lo hace de nuestro cerebro.

Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.


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