La propia Congregación de los
Legionarios de Cristo reconoce hoy que Maciel abusó de al menos 60 menores
desde la década de 1940, además de admitir que existieron abusos de poder y de
conciencia. También reconoce que durante años las denuncias no fueron atendidas
adecuadamente y que hubo silencio institucional.
El Vaticano investigó las acusaciones.
En 2006, anunció que Maciel debía abandonar el ministerio público y llevar una
vida reservada de oración y penitencia. No hubo un proceso canónico porque,
según el comunicado del Vaticano, consideraron su avanzada edad y su
deteriorada salud.
PERO EL ESCÁNDALO NO TERMINÓ CON
MACIEL
El informe de los propios Legionarios
publicado en 2019 reconoció 175 víctimas menores de edad y 33 sacerdotes
involucrados en abusos sexuales entre 1941 y 2019.
Y aquí aparece una de las preguntas más
incómodas para la Iglesia: ¿cómo pudo un hombre acusado durante años conservar
su autoridad, construir una poderosa congregación y mantener una imagen pública
de sacerdote ejemplar mientras las denuncias permanecían sin una respuesta
adecuada?
Maciel murió en 2008. La institución,
en cambio, tuvo que enfrentarse a algo mucho más difícil que la muerte de su
fundador: la caída del mito.
La historia de los Legionarios de
Cristo no demuestra que todos sus miembros sean responsables de los crímenes de
Maciel. Pero sí plantea una pregunta que la Iglesia no puede esquivar:
¿Qué ocurre cuando una institución
religiosa protege su imagen durante demasiado tiempo antes que escuche a sus
víctimas?
Porque cuando la fe se convierte en
escudo para el poder, deja de proteger a los inocentes y comienza a proteger a
quienes deberían responder ante ellos.
Tomado del muro de: Entre ceja y oreja

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