22 de junio de 2019

EL CRIMEN DE GALILEO



Prefacio

Esta obra no es consecuencia de un plan preconcebido. Al tratar de esclarecer el fondo, asombrosamente complejo, del Diálogo robre los Grandes Sistemas del Mundo, de Galileo, sentíme atraído hacia el drama que representó una parte decisiva de aquel memorable acontecimiento de la historia moderna que es la secularización del pensamiento. Me parecía extraño que, luego de tanta investigación y tanta controversia, el relato de los acontecimientos, tal como los vi, tuviera tan poco sentido. Al avanzar en la tarea se hizo claro que una parte apreciable del rompecabezas había quedado de manera singular sin componer hasta el presente, por lo que tiene toda la apariencia de un convenio tácito e inexplicable entre los bandos en pugna.

Galileo no salió malparado como el científico que se halla frente a un credo religioso. Estaba lejos de representar el papel de técnico de la ciencia; de hacerlo, habría escapado a toda suerte de dificultades. Todos sabemos que sus descubrimientos no tropezaron con oposición. En igual caso se hallan los de Descartes, así como este mismo. Pero, por lo demás, según aquél reconoció, prosiguió “bajo una máscara”, en tanto Galileo es el hombre sin máscara. Tanto sus amigos como sus adversarios vieron en él un tipo único de personalidad creadora, cuyas principales realizaciones podían ser muy bien concebidas para sostenerse o caer con él era el tipo clásico del humanista, esforzado en aportar su cultura a la percepción de las nuevas ideas científicas, y entre las fuerzas que halló alineadas contra él no fue en modo alguno la más poderosa el fundamentalismo religioso.

Es difícil ver la verdadera forma del conflicto en tanto permanezcamos bajo la influencia de un malentendido tácitamente aceptado por ambas partes; ¡la idea del científico como atrevido “librepensador” y “progresista” enfrentando la resistencia estática del conservadorismo! Este bien puede ser el aspecto sobre él nivel de las personalidades, pues es por lo común el científico quien muestra la mente más libre y más especulativa, en contraste con sus oponentes provistos de más prejuicios. Pero el fondo del asunto es diferente; los científicos aparecen en él con gran frecuencia como conservadores empujados por fuerzas sociales que se mueven aprisa. Por lo general tienen de su parte a la ley y a los profetas.

Esto debe comprenderse en el acto con claridad si pensamos en los acontecimientos contemporáneos. La tragedia de los genéticos en Rusia, con sus lamentables disculpas y retractaciones, representa un fiel ensayo de la historia de Galileo; empero, no podríamos acusar al gobierno soviético de aferrarse a viejas supersticiones, o subestimar la necesidad apremiante de ciencia y de tecnología. Y si dejamos de esforzarnos en ver la paja en el ojo ajeno, nos percataremos de que el caso Oppenheimer tiene un parecido tan asombroso que no resulta en verdad consolador. En climas de tan vasta desigualdad de tiempo y de pensamiento, doquiera se suscita un conflicto hallamos una similitud de síntomas y de procederes que nos señala una relación fundamental.

Cierto que el caso Galileo es muy diferente del de Oppenheimer en cuanto a contenido. En nuestro tiempo existe la tendencia no a suprimir la física sino a explotarla; una tendencia a actuar, no sobre las profundas diferencias filosóficas sino sobre simples problemas de conveniencia. Empero, mientras la historia va desarrollándose ante el público, la exacta analogía en su estructura, en los síntomas y en los procederes, nos demuestra que estamos tratando la misma enfermedad. A través de lo poco que se nos permite conocer, estamos en condiciones de discernir la mente científica, tal como siempre ha existido, con su curiosidad andariega, sus intereses nada convencionales, su despego, su antiguo y en cierto modo esotérico juego de valores, (recordemos que es al científico a quien se le reprocha el haber traído el concepto del “pecado” a los modernos contenidos), sorprendida por decisiones de política dictadas por “razones de estado” o lo que se considera como tales.

Podría ser un simple juego de tarja, pero resulta tentador establecer una relación de uno a uno entre los actores de ambos dramas, a tres siglos de distancia, y seguirlos a lo largo de circunvoluciones paralelas, Podría expresar, por ejemplo: COMITE AEC en lugar de Santo Oficio, Crouch en vez de Caccini, Borden por Lorini, SAC (Comando Aéreo Estratégico) en reemplazo de S. J. (Societas Jesu), Informe de la mayoría Gray-Morgan en sustitución de Informe de la Comisión Preliminar; Teller como Grienberger, cierto doctor Malraux en vez de ciertos matemáticos germanos, y así sucesivamente.

En cuanto a la figura encapuchada de Miguel Angel Segizi de Lauda, artífice de la iniquidad, el número de personajes que actúan en la vida pública y en el Imperio de las Comunicaciones baria odiosa la selección. Las dos principales figuras con poder son a su vez notablemente similares en lo que atañe a sus complejos motivos.

Pero el Presidente de la Comisión para la Energía Atómica redactó su propio resumen del caso, que vino a ser al mismo tiempo la resolución, en tanto aparecerá demostrado de modo bastante razonable en esta obra que la resolución del papa Urbano VIII se basó en un resumen deliberadamente redactado y sometido a su persona con el fin de inducirlo a error. No hay duda de que las figuras eclesiásticas del siglo XVII exceden en mucho a sus modernas contrapartes. Al fin y al cabo, el problema debatíase en aquella época alrededor de cuestiones cosmológicas y metafísicas de tal importancia, que incluso los más graves errores morales cometidos en defensa del punto de vista tradicional pueden aparecer en la actualidad como interés en la salvación definitiva de la humanidad.

Las conclusiones de nuestras autoridades contemporáneas, en su distracción, resultan mucho más cercanas a las conclusiones del fiscal contra Lavoisier: La République n’a pas besoin de savants. Y, como entonces, la ciencia tuvo que guardar silencio. Más los paralelos son, en el mejor de los casos, una invitación a pensar, y éste no debe llevarse demasiado adelante. Lo que creo que puede exponerse en estos casos —al menos cuando la cuestión alcanza los peldaños más elevados— es que no sé trata tanto de un asunto de “ciencia” contra “prejuicio” como del resurgimiento de la clásica pregunta: “¿Qué es el científico?” Por lo común es éste quien se ve sorprendido por la redefinición Preparado por Patricio Barros de sus actividades, proveniente de afuera. Y el resultado es siempre una vuelta más de la vieja tuerca.
Al sujetar al científico, como ser culto, a la sospecha administrativa que por lo general va unida a los dudosos aventureros en los movimientos internacionales, no hemos hecho otra cosa que dar un paso adelante en el proceso de la secularización del pensamiento. Tan cierto es ello que en el episodio del siglo XVII aparece con todo su vigor la aparente paradoja: dentro del marco específico de la cristiandad occidental, el verdadero conflicto revela a Galileo, como a todos los hombres libres, en busca de apoyo en las costumbres establecidas, el crédito y la tradición, en tanto Urbano VIII, como todo organizador del poder, se convierte en instrumento involuntario de lo nuevo y de lo eficiente.

Reconozco prestamente que esto no puede conformarse con la perspectiva establecida por la historiografía corriente, formada como está en gran parte, vista desde atrás. Pero es así cómo fue experimentada por los actores del drama, de manera más o menos consciente, lo cual no debe constituir un aspecto despreciable del todo de la realidad histórica. Debe disculparse a Galileo por preguntarse cómo sus descubrimientos fueron tildados de “novedades” alarmantes, dado que se suponía que la ciencia no descubría sino cosas que eternamente debían haber sido así. Lo que le pareció “novedad” mucho mayor fue la manera como las autoridades se dieron a dictar resoluciones administrativas en un campo en el que se las consideraba desprovistas de competencia.

Constituyó para él una asombrosa interpretación de lo que pudiera calificarse de “Enmienda Tridentina” de las constituciones inmemoriales de la cristiandad. Al pensar en el universo de Galileo, la imagen que se nos viene a la mente es el sólido y desnudo interior de la capilla Pazzi, de Florencia, ase punto de reunión de Cristo y la geometría. Si intentamos poblarla en nuestra imaginación, tendrá que ser con una mezcla singular de caracteres de Ghirlandaio y Mantegna, con algunos personajes desdeñosos de Tiziano o Bronzino, como representantes de las clases intelectuales gobernantes.

Después de todo, Galileo había nacido allá en 1564; el mundo de sus concepciones continúa siendo el del siglo XVI. En el mejor de los casos contaba, del XVII, con el colorido de sus comienzos de los eduarianos o jacobinos. Lejos de ello se halla el mundo del papa Urbano —el esplendor de los “suntuosos palacios” de los Barberini en la capital renovada, las majestuosas escalinatas de las fachadas de Borromini, el tamaño colosal de las columnatas de Bernini, la solidez impresionante y la ornamentación de San Pedro. Es una organización que abarca una gran superficie, contra la permanencia delicada.

No existiría un contraste más señalado entre Grand Central Terminal y el municipio de cualquier localidad de Nueva Inglaterra. En su interés por las cosas permanentes, en su simplicidad confesional, Galileo abarca siglos. Lo que designamos como ciencia, habla a través suyo de manera inequívoca por vez primera; a pesar de ello, vive en él un espíritu más amplio y antiguo que el del gobernante eclesiástico de la cristiandad ecuménica y conciliar que previene y exhorta con la dignidad de un patriarca de los primeros siglos.

El contraste entre el estilo teológico de sus epístolas y el de la literatura oficial apologética es suficiente para narrar la historia. Las fórmulas trabajosas y barrocas de la sumisión no impiden que el lector experimente la existencia de alguien como Ambrosio, Agustín o Buenaventura, que reprende a dormidos pastores y degenerados epígonos. Habla en nombre de la comunidad de fieles que une a los antiguos muertos con los que no han nacido aún. No es meramente el astrónomo a quien se consulta; es el consejero en asuntos de filosofía natural y metafísica, que solicita se le escuche y que, si como él expresa, es la pureza de intención y la seriedad del consejero lo que presta autoridad, merece tanta atención como el mismo Aquino. Si lo contemplamos desde el punto de vista de los archivos, tampoco se hallaba equivocado. El contenido de sus cartas teológicas, repudiadas e incriminadas, se ha convertido en doctrina oficial de la Iglesia desde el año 1893. Si en la época de la primera crisis del año 1616 hubiese existido en Roma un joven Aquino que siguiera sus indicaciones, en Jugar de un Bellarmino envejecido… pero no existía un Aquino, ni hubo tiempo.

Todo el drama resulta en un encuentro sorpresivo para ambas partes. Tanto el científico como las autoridades experimentaban la impresión de hallarse en una emboscada, sin que sea cierto en ninguno de los dos casos.

En caso de que existiera, la emboscada fue cuidadosamente tendida por terceras partes, que explotaron con cuidado la situación crítica del momento. Más Galileo nunca se consideró innovador ni rebelde. Como figura central de la ciencia aceptada, como líder reconocido de su cultura en pensamiento y expresión, jamás último como representante perfectamente ortodoxo de una cristiandad metafísica, no podía hacer sino mantener su posición, cada vez más confundido, hasta que la violencia administrativa estableció un descanso, dejando a todos —incluso a las mismas autoridades— en estado de absoluta confusión. Tal confusión continúa sin disminuir aún hoy, puesto que el asunto de Galileo se halla lejos de estar muerto, y cada década nos trae una nueva “línea” y nuevas sugestiones con ánimo de explicarlo, tal como trae la repetición de los gritos de guerra de los antiguos racionalistas.

El bando que se alinea del lado de las autoridades no es, ni ha sido en modo alguno, católico en conjunto. Uno de los relatos más amplia e irresponsablemente utilizado procede de un publicista protestante del siglo XVIII, Mallet du Pan, y una versión popular y llena de prejuicio se debe a la pluma de otro protestante, sir David Brewster.
Varias de las acusaciones más necias contra Galileo han sido acreditadas por los enciclopedistas franceses antireligiosos. Por otra parte, algunos de los esfuerzos más honestos para restablecer los hechos se deben a relatos de historiadores reputados católicos, tales como L’Epinois y Reusch. Puesto que se ha mencionado nombres, debería agregar, con el fin de honrarlos, los de estudiosos que, sin pertenecer a ningún bando, se esforzaron por alcanzar un punto de vista imparcial de la situación, principalmente Emil Wohlwill, Th. H. Martin, Karl von Gebler y Antonio Favaro. La mayor parte de la literatura a través de la cual chapaleamos no merece ni siquiera ser mencionada, yendo desde la casual incompetencia media hasta la prevaricación y la simple inmundicia. Que vuelva al lugar de procedencia. No existe medida común entre los problemas políticos de mucho tiempo atrás —los motivos, las dudas, el rechazo eventual, de hombres que sentíanse depositarios del sino de millones de criaturas que rezan— y las deformaciones gratuitas esparcidas en su propio nombre por quienes se designaron a sí mismos apólogos.

Espero haber puesto en claro que la extensa polémica no lo es estrictamente entre la reacción confesional y la anticonfesional. Se la ha hecho aparecer como tal. En realidad es una mescolanza en la que el prejuicio, el rencor inveterado y toda suerte de intereses, especiales y corporativos, han sido los principales motores. Los que arrastraron, y continúan arrastrando, a la Iglesia misma, no son cándidos. Como dice con toda razón L’Epinois, la Iglesia no tiene nada que perder y sí todo que ganar con la verdad. Hasta donde me ha sido posible descubrir, creo que el no haber sido aún resuelta tan ardua cuestión se debe a que los librepensadores se muestran demasiado contentos de colocar a toda la Iglesia romana bajo acusación en el asunto, en tanto dentro de la jerarquía eclesiástica poderosos intereses de cuerpo se hallan dispuestos a aceptar el terreno elegido por los atacantes antes que permitir que se muestren a la luz de la historia algunos de sus miembros, fallecidos largo tiempo ha. De tal manera, están dispuestos a que la Iglesia se vea envuelta en la disputa, con la consecuencia inevitable de que deben recurrir a grandes cortinas de humo, implicaciones engañosas y toda suerte de tácticas incorrectas.

En verdad, ¿es que el conflicto tuvo que adoptar en modo alguno esta forma? Hace mucho que se sabe que la mayor parte de los intelectuales de la Iglesia se hallaba del lado de Galileo, en tanto la oposición más abierta provino del lado seglar de las ideas. Puede probarse además (o, al menos, espero haberlo hecho así) que la tragedia fue resultado de una conspiración de la que fueron víctimas lo mismo los jerarcas que Galileo — una intriga tramada por un grupo de oscuros y dispares personajes de extraña connivencia, quienes colocaron falsos documentos en los archivos, más tarde informaron mal al Papa, y, por último, le presentaron un relato del proceso preparado de manera tal que lo indujese a error en su decisión.

La verdadera historia nos procura una recorrida fascinante a través de la manera como se toman tales decisiones en verdad, y en la que la imponente maquinaria del Estado se pone en movimiento por lo que parece ser razones de Estado, y tal vez lo son posteriormente, pero que se originan en realidad como constelación de accidentes y motivos personales.

Un relato objetivo debe ser más apropiado para una comprensión decente que todas las insinuaciones, deformaciones y escenarios inventados al efecto por ambas partes. Al señalar la culpabilidad de unos pocos, tiende a absolver un número mucho mayor que hasta entonces había permanecido bajo la más fuerte sospecha, y entre ellas al mismo Comisario General de la Inquisición, que tuvo bajo su dirección el proceso.

Una vez reconocidos, los hechos debieran encaminamos hasta los problemas de la verdadera realidad y poner fin a esta perenne batalla contra los molinos de viento.

Deseo expresar mi gratitud al padre Robert Lord, S. J., y al padre José Clark, S. J. También al profesor Edward Rosen, por sus críticas y valiosas sugestiones. Del mismo modo, a la señorita Elizabeth Cameron y a la señora Nancy Chivers, por su valiosa ayuda en la preparación del original. GIORGIO DE SANTILLANA Instituto de Tecnología de Massachusetts. Noviembre 30 de 1954.

Para leer la obra completa de: “El crimen de Galileo” de Giorgio de Santillana


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