16 de junio de 2019

LOS FUNDAMENTOS FILOSÓFICOS DEL PATRIARCADO


10 Jun 2019 - 12:57 PM
Damián Pachón Soto dpachons@uis.edu.co
Pese a los notorios avances en la igualdad de género, las mujeres siguen padeciendo la violencia masculina, los feminicidios y la exclusión en distintas formas. En pocas palabras, siguen siendo víctimas del sistema patriarcal históricamente dominante en nuestra cultura. En este ensayo exploro los fundamentos filosóficos y teológicos que explican el profundo arraigo del patriarcado en la sociedad occidental cristiana. 
La mujer, en la Edad Media, y según el cristianismo, no sólo es la responsable de la caída, de la expulsión del paraíso sino que por buscar el conocimiento se convertirá después en bruja. Cortesía

En el Tratado de las justas causas de las guerras contra los indios, el teólogo, filósofo y jurista español Juan Ginés de Sepúlveda decía que: “con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo e islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan diferentes a los españoles como los niños a los adultos, y las mujeres a los varones…y estoy por decir que de monos a hombres”.  El teólogo español no sólo justificaba la esclavitud y evangelización de los indios, sino que pretendía solucionar con estas construcciones teóricas el debate de la “guerra justa” de España en América. Para justificarlo, el teólogo acudía a la Política de Aristóteles.  
El filósofo griego partía del supuesto de que el alma gobernaba al cuerpo y la razón a los apetitos, lo racional a lo afectivo, lo que equivale a decir que lo perfecto gobierna lo imperfecto, y que lo inferior debe someterse a lo superior. En este orden, por naturaleza unos mandan y otros obedecen, unos gobiernan y otros son gobernados. Esta relación de gobierno es triple: sobre los esclavos, las mujeres y los niños, aunque en diverso sentido. El esclavo lo es por naturaleza, ya que carece de razón, aunque entiende órdenes racionales; el niño tiene una razón potencial que se perfecciona con la educación y que madura (se actualiza) en la adultez.
En cuanto a la relación macho-hembra decía: “También en la relación del macho con la hembra, por naturaleza, el uno es superior; la otra, inferior; por consiguiente, el uno domina; y la otra es dominada”. Esto tiene relación directa con la “facultad deliberativa”, reflexiva, racional, de las mujeres, facultad que posee pero de manera insegura y subordinada. Construido así el argumento, el varón ejercía un dominio señorial sobre la hacienda, sus cosas inanimadas, los esclavos, las mujeres y los niños, si bien estos dos últimos pertenecían a la categoría de “los libres”.
Lo interesante de esta construcción es la manera como se incorporó a la cultura cristiana en la Edad Media, pues en ella el fundamento filosófico se convirtió en un fundamento onto-teológico. Esto se explica de la siguiente manera: en la cultura cristiana el ser no es eterno, no se tiene, como en Aristóteles, sino que es dado. Somos ens creatumseres creados, criaturas a las cuales Dios les ha dado el ser...desde la nada…mundo creado en seis días cuando aún no existían los días (¿?). Y si bien, desde el punto de vista teológico, todos somos hijos de Dios, y los hombres son iguales ante Dios, en la “ciudad terrena” los entes no parecen tener el mismo valor, ni la misma dignidad. En la cadena de los seres hay unas jerarquías o, en pocas palabras, hay una gradación ontológica, donde hay unos entes más perfectos que otros. En esta construcción, la mujer aparece imperfecta, subordinada, degrada, frente a los hombres.
No sólo es la responsable de la caída, de la expulsión del paraíso, pecadora, sede de la lascivia y el placer, sino que por buscar el conocimiento se convertirá después en bruja…bruja que debe ser quemada en la hoguera. Ontológicamente es lo imperfecto que debe ser gobernado por lo perfecto…es lo afectivo inferior a lo racional…es lo inferior que debe ser gobernado por lo superior…es lo derivado (de la costilla de Adán) o accesorio que debe seguir a lo principal, como en el famoso principio jurídico romano.
Estas construcciones filosóficas y teológicas se reproducen en la Edad Media, donde el semen es el principio activo de la vida, y el útero, mero receptáculo, pasivo, tal como en Tomás de Aquino. Por eso, el padre de la iglesia, uno de los pensadores cristianos más sólidos, contribuyó a la creación de una cosmovisión totalmente patriarcal, excluyente y jerárquica, expresada en su libro La monarquía de la siguiente manera: “El rey ocupa en su reino el lugar que el alma ocupa en el cuerpo y Dios en el mundo”. Analógicamente, es el mismo lugar que el paterfamilias ocupa en la casa o en la hacienda. De esta manera, el principio del gobierno del mundo divino y humano es patriarcal. Es el padre celestial, el padre nuestro, masculino, varón, sexista, etc., centro del mundo, y fuente de la vida, la autoridad y detentador del poder sobre las demás criaturas que deben ser gobernadas. 
Fue el historiador Otto Brunner, en su libro “La casa grande y la económica antiguo-europea”, quien sacó las consecuencias de la anterior construcción aristotélico-tomista para la organización vertical, patriarcal, jerárquica y excluyente de la sociedad latinoamericana hija de la escolástica española y sus leyes de indias: “Gracias a la difusión del aristotelismo escolástico en Europa, y especialmente a su dominación exclusiva en España, la sociedad se organizó según la analogía del alma en el cuerpo, esto es, lo que Dios es para el macrocosmos, lo es el hombre de Estado en el Estado, y el paterfamilias en la casa grande”, en el hogar, según anota el filósofo y crítico colombiano Rafael Gutiérrez Girardot.
Ahí está el fundamento de la construcción social patriarcal de gran parte de la sociedad occidental, y en el caso latinoamericano, heredero de la locura de la cruz, de que el encomendero fuera el jefe en la encomienda, el hacendado patrón en la hacienda, y el gamonal o el caudillo dios secular en sus regiones, estructura que con sus jerarquías, mimetismos, nepotismos, clientelismos, etc., pasó a los partidos políticos, tal como mostró magistralmente para el caso colombiano el sociólogo Fernando Guillén Martínez.
En la sociedad patriarcal latinoamericana “Dios como cumbre y su corte jerárquica de arcángeles, ángeles, serafines, etc., fueron el modelo de la sociedad jerárquica feudal”, que en la colonia permitió disponer no sólo de la india, la esclava, la “cosa animada que trabaja” sometida a la servidumbre, como cuerpo al alcance de la mano y del falo de los varones, sino también de aquéllas mujeres mestizas o con “manchas de la tierra” tomadas a placer. Pero las mujeres blancas -o que lo parecían- que se creían pertenecer a las viejas familias hidalgas de España, no escapaban a su situación de ser administradoras del hogar, buenas católicas sometidas al marido, excluidas de los grandes cargos de la administración colonial y luego republicanos, poco educadas, sin derechos políticos, obedientes y sumisas, cumpliendo el papel que el modelo aristotélico-tomista les había asignado en la cosmovisión cristiana y jerárquica del mundo.
 Todas aceptaban esos roles, pues la subordinación femenina, su puesto y sus roles en la sociedad, así como el de los hombres, aparecieron como designios de la divinidad; cayeron, pues, directamente del cielo, como producto de siglos de teoría, teología y filosofía, ancladas en el sentido común, en las creencias, materializadas en las instituciones y profundamente naturalizadas en la mentalidad colectiva donde aún hoy se cree que la reivindicación de sus derechos y la exigencia de una expansión democrática de los mismos, son venganza o resentimiento femeninos.
Sin embargo, desde la Revolución Francesa, cuando Mary Wollstonecraft escribió su Vindicación de los derechos de la mujer, lo que salió a flote fue el cuestionamiento de la reprimida pregunta por el papel del hombre en la sociedad y por sus privilegios. Desde entonces, de la mano con los feminismos emergentes y con el democratismo igualitario de las sociedades contemporáneas, secularizadas, que van camino de matar a Dios, como decía Nietzsche, y que van demoliendo poco a poco los fundamentos onto- teológicos y filosóficos  del patriarcado aún hegemónico, las cosas han cambiado mucho.   
Es claro que este movimiento es indetenible y que no se trata ni de venganza femenina, ni de misantropía, sino de exigir igualdad de derechos, oportunidades, respeto, eliminación de la violencia contra las mujeres, cesación del sexismo, el machismo y el acoso por parte de los hombres; se trata de eliminar las formas de violencia entre los seres humanos, para lo cual se requiere un profundo trabajo de transformación del sentido común y de las estructuras que la hacen posible.
El patriarcado desaparecerá, al igual que el feminismo, el día que se produzca una subversión y una revolución radical en las relaciones de poder que vinculan hombres y mujeres, y cuando se subviertan, igualmente, el tipo de relaciones nocivas que el patriarcado tiene con la naturaleza, con el poder y la sociedad…en fin, cuando inventemos nuevas formas de vida, nuevas maneras de existencia.     
dpachons@uis.edu.co

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