30 de octubre de 2026

LA VÍA PACÍFICA NO BASTA: REFLEXIÓN ANTE LA MUERTE DE CUAUHTÉMOC CÁRDENAS


La Sexta Nota

Ciudad Victoria / La partida de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano a los 92 años ha cerrado un ciclo en la política mexicana, pero más que un homenaje a su figura, su muerte debe leerse como el epitafio de una ilusión que él mismo ayudó a construir y que terminó por devorarse a su propio partido.

Como lo ha documentado la prensa nacional, el ingeniero fue el artífice de la transición democrática mexicana, el hombre que en 1988 encabezó la Corriente Democrática y sacudió al sistema con una candidatura que, según todas las evidencias, ganó en las urnas pero le fue arrebatada por el fraude de la "caída del sistema". Aquel episodio fue la prueba fundacional de una máxima: en México, las reglas del juego electoral no están diseñadas para perder el poder, sino para administrarlo entre quienes ya lo detentan.

Cárdenas fue un hombre de una dignidad indiscutible. Fundó el PRD en 1989 como un instrumento para encauzar la resistencia pacífica y disputar el poder desde las instituciones. Su trayectoria, que incluyó la jefatura de Gobierno de la Ciudad de México en 1997, lo convirtió en un referente moral. Sin embargo, el destino de su partido es la crónica de un fracaso anunciado. Lo que nació como la esperanza de una izquierda democrática terminó convertido en un cascarón vacío, en una maquinaria de alianzas que traicionó sus propios principios. El PRD, que alguna vez fue la principal referencia de la izquierda electoral, se subordinó al PAN en 2010 para intentar frenar al PRI, y más tarde firmó el Pacto por México, cogobernando con sus adversarios históricos y avalando reformas estructurales que contradecían su plataforma. Esa decisión, como admitieron sus propios dirigentes, diluyó su identidad de izquierda y lo llevó a perder el registro nacional en 2024.

El otro clavo en el ataúd del PRD fue su relación con Andrés Manuel López Obrador. Cárdenas lo respaldó en 2012, pero luego observó con desencanto cómo el tabasqueño abandonaba el partido para fundar Morena. Y aunque en 2018 el propio Cárdenas criticó que con AMLO "no parece posible que se inicie un proceso de desmontaje de la hegemonía neoliberal", lo cierto es que el obradorismo terminó siendo el heredero de una izquierda autoritaria que se alió con los nacionalistas del viejo PRI para llegar al poder, y que, una vez en él, aplicó una política económica "muy apegada a las reglas neoliberales". La "Cuarta Transformación" no fue la ruptura que Cárdenas soñó, sino una adecuación del modelo, una continuidad disfrazada de cambio.

La muerte de Cárdenas, por tanto, no solo enluta a la izquierda; debe obligarnos a una reflexión. Su vida fue la demostración más elocuente de que la vía pacífica, electoral e institucional es, en México, una quimera. Se puede tener la razón, la dignidad y el respaldo popular, pero el sistema siempre encontrará la forma de blindarse. El PRD, el instrumento que se creó para transformar el país desde las urnas, terminó siendo un engranaje más de la partidocracia, un partido que se alió con el PRI y el PAN para sobrevivir, y que finalmente fue devorado por la lógica del poder que juró combatir.

La lección es que en un Estado donde las instituciones están secuestradas por los intereses de la burguesía política, la vía electoral no es un camino a la transformación, sino un laberinto que conduce a la cooptación o a la extinción. Cárdenas, el último gran reformista, se fue dejando tras de sí la certeza de que su sueño de una democracia institucional fue, quizás, el más trágico de los espejismos.

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