La Sexta Nota
Ciudad Victoria / La partida de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano a los 92 años ha cerrado un ciclo en la política mexicana, pero más que un homenaje a su figura, su muerte debe leerse como el epitafio de una ilusión que él mismo ayudó a construir y que terminó por devorarse a su propio partido.
Como lo ha
documentado la prensa nacional, el ingeniero fue el artífice de la transición
democrática mexicana, el hombre que en 1988 encabezó la Corriente Democrática y
sacudió al sistema con una candidatura que, según todas las evidencias, ganó en
las urnas pero le fue arrebatada por el fraude de la "caída del
sistema". Aquel episodio fue la prueba fundacional de una máxima: en
México, las reglas del juego electoral no están diseñadas para perder el poder,
sino para administrarlo entre quienes ya lo detentan.
Cárdenas fue
un hombre de una dignidad indiscutible. Fundó el PRD en 1989 como un
instrumento para encauzar la resistencia pacífica y disputar el poder desde las
instituciones. Su trayectoria, que incluyó la jefatura de Gobierno de la Ciudad
de México en 1997, lo convirtió en un referente moral. Sin embargo, el destino
de su partido es la crónica de un fracaso anunciado. Lo que nació como la
esperanza de una izquierda democrática terminó convertido en un cascarón vacío,
en una maquinaria de alianzas que traicionó sus propios principios. El PRD, que
alguna vez fue la principal referencia de la izquierda electoral, se subordinó
al PAN en 2010 para intentar frenar al PRI, y más tarde firmó el Pacto por
México, cogobernando con sus adversarios históricos y avalando reformas
estructurales que contradecían su plataforma. Esa decisión, como admitieron sus
propios dirigentes, diluyó su identidad de izquierda y lo llevó a perder el
registro nacional en 2024.
El otro clavo
en el ataúd del PRD fue su relación con Andrés Manuel López Obrador. Cárdenas
lo respaldó en 2012, pero luego observó con desencanto cómo el tabasqueño
abandonaba el partido para fundar Morena. Y aunque en 2018 el propio Cárdenas
criticó que con AMLO "no parece posible que se inicie un proceso de
desmontaje de la hegemonía neoliberal", lo cierto es que el obradorismo
terminó siendo el heredero de una izquierda autoritaria que se alió con los
nacionalistas del viejo PRI para llegar al poder, y que, una vez en él, aplicó
una política económica "muy apegada a las reglas neoliberales". La
"Cuarta Transformación" no fue la ruptura que Cárdenas soñó, sino una
adecuación del modelo, una continuidad disfrazada de cambio.
La muerte de
Cárdenas, por tanto, no solo enluta a la izquierda; debe obligarnos a una
reflexión. Su vida fue la demostración más elocuente de que la vía pacífica,
electoral e institucional es, en México, una quimera. Se puede tener la razón,
la dignidad y el respaldo popular, pero el sistema siempre encontrará la forma
de blindarse. El PRD, el instrumento que se creó para transformar el país desde
las urnas, terminó siendo un engranaje más de la partidocracia, un partido que
se alió con el PRI y el PAN para sobrevivir, y que finalmente fue devorado por
la lógica del poder que juró combatir.
La lección es
que en un Estado donde las instituciones están secuestradas por los intereses
de la burguesía política, la vía electoral no es un camino a la transformación,
sino un laberinto que conduce a la cooptación o a la extinción. Cárdenas, el
último gran reformista, se fue dejando tras de sí la certeza de que su sueño de
una democracia institucional fue, quizás, el más trágico de los espejismos.

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