Si eliges a un payaso para gobernar, no deberías sorprenderte cuando el gobierno se convierte en un circo. Porque cuando el espectáculo sustituye a la seriedad, las ocurrencias desplazan a las decisiones y las promesas se quedan en simples funciones, quienes terminan pagando el precio son los ciudadanos. Gobernar no es hacer reír al público ni vivir de aplausos: es asumir responsabilidades, dar resultados y responder por las consecuencias de cada decisión.

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