2 de diciembre de 2011

DOS LIBROS Y UN AUTOR: LA VIRGEN DE LOS SICARIOS Y LA PUTA DE BABILONIA

La virgen de los sicarios es una novela del escritor colombiano Fernando Vallejo que fue posteriormente llevada al cine por Barbet Schroeder. Por su temática, que aborda las drogas, mafias y violencia que caracterizaron la Medellín de los años 1990, es un texto de estudio y análisis. La adaptación cinematográfica recibió el premio del Senado de Italia, fue galardonada en el Festival de Venecia de 2000 como la mejor película latinoamericana y fue honorada en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana en ese mismo año.

LA PUTA, LA GRAN PUTA, la grandísima puta, la santurrona, la simo- níaca, la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala; la del Santo Oficio y el Índice de Libros Prohibidos; la de las Cruzadas y la noche de San Bartolomé; la que saqueó a Cons- tantinopla y bañó de sangre a Jerusalén; la que exterminó a los albi- genses y a los veinte mil habitantes de Beziers; la que arrasó con las culturas indígenas de América; la que quemó a Segarelli en Parma, a Juan Hus en Constanza y a Giordano Bruno en Roma; la detractora de la ciencia, la enemiga de la verdad, la adulteradora de la Historia; la perseguidora de judíos, la encendedora de hogueras, la quemadora de herejes y brujas; la estafadora de viudas, la cazadora de heren- cias, la vendedora de indulgencias; la que inventó a Cristo loco el ra- bioso y a Pedro-piedra el estulto; la que promete el reino soso de los cielos y amenaza con el fuego eterno del infierno; la que amordaza la palabra y aherroja la libertad del alma; la que reprime a las demás religiones donde manda y exige libertad de culto donde no manda; la que nunca ha querido a los animales ni les ha tenido compasión; la oscurantista, la impostora, la embaucadora, la difamadora, la calum- niadora, la reprimida, la represora, la mirona, la fisgona, la contu- maz, la relapsa, la corrupta, la hipócrita, la parásita, la zángana; la antise-mita, la esclavista, la homofóbica, la misógina; la carnívora, la carnicera, la limosnera, la tartufa, la mentirosa, la insidiosa, la traido- ra, la despojadora, la ladrona, la manipuladora, la depredadora, la opresora; la pérfida, la falaz, la rapaz, la felona; la aberrante, la in- consecuente, la incoherente, la absurda; la cretina, la estulta, la imbécil, la estúpida; la travestida, la mamarracha, la maricona; la autocrática, la despótica, la tiránica; la católica, la apostólica, la ro- mana; la jesuítica, la dominica, la del Opus Dei; la concubina de Constantino, de Justiniano, de Carlomagno; la solapadora de Mussoli- ni y de Hitler; la ramera de las rameras, la meretriz de las meretri- ces, la puta de Babilonia, la impune bimilenaria tiene cuentas pen- dientes conmigo desde mi infancia y aquí se las voy a cobrar.

A mediados de 1209 y al mando de un ejército de asesinos, el legado papal Amoldo Amalrico le puso sitio a Beziers, baluarte de los albi- genses occitanos, con la exigencia de que le entregaran a doscientos de los más conocidos de esos herejes que allí se refugiaban, a cambio de perdonar la ciudad. Amalrico era un monje cisterciense al servicio de Inocencio III; su ejército era una turba de mercenarios, duques, condes, criados, burgueses, campesinos, obispos feudales y caballe- ros desocupados; y los albigenses eran los más devotos continuado- res de Cristo, o mejor dicho, de lo que los ingenuos creen que fue

Cristo: el hombre más noble y justo que haya producido la humani- dad, nuestra última esperanza. Así les fue, colgados de la cruz de esa esperanza terminaron masacrados. Los ciudadanos de Beziers deci- dieron resistir y no entregar a sus protegidos, pero por una impru- dencia de unos jóvenes atolondrados la ciudad cayó en manos de los sitiadores y éstos, con católico celo, se entregaron a la rapiña y al exterminio. ¿Pero cómo distinguir a los ortodoxos de los albigenses? La orden de Amalrico fue: "Mátenlos a todos que ya después el Señor verá cuáles son los suyos". Y así, sin distingos, herejes y católicos por igual iban cayendo todos degollados. En medio de la confusión y el terror muchos se refugiaron en las iglesias, cuyas puertas los invaso- res fueron tumbando a hachazos: pasaban al interior cantando el Ve- ni Sancte Spiritus y emprendían el degüello. En la sola iglesia de San- ta María Magdalena masacraron a siete mil sin perdonar mujeres, ni- ños ni viejos. "Hoy, Su Santidad -le escribía esa noche Amalrico a Inocencia III-, veinte mil ciudadanos fueron pasados por la espada sin importar el sexo ni la edad". Albigenses o no, los veinte mil eran todos cristianos. Y así ese papa criminal que llevaba el nombre burlón de Inocencia lograba matar en un solo día y en una sola ciudad diez o veinte veces más correligionarios que los que mataron los emperado- res romanos cuando la llamada "era de los mártires" a lo largo y an- cho del Imperio. ¡Los hubieran matado a todos y no habríamos tenido Amalricos, ni Inocencias, ni Edad Media! ¡Qué feliz sería hoy el mun- do sin la sombra ominosa de Cristo! Pero no, el Espíritu Santo, que caga lenguas de fuego, había dispuesto otra cosa.

DESARMADOR POLITICO TE RECOMIENDA PARA ESTE FIN DE SEMANA A LEER ESTOS LIBROS.

No hay comentarios:

Publicar un comentario