La mexicana, siempre con una sonrisa, llena el Cervantes de sus buenas energías...
Tiene un color especial en
la voz, su ropa es puro color y con sus letras le pone color a la vida. Da
igual si denuncia la situación de los periodistas de su país, si recuerda a los
difuntos, critica la superficialidad en la que caen algunas mujeres o le dedica
un «himno al cacao». Ella canta con esperanza, con una sonrisa inmensa y ritmos
indígenas actualizados que, desde el principio, invitan al público a seguirle
con palmas. «Con mucho cariño», Lila Downs desplegó en el Teatro Cervantes los
temas de su último disco, ‘Balas y chocolate’, un canto a la vida y también a
la muerte, pero al estilo mexicano, con calaveras de fondo que tocan los bongos
o que sonríen a mandíbula batiente.
Mexicana reivindicativa como la que más, se acordó de los
periodistas de su país que están en «la línea del fuego» con ‘Humito de copal’,
con aires de milonga lanzó una crítica social a las preocupaciones
materialistas de algunas mujeres en ‘Dulce veneno’ y dedicó «reflexiones de
dolor hacia un lugar que una quiere mucho» en ‘La patria madrina’. Un «¡Por
México!» suyo descubrió a los muchos compatriotas y amantes de esa tierra que
anoche le acompañaban en Málaga y que aplaudieron con fuerza su grito. Hasta
una bandera verde, blanca y roja se colgó de uno de los palcos.
Porque Lila Downs es una de las principales abanderadas de su
‘México lindo’, maestra en llevar las culturas, las costumbres y las melodías
indígenas por el mundo. Y presume de patria con orgullo. En su ropa, aderezada
con textiles cosidos por mujeres indígenas (como el que usó para cantar
‘Cucurrucucú paloma’, que movía simulando las alas del ave); y en sus
canciones, que parten de bases tradicionales –un bolero, una ranchera, una
cumbia o norteñas– para después añadirles toques de rock, jazz, ska o hip hop.
Es lo que hace en el clásico ‘La farsante’, que cantó con sombrero mexicano; o
en ‘Vámonos’ de José Alfredo Jiménez, con un duelo de acordeones de por medio.
Nada menos que siete músicos la rodeaban.
Es
guerrillera, pero también romántica cuando quiere. Preciosa la balada de
desamor ‘La promesa’, o ese tema que compuso junto a su marido cuando «la
muerte tocó nuestra ventanita» –a él le diagnosticaron una grave enfermedad–,
‘Cuando tú me tocas’. «La muerte nos incita a hacer cosas muy lindas para la
vida», añadió. El sentido que ésta tiene en la cultura mexicana estuvo muy
presente. Por las tres pantallas gigantes que la envolvían desfilaban de cuando
en cuando esqueletos danzantes (en ‘Una cruz de madera), tocando los bongos o
sonrientes calaveras de colores (en ‘Son de difuntos’).
Saltos, pasitos para un lado y para otro, movimientos de
brazos.... Lila Downs no paraba y al público le costaba quedarse quieto con
canciones enérgicas como ‘Balas y chocolate’ o ‘Mano negra’, en la que más de
uno se atrevió ya a bailar con ella.
Cumplió con el público y con «la tradición»: en la despedida le
dedicó ‘Fallaste corazón’ a la gran Chavela Vargas, quien en su día la nombró
su sucesora. Un «regalo» de noche en Andalucía –«que siento muy aquí», dijo
mientras ponía la mano en el corazón– que ella quiso inmortalizar
fotografiándose con todo el Cervantes de pie a sus espaldas. Para que quede
constancia.
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