Fuera de Foco/ Por Silvia Núñez Hernández
Da pena ajena la pobreza espiritual de algunos
seres humanos y más, cuando se alude a alguien que gobierna un país, un estado
un municipio. Constatar la falta de sensibilidad en los seres humanos es un
tema que en lo personal, produce sentimientos encontrados.
Se dice que para
poder ser integrantes de una banda delictiva, los individuos deben de demostrar
un abandono total emociones hacia su prójimo, lo cual le permite, ejecutar las
peores acciones en contra de otro ser humano sin el más mínimo sentimiento
alguno. La clase política en la actualidad, es lo más parecido a los grupos
delincuenciales –o tal vez más peligrosos que estos, pues llegan a ser
hipócritas- pues tienden a actuar respondiendo a intereses propios, donde la
rapiña, el hurto, la violencia, el abuso del poder, son parte de sus acciones
recurrentes para poder vivir a costa de sus gobernados.
Podemos considerar
que estos son más peligrosos que los propios delincuentes, pues los primeros
actúan amparados en clandestinidad, mientras que la clase política, se
cultivan, siempre amparados bajo las leyes y normas que conforman la sociedad
misma.
El tema del
atropellamiento del indigente xalapeño por parte del equipo del gobernador del
estado de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa, conmocionó a propios y extraños.
Con esta carencia espiritual se pudo constatar –sin el afán de ser agresivos,
pero no se le puede clasificar de otra forma- la estupidez concentrada en
alguien que piensa que puede controlar a todo un estado y actúa sin considerar
en lo absoluto, que será evidenciado públicamente por algún ciudadano,
poniéndolo nuevamente en el tema internacional por sus constantes errores.
Señor gobernador,
podrá comprar y controlar a algunos medios de comunicación mediante dádivas,
pero el dinero no le alcanzará nunca, para controlar a toda una sociedad, la
cual, lo crítica por su incapacidad para representarlos.
Su falta de
astucia, su insensible forma de conducirse, en el futuro, llegara a sus propias
generaciones. La historia será quienes los recriminen, sus errores arrasará y
avergonzará a sus propios herederos, los cuales tendrán que afrentar su falta
de ética, su carencia cultural e informativa, su incapacidad para entender la
política, su discapacidad para administrar un estado, su avariciosa forma de
enriquecerse, su laguna de talento, sus escaseces como ser humano. Constatar
señor gobernador que su persona, está consentida por los vicios que se
manifiestan en los siete pecados capitales que repudia el cristianismo: La
lujuria, la gula, la avaricia/codicia, la pereza, la ira, la envidia y la
soberbia.
Podemos advertir,
inteligente lector, que Javier Duarte de Ochoa ha perdido todo sentido
humanista y sobre todo, una carencia en su calidad humana, acto merecedor de un
urgente estudio psiquiátrico para su diagnóstico inmediato. Faltar a las reglas
y leyes de vialidad como si estas no fueran aplicables a su persona y a sus
vehículos, ya es alarmante y peor aún, ostentar un sorprendente abuso de
autoridad que indigna hasta el más insensible de los seres humanos. Su conducta
señor gobernador es digna de los más amplios improperios. Y nos quedaríamos en
verdad muy cortos para poder demostrar con estos, el repudio que genera a la
sociedad veracruzana sus malas acciones.
Tratar a una
persona como basura, es miserable. En verdad que no existe una clasificación
que alcanzaría para poder tildar su incorrecta acción. Es indignante, la falta
de valores que conforma su persona. No existen adjetivos calificativos hacia su
conducta para poder ofenderlo, pues ninguno nos alcanza para poder demostrar el
repudio social que produce, para clasificar su insensible humanismo.
Para su
conocimiento señor gobernador, el reglamento de tránsito establece que cuando
un automovilista atropella a un peatón, este debe de permanecer en el lugar
hasta que lleguen los oficiales de tránsito y posteriormente el conductor, es
remitido a la delegación de Tránsito del estado para que reponga a la víctima y
su familia, los gastos médicos que se han originado derivado del atropellamiento.
El huir amerita el
encarcelamiento inmediato del conductor y a una sanción económica. Lo dice el
reglamento de tránsito no lo inventamos nosotros, un reglamento amparado por su
propio gobierno, en donde establece que debe de ser respetado por cualquier
persona que opere un automotor. En el no exonera a nadie, no tiene un apartado
que diga: “No es aplicable a Javier Duarte de Ochoa ni sus “tontos” guaruras”.
En donde está su sentido común.
En absurdo
considerar la posibilidad que es más importante llegar a sus “X” evento, los
cuales están diseñados solamente para su promoción y publicidad mediática, pero
que socialmente no atiende a las necesidades prioritarias de una comunidad. En
cambio, salvaguardar la vida e integridad de una persona, consideramos es una
prioridad. Abandonarla a una persona a su suerte, en verdad, indigna a
cualquiera y demuestra las carencias como ser humano.
Imperdonable y en
verdad señor gobernador, ni su infructuoso intento de maquillar la noticia a
través de sus “condicionales” medios de comunicación -quienes intentaron
demeritar el daño y manejaron la información a bajo perfil- no pudieron parar
el escarnio que produjo en las redes sociales luego de la exposición de un
video en dónde muestra la forma de cómo fue abandonado el joven indigente a su
suerte.
Desafortunadamente
para Javier Duarte de Ochoa, y la tontería de querer “tapar el sol con un dedo”
quedó en evidencia desde el momento que fue captado por parte de un ciudadano,
ahí se observa como de su “Suburban” de lujo –pagada con nuestros impuestos-
bajara su chófer, moviera al indigente que se quejaba lastimosamente de la
fractura en su pie -producto del atropellamiento- y como viles delincuentes
huyeran del lugar. No hay palabras para clasificar ese despreciable acción y
pese a verlo con sus propios ojos –pues todos advierten iban en dicha
camioneta- no sancionar a su despreciable chófer. Afortunadamente las redes
sociales volvieron a ponerlo en su justa dimensión y el mundo entero, volvió a
constatar su incapacidad para dirigir nuestro estado.
Se sostiene, que no
existe un “más allá” a donde recriminaran o aplaudirán nuestras malas o
acertadas acciones. Se dice que en este mundo, es a donde se pagan cada uno de
los errores a través de lo que más nos duele, aquí es donde alcanzaremos
nuestro paraíso o nuestro infierno.
Afortunadamente la
paz no está concentrada en las riquezas mundanas, es decir, puede estar alguien
pudriéndose en dinero, pero no con ello se garantiza alcanzar la plena
felicidad para vivir en paz. Es decir: “Somos los terroristas de nuestro propio
destino” sólo es cuestión de tiempo, la propia vida le cobra a cada quien la
factura.
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