3 de febrero de 2012

PREMIOS DEL CAPITALISMO

¿No había a quién dárselo? ¿Sería por las decenas de miles de decesos por la guerra a los narcos?...
¿POR SE LE DIO EL PREMIO AL MEJOR ESTADISTA....?

Davos es una pequeña ciudad suiza de apenas 11 mil habitantes donde tiene lugar desde hace más de 40 años el tianguis político-financiero más famoso del capitalismo moderno, conocido como el Foro Económico Mundial. El evento es aprovechado por los más importantes empresarios, gobernantes y vivales de alto nivel para dar a conocer sus proyectos, mostrar adelantos, proyectos, exponer análisis y ofrecer soluciones a todo tipo de crisis. Este 2012 sirvió para que ciertos grupos de poder otorgaran a Felipe Calderón el premio al estadista global. En varios medios informativos los politólogos externaron su estupor ante las posibles razones de la distinción ¿No había a quién dárselo? ¿Sería por las decenas de miles de decesos por la guerra a los narcos? ¿La innovación de los aumentos mensuales sin fin a la gasolina? ¿Es un mérito haber llevado a varios millones de mexicanos a la pobreza? ¿Revolucionó la estrategia económica al recomendar a los líderes europeos tomar una bazuca? ¿Porque Calderón no regresa a Davos el año siguiente?
 
En tanto los empresarios discutían los problemas del capitalismo, en la calle cientos de jóvenes reclamaban la falta de oportunidades para continuar sus estudios y tener que pagar créditos onerosos como ahora se ofrece en México; exigían la creación de empleos, acabar con la farsa de los políticos del mundo, terminar con la expoliación capitalista. A raíz de la competencia internacional, la competencia entre bloques económicos, las tasas de interés que establece la banca, más de la mitad de las naciones europeas vive al límite. Se ha reducido drásticamente la oferta de empleo, las pensiones de los viejos apenas si alcanzan para adquirir lo indispensable, los costos por recibir educación esfuma la ilusión de millones de chicas y chicos deseosos de concederse una formación cultural. No se puede estudiar, no hay trabajo, se excluye a los migrantes, se cancela la posibilidad de vivir. El sistema apuesta por la muerte, no por la vida.
 
Se supone los gobiernos y en especial el triunfante modelo de producción capitalista, debería garantizar un mínimo de condiciones favorables para convivir, desarrollarse, disfrutar la existencia. Pero no. El presidente del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, confesó la semana pasada, en mero Davos: “El capitalismo, en su forma actual, ya no se ajusta al mundo que nos rodea. Se necesita urgentemente una transformación global, y ésta debe empezar por restituir un sentido global de responsabilidad social”. Y es exactamente donde falla: en la exigible responsabilidad social, en la atención a las necesidades de los ciudadanos: salud, educación, vivienda, empleos. Ninguna graciosa concesión, lo indispensable para vivir y convivir.
 
Para Sharan Burrow, de la Asociación Internacional de Sindicatos, el capitalismo se muestra incapaz de ofrecer lo indispensable para el bienestar de la población. La riqueza se reparte de la forma más desigual y desequilibrada. Cabe observar la espantosa acumulación de unos cuantos, en tanto millones de seres humanos se preocupan por tener un pan que llevarse a la boca. El modelo económico se está socavando a sí mismo. Los disturbios sociales podrían crecer y eso no le va a gustar a nadie. México es un buen ejemplo de lo mencionado. La riqueza de la nación se concentra en unas cuantas familias, poderosos consorcios de la comunicación, la banca, la industria y el comercio, aparte de los políticos descarados e inmensamente ricos. Del lado contrario prolifera la miseria, el abandono, la desesperanza.

En varias partes de Europa y Estados Unidos los jóvenes se han rebelado adjudicándose el apelativo de indignados. Cómo no indignarse ante la pobreza de millones de viejos, indígenas, niños sin escuelas, enfermos sin atención médica, de jóvenes desocupados, en tanto los gobiernos se solazan con números fantásticos, se anuncian en los medios con programas que sólo ellos creen, levantan estelas de luz inútiles, entregan aviones repletos de dinero para apoyo a campañas políticas. El término de estos tiempos es indignación y su consecuente rebelión.
 
En los festejos oficiales la juventud le reclama a Calderón el clima de violencia imperante. Y este señor revira que no parará la matazón. ¿Será qué el país le pertenece? ¿Los funcionarios pueden hacer lo que les parezca, así se lleven entre sus patas la tranquilidad de toda una nación? Los indignados gringos reclaman ser 99 por ciento de la población, pero resulta que el restante 1 por ciento se hace de la riqueza de todos y los puede condenar al desamparo, la ociosidad, la muerte. En México los altos funcionarios desestiman el grito inconforme de la juventud, un grito que podría ser secundado por millones de gozar con micrófono, acceso a los periódicos, los medios masivos o pudieran votar donde el sufragio fuera efectivo como demandara Francisco Madero hace 100 años.

Un indignado se expresa así: “No voy a callarme. Aporread mi lengua con todas vuestras fuerzas. Gritaré y gritaré todas vuestras injusticias, vuestros escándalos, vuestros abusos, vuestras orgías de poder. Os llamaré por vuestro nombre, gobernantes ignorantes, delincuentes, maleantes. Recorreré las calles cuando y por donde me dé la gana, porque son mías. Y caminaré, mientras tus perros sarnosos disfrazados de policías disparan a mis piernas sus pelotas de goma. Pensaré, pensaré y pensaré. Por mucho que te joda y por más veces que aporrees mi cabeza, pensaré. Mátame, no tengo miedo, no tengo nada que perder, he visto morir mis libertades una a una, he visto a tus sucias manos asesinar mi democracia, veo al lenguaje herido de muerte, agonizando lentamente. Tú los mataste, gobernante, y tendrás que matarme a mí también porque no voy a callarme”.

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